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ateo poeta

mis poemas y otros textos (provisionales)

 

Sucedes

como fragmentos

de libertad y armonía

o rododendros.

 

Aunque albaceas,

tienes afán

de éxodo y de regaliz.

 

Si aguacero,

me adhiero a tu

estirpe.

Danzas casi inefable.

 

A la tristeza limpia

arrumbar

en el fondo del armario.

Prodigio

del zafarrancho.

No combate.

 

Hasta qué grieta

tus vicisitudes,

mis avatares,

las pupilas dilatadas

o qué lenta extracción

del devenir.

 

Erótica secuencia.

Si me reflejaras el hueso,

si embriagaras al hueso.

Sería mora.

 

Sucedes al raso.

Contener

siempre la sed

de la intemperie.

 

Ilustración: Nazario Luque

 

 

Sé que las palabras no pueden erigirse

en un canto de sirenas, no pueden ondear

huérfanas y descarnadas, no sustituyen

ni atisban las conjeturas de la piel erizada,

la síntesis fugaz que promete el beso turbio,

poco dicen de la infinita ternura subyacente

y apenas se articulan llanas y prístinas en lo álgido

del éxtasis abrasador, en el arrebatado cuerpo

sometido al instante oscuro bajo sus párpados.

 

Ilustración: Nazario Luque

 

 

Mientras la mayoría

coreaba a sus ídolos

del balompié, alguien

gemía de placer

y sus perennes orgasmos

inundaban las calles

abigarradas. Después

lloviznó y la noche

remolona de junio

se limpió de tantas

sustancias tóxicas

en suspensión. Me

asomé al alféizar

de nuevo y volvían

alborotados los chavales

foráneos

que se alojan

en el hostal de enfrente.

Por el móvil

hablamos un rato

de nuestras cotidianas

fantasías y de

minucias y de deseos

y de la calidez

de este ocaso.

Te conté que no

podía apartar la mirada

de un piso próximo

donde una mujer

se paseaba distraída

y se cambiaba de ropa,

consultaba con su espejo

y siempre sus cortinas

descorridas.

Y tus risas lejanas

me sabían

dulces y tiernas,

y las luces naranjas

eran el sosiego

y ya no pude trabajar

mucho más

pero bebí un poco

de tus recuerdos,

tomé la pastilla

y enseguida surtió

sus efectos.

 

Fotografía: Philip Lorca

 

 

 

Contigo me sobra

el tiempo, se vuelve dócil,

animal doméstico,

meteorológica predicción

que se desvanece

entre las tinieblas del alma,

hago muescas contigo

en el tronco añejo

del tiempo, qué más le da

nuestra agonía,

nuestra ciencia humilde

porque no sabemos cómo,

nuestra escuela de calor,

la ansiedad por

querernos a dentelladas,

por desgranarnos, quiénes

somos ahora,

qué ingeniería primitiva

nos mantiene a flote,

contigo quemo

las naves, izo

la bandera perentoria

del hedonismo,

espero con calma

tu extremaunción,

no deseo que sea cierto,

todo es sagrado y eléctrico

pero nuestra fe

es torpe, ávida, cree

sólo en el sexo civil

y en la destilación,

contigo soy un instrumento

de cuerda, qué bien

me afinas, soy un pez

lejano que sueña contigo

mientras se sumerge en ti,

tú eres ligera y llueves

en lo ignoto,

cuánto color, cuántas

frases subordinadas, qué

milagrosa inercia nos

mantiene a flote.

 

Fotografía: Cintia Massafra

 

 

 

Te sueño transfigurada

en el envés

de las esencias, impaciente

por que la flexibilidad

de tus pasos de tango

corte la sed de mis dedos,

mujer más nocturna

que las flores del desierto,

adicción

a tus tobillos jónicos

y a su ascendencia,

como si tu mirar

oriental

o el aliño cobrizo

en que estoy inmerso

cifrasen las coordenadas

del relámpago,

baten las olas contra

las paredes

de esa hipnosis,

de cuclillas recojo

tus mieles, suenas

al timbre de la bicicleta

sin rozamiento,

son vigorosos

tus disfraces que aireas

con esmero y sudas,

mientras te muerdo la luz

pierdo el apetito

pero te atragantas en mi

paladar,

ahí se disipa

el pánico al vacío,

el interés y la crematística,

tú vives

del algodón y acaparas

múltiples beneficios,

sopas rojas, ajonjolí,

la llave del laberinto,

mi aliciente

por recomponer todas

las piezas imposibles

en tu vientre

de sol.

 

Fotografía: Edouard Boubat

 

 

 

 

Hieren estos verbos

acerados, las guirnaldas

que mutilan

lo oscuro, el alfil

que atraviesa las casillas

del silencio,

me hiere tu pensamiento

como una espiga

indomeñable, coto

de la incubación, arúspice

del número primo,

veo a tantas criaturas

en ti, sumas

alas y futuros,

blandes el rojo seno

que llama a mi boca,

incluso los días laborables,

no sé cómo nombrar

lo que prolifera

y nos une, mi multitud,

mi cuenca mineral,

el ángulo declinante

del amor necesario,

esa nómada

exactitud de nube,

nada puede zozobrar

más,

incurrimos en un atlas,

desaparezco

en tu beso salvaje

y frondoso, detonas

la urgencia, el hielo,

lo infértil,

hay una ciudad en la que

podemos habitar,

cuya moneda es el

resuello de los elefantes,

hay ausencias

que significan luz

e invocación, estrías

en el suelo que cuidan

el equilibrio azaroso,

texturas

perecederas, tu sabor

también, tu jardín

que esparce puntos

suspensivos,

amamantas eso leve

que me da

tu abismo.

 

Fotografía: Mariano Vargas

 

 

 

De las túnicas jaspeadas

de la verde Europa

nos desprendemos

como un botón que cuelga

de un mínimo hilo.

 

Ya no quedan más subterfugios:

hay que extraer la espina albar,

erradicar el peso

que la empuja en la llaga,

acelerar la putrefacción

que coloniza

el germen. Y dar estribos

a quienes moran

en los umbrales.

 

Los prestidigitadores de la usura

con su disfraz ecuménico.

Los especialistas universitarios

en programar

delicadísimos banquetes

carroñeros.

La sintaxis de renglones torcidos

que disparaban certeramente

al mundo tullido y blanco de

los conceptos universales.

 

¿En qué títeres sin cabeza

nos habéis convertido?

 

Ilustración: Joseph Cornell

 

 

Eres un filón plateado

para mis sueños africanos,

te emancipas

de lo incoloro y absorbes

mis dosis metafísicas

sin prescripción médica,

sufragas

los premios de lotería

que me tocan sin jugar,

cometen un error

los haces boreales

al alejarse de tus senos,

nada se cae

de tus manos invisibles

y yo lo recojo todo,

por si acaso,

como antorchas que

giran en el aire,

hueles a malvas

cuando no estás, y estás

cuando las flores mueren

de belleza en la palma

de mis manos,

no reconozco

la deuda ni la mediación

por las ironías de la vida,

pero sé que los casquetes

polares tienden

a la fricción como tú y

yo y cualquiera

con el ajuar del nómada,

por eso pronuncias

un coro de aromáticas

hierbas, añades

la sal justa, combates

la insensatez

y barruntas cuánto

amor puede albergar

una era geológica,

eres la inminencia

de lo superlativo,

la tormenta que reposa

sobre la arena,

la telúrica angustia

que sonríe cuando

echo raíces y levamos

anclas,

nado, por ende,

hacia tus exóticos

prodigios.

 

 

¿Qué lances silbarán

al sumergirse

en las orillas de la memoria?

 

¿Por qué ofuscarlas

con la cimentación

de lo inmediato, con la media

voz, siempre

traducida?

 

Mientras se desprenden

los ramilletes

que te cubren, mientras

la intención del jazmín

que exhalas,

y la gramática mesetaria

y el nado

a contracorriente,

o el delirio

en su equipaje

y tu viático a fondo

perdido...

habrá noción

del tiempo y la presencia.

 

Fotografía: Andrew O'Hara

 

 

 

Estoy desnudo

en el catre,

rodeado de telas,

espejos

y descosidos,

la luz respingona

del alba

ha entrado dulce,

erizando

la fantasía, los residuos

de la vida

que se diluye,

el cielo pronostica

un azul absoluto,

cuarenta grados o más,

sólo me queda

la caricia de tu voz,

como una pluma,

de todo lo que hablamos,

es tan aciaga

la telefonía,

prefiero una piragua,

la soledad

de las galaxias,

escribirte versos

como hojas de otoño

y ácidos

lisérgicos,

contemplar lo que

no eres, tu esplendor

indeleble

en todos los gestos,

mi mundo cartón-piedra,

mi no mundo,

lo único

subterráneo

que te puedo ofrecer,

escribirte y tatuarte,

amar el ferrocarril,

añorar

con júbilo

la sed de tus piernas

blancas como cisnes,

perder

y perder el rumbo,

y perder el miedo

y perder el lastre

del futuro,

y provocar serenamente

la colisión,

la mecha,

el jugo de las cerezas,

los insólitos

afectos.

 

Fotografía: Bruno Bozon

 

 

 

Al escuchar los gritos

de pánico alegre

que vienen de esa especie

de tiovivo,

del vértigo de ese pináculo

u obelisco, simple caída libre

en la que entrenan

su miedo al placer

o su placer en el miedo,

parque de atracciones

con aromas glaseados,

ausencia

de verdaderas albercas,

omisión

de las acacias floridas,

esplendorosas ruinas

decorativas,

aullidos

como lechuzas,

escamas de la juventud...

te oigo en mí,

vuelvo a oírte

repercutiendo,

vaporosa, como

cantas

tu certeza,

como el ascenso oblicuo

o la desaparición,

como el diente

en el pecho perdido,

como el gemido

de alegre pánico

y amapolas

y cúrcuma

y el universo estremecido,

y me entretengo

con la memoria salada

de esos restos

de goce

y aspiro toda la luz

que has estado agitando.

 

Ilustración: Aleka

 

 

 

 

Encima de tu hombro

terso recala

un sueño de lentitud,

confiado,

sol que sonrosa

la línea tangencial

y llama

al pecho feliz,

al pecho aceituna,

amamanta

la luz de las carencias,

pespunta las costuras

del disfraz

adulto y en vilo,

alisa

la superficie,

me arrastras los dedos

como a un pecio

hasta las aguas

de hierbabuena,

y gimes sin dolor

recibiendo

el ungüento mínimo,

contraes

la bella tez,

migra el tiempo,

nos olvidamos

de la distancia y la nieve,

y gimes otras veces

hasta llenar el vaso,

y muerdo más

tu pan tierno,

en la vigilia, en tu cintura

te rodea

mi pensamiento,

y regresamos

a la latitud desimantada

y a la posición

horizontal.

 

Ilustración: Juan Francisco Casas

 

 

 


A la espalda de la noche
me apoyo
y cuajan en mi rostro
el relente
y las gotas de azahar
que busco
mientras te evoco
y bebo tu recuerdo frío,
turgente, febril,
tu intermitencia,
pues nada compite
con la brisa dejada
por tus caballos,
con el abanico
de tus sombras vivas,
nada
pues amo sólo
al ojo que escancia
lo dulce,
al mirar dentro
de la carne y del hueso,
al aceite
que unge y amarga
el sabor del vacío,
fingida divinidad
de lo azul
en crecimiento,
limones que brotan
de las fuentes
a resguardo,
y vienes de lejos
al amanecer de mi lengua
porque nunca
te has ido.


Ilustración: Aleka


 

Durante muchos años callé y callé

sucesivamente aunque siempre era

la misma penumbra fangosa

la que me instaba a la evasión,

a la elipsis protectora, a mirar lo

más lejos posible.

 

Cuando comencé a remover el lodo,

a quebrar la superficie cristalina

del niño pez y escurridizo, a nadie

parecían agradarle las salpicaduras,

mis denuncias, mi astral falta de

resignación.

 

Recuerdo la liturgia de los golpes

y esos místicos instantes en los que

podía adivinar su trayectoria

injusta e infalible.

También su efecto

anestésico: cada vez dolían menos,

me confundía con el enjambre,

me sumergía en un destello dorado

donde las lágrimas se iban, a su modo,

deshidratando.

 

Aquello se alejó y yo me alejé

de aquello como si me engulliesen

los refugios imaginarios,

la ley de los corales,

el timbre de las libélulas,

la carpintería y el extremo oriente,

la diletancia y

el apreciado azafrán,

las pupilas de los rebeldes,

el incienso del sosiego.

 

El huraño molusco se entregó

a mudar de coraza,

al peine de las olas y

a ubicar el planisferio,

pero reaccionaba lento,

con vidriosa perplejidad,

como la tardía flor,

celoso, al fin,

de sus sombras animadas.

Y hablaba con las aves

y con los autores muertos

de libros insólitos, y hablaba

porque necesitaba hablar

largo y tendido, redundar,

expulsar los sapos y las piedras

carbónicas, morder el viento

y conformarme

con aquella luz austera.

 

Y hablaba aunque sabía

que nunca era suficiente,

que ese rumor nunca pierde

su turno.

 

Fotografía: Edouard Boubat

 

 

 

¿Cuál es el color de este día maniatado

donde la herida insta a sus registros

sumarios, cuál el disfraz?

 

Y si el lenguaje no es el antídoto,

¿qué brizna, qué vínculo sereno, qué puede augurar

la donación impecable?

 

De unos conflictos voy a otros. No hay refugio perpetuo,

es el precio de la urdimbre. Todo lo más:

modular la exquisita caída.

 

Ilustración: Alvin Lustig

 

 

Despierto a la luz de esas naranjas

que me recomendaste orladas con

una miel negra de brezo, y huele a

mañana fresca de mayo, a rosas

lejanas, a tu presencia curva en

la memoria.

 

Con tantas fisuras en el iris maduro

ya no soy pesimista ni optimista,

aunque te invoco con la fidelidad

del presente, esperando las notas

de pimienta en la golosina de tus

besos anhelados.

 

Eres como el agua nueva en estado

impredecible, me surtes de la alegría

pectoral y del nado salino, de la elipsis

insomne por los coletazos de un

deseo añil. Estás en la metáfora,

vienes como un puente levadizo.

¿Bailas?

 

Ilustración: Aleka

 

 

 

Ahora no es el momento de encallar.

Ahora no te alejes de la señal

del escalofrío.

 

¿Acaso existe otra métrica que la voluntad

ante las encrucijadas?

 

Y cancelar el arrendamiento y horadar en la nuez

de lo incandescente.

 

Presiente la quilla sumergida, el pábilo de la luz,

los regalos antojadizos que despuntan.

Que el enhiesto perfume de lavandas

no obnubile nuestro amor

por esas raíces como labios.

 

Volver al latido circular de la rama y al sosiego

que macera bajo las sombras de los adjetivos.

Desempedrar a mano la vía

de toda desazón.

 

Fotografía: Julio Bittencourt

 

 

 

 

Supurando en la herida del mundo

vendo un riñón, un glóbulo ocular, retazos de mi piel

para injertos y cirugía estética.

 

Incluso la sangre y el esperma han elevado su cotización

en proporción inversa a los quejidos de mi estómago.

 

Como las ballenas orondas

y melancólicas,

como sus agudos orgasmos

que sacuden el fiel imantado

de las brújulas.

 

El despojo y la entrega de mis miembros

mutilados se ejecuta con parsimonia: debo vivir

para firmar el contrato de servidumbre.

 

Los muertos solo hieden. Solo proporcionan, poco antes,

una gélida virtud que desata las llamas del acreedor

imponiendo el débito.

 

Porque prima su necesidad.

Porque puede saciarla.

Porque su excedente de libertad es una contingencia.

Porque sus ancestros y sus herederos y sus compinches

han adquirido a precio de ganga la astucia con la que administran

el miedo y contienen la miseria en el borde.

 

Porque siempre disponen del uso de la fuerza como última ratio,

por otras pocas monedas.

 

Porque su vacío rehuye las profundidades, lo abisal y la frecuencia sutil

en la que se invocan los grandes

mamíferos

acuáticos

y compungen a los asteroides.

 

Tullido puedo reptar, tuerto puedo ver la hiel transparente.

Mis prótesis caducan a la par que mi resignación cenital.

Con la coagulación de mis últimas cicatrices ausculto tus órganos

en lozanía y al acecho del látigo seleccionador. Ya no soy tú

si en lo inmediato se decanta el canibalismo.

 

Si no reconstituimos la armonía

de nuestro aliento que se propaga como los céfiros.

 

Como cuerpos fósiles varados en los restos pedregosos del deshielo,

sin la luz carnal que arrojar a la transacción.

 

Fotorgrafía: Alvaro Minguito

 

 

Estoy cansado de dar explicaciones

a quien se tapa los oídos con la coraza

de su vasta suficiencia.

 

Morar en el seno del torbellino exige

asir verdades menores, que la inquietud

atraviese tu pasaporte.

 

 

¿Puede un poema conjugar una tríada

de sinsabores?

 

Por un lado, alargar el brazo de las disidencias

y de las investigaciones en el destello

de la cruda palabra.

 

Por otro lado, dar de beber a esa sed de infancia,

a lo desgajado y a lo proscrito.

 

En cualquier caso, que el filo de la navaja corte

con su quimérica luz una porción del envés

de la realidad.

 

Fotografía: Willy Ronis