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ateo poeta

mis poemas y otros textos (provisionales)

 

¿En qué medida, o con qué indicio sensible,

se armonizan la búsqueda

y el sosiego?

 

¿Qué sucede a la blanca floración, qué puede

enaltecer la tierra negra en la que se gestaba

lo sublime, a la que todo vuelve?

 

¿Concurre la iridiscencia de tu abrazo de mar

con las pupilas zozobrando

en una pulcritud

insondable?

 

Esta guerra civil

cada lunes,

cada vacío,

a la sombra

de tu revolución.

 

Ilustración: Greg Gossel

 

 

 

 

 

El día en el que ya no tenga acceso a tus pulsiones inexplicables.

 

Cuando se desdibuje la dedicación de tu sonrisa en un jardín

de cuatrocientos rostros.

 

En el fracaso recurrente, en la obstinación por renacer, en el tropezón

seguro que me acompaña en toda línea de fuga.

 

¿Por qué las reliquias siguen pariendo ilusiones de intimidad?

 

¿Dónde están tus pechos de cisne? ¿Quién ha seleccionado a esos

actores de reparto para unos segundos de gloria?

 

¿Puede el león aprender del niño y quebrar la nacarada

compacidad del mármol?

 

Ese personaje sólo busca impregnarnos de ficción, como si el vacío

que jalona fuera más real, menos banal.

 

¿Qué me liga a tus ancestros, a la cuenca planetaria de tu mirar,

antes, siempre, una elástica irrupción?

 

Como piedras varadas, una turbia reminiscencia. Tanta

pérdida.

 

Ilustración: Armand Fernández

 

No sé cuál es la estación de las orquídeas.

No recuerdo el timbre exacto de tu voz.

No deconstruyo meticulosamente lo fulgurante

porque su milagro bien merece un incendio.

No perturbaré ni un ápice el bello arpegio de tu equilibrio

que no cesa de perturbarme.

No fraguaré una promesa sin taras, ni un dios hambriento.

 

Dejar constancia, empero.

 

Ilustración: Michele del Campo

 

 

La manifestación

al compás

de las asimetrías,

un día festivo más.

 

Mientras sigamos alimentando

la división, la de nuestras

torpezas,

seguiré acudiendo

desorientado.

 

Puedo preferir la intimidad,

la ternura de un rayo albero

al despertar sin prisa,

la hierba mullida y esmeralda,

tu interlocución

creando el entorno

de resonancias, sí.

Puedo afirmar,

bosquejar sendas,

reconocer,

donar, sí.

 

Sólo me fatigan

las inercias, el estruendo

de la injusticia,

las carencias acuciantes

que sobrevolamos.

 

¿Qué vamos a recuperar

con nuestras mudas manos?

 

¿Qué clarines celebrarán

nuestros remedios prácticos?

 

No esperemos

a otro primero de mayo

circunspecto.

 

En tu rostro,

a tu lado,

puede mermar

el vacío.

 

Ilustración: Carlos Correia

 

 

Si la arquitectura del deseo

carece de la perspectiva en picado

que culmina en la disertación de la ola.

 

Si en mi labio inferior pronuncio abril

y epifanía y me intereso por las vicisitudes

de los minutos combatientes contra reloj.

 

Si no te conformas con la mecánica de la rodilla

ni con la escueta información que figura en tu documento

nacional de identidad o en la filigrana que refracta

el maquillaje de los sólidos precipitados.

 

Si consigues que la luz cegadora

propicie la longevidad de lo viable

y tus ojos descansen del azogue y del caudal.

 

Si se reanuda la virtud de la arena exacta,

si crepita el porvenir a medida que te descifro,

si persiste la acrobacia en el vacío que me sostiene

y, entonces, sólo tu audición superviviente, inquieta

e inasible, omite la conclusión del silogismo.

 

Fotografía: Sarah Moon

 

 

 

La decepción puede tornarse

en erotismo,

en escrutinio del marfil,

en el eterno cincelado

de la roca

o como erosión

por la espuma insomne.

 

En su curso subrepticio:

todos los afluentes de amor,

con su distinto signo,

que rehúsan la cínica

o lírica

encriptación.

 

Hasta que brota o se encarna

taxativo,

sin apelación posible,

nutriendo al hueso,

trópico,

ventral,

curvilíneo,

profanador,

donante de la misma sangre

que anhela en reciprocidad

(tan narcisista),

o se desangra.

 

Nada puedes asir del todo,

retornará la sed.

 

 

 

Respetar

lo que no nos pertenece

siempre que no haya sido usurpado

al sudor ajeno.

 

Respetar

la inmensidad,

los prodigios de la evolución

que no llegarán nunca

a pertenecernos.

 

Provienen de otro sudor,

de otro contrato.

 

Respetar a quienes

respetaron o, al menos, están aprendiendo

-rápido, sólo muy rápido- a respetar.

 

Los plazos no son prorrogables.

Han fermentado -seculares- tanta inquina

y exterminio

que solo cabe ampliar, como una llanura,

nuestros umbrales de comprensión.

 

Respetar

a quienes se envuelven en nuestro amor,

en nuestra memoria,

a quienes son fruto de admiración merecida

aun fuera de temporada.

 

Respetar por omisión:

sin distraerse,

sin depredar.

 

Cada ser es esclavo

de su fragilidad.

 

Cuando el hervidero de variaciones

nos asfixie,

es mejor plegar velas, recogerse, hospedar

al silencio pertinente.

 

 

 

Lo que no ves es incluso mejor.

Tocas una superficie abrasiva

porque los besos rotundos

se agazapan.

En las sombras de la miscelánea

algo detendrá

nuestro cruce aleatorio.

Atesorarás una fortuna

de intangibles.

Sólo orquestando con tu mano izquierda.

La que se interna bajo los pliegues

con prestidigitación.

Además de tus pechos desnudos, tersos y felices

quiero las mismas fresas que masticas.

¿Aún sigues creyendo que tenemos al alcance

lo delicioso y lo suculento,

que es menos absurdo

nuestro baile de trompos?

Para ti

todo el ajonjolí.

 

Ilustración: Alberto Mielgo

 

 

Hasta en los días más crudos:

las muescas e incisiones

en la densa capa de nubes

al objeto de permitir que nos ilumine

la geometría del desorden.

 

El solaz de la libido

es renuente a la voz de su amo,

al rey desnudo, a los tigres de papel,

a los trabajos forzados.

 

Un perpetuo horizonte de mundo

que abarca la música de las aves:

así se esparcen las cenizas,

refulge el flúor de lo halagüeño,

se deshiela la leche

sobre una lengua almidonada.

 

Un rostro de crisantemos

acuciado por una sed translúcida:

en la fatiga de su extravío

madura la dulce cosecha,

le conciernen labios en lugar

de alambradas, como en tantas otras

infancias, acaricia lo breve

y lo inmortal.

 

Ilustración: Alberto Mielgo

 


 

Tu pertenencia genérica

está siempre

tronzada,

asediada,

roída

por una soledad

que solo abraza

a la tormenta.

 

No te rindas.

No te rindas

a la retahíla

de adulaciones efímeras,

de quien construye rebaños,

de quien congela los inevitables

cambios de estado.

 

Tu amor más fiel

es tu propia mordacidad crítica,

incrédula, insaciable,

tu animal de colmillos afilados

que se hincan

en el vacío.

 

Fotografía: Philip Lorca

 

 

 

¿Por qué parecen

siglos de oscuridad,

estratos de fósiles,

haces de una distancia

inanimada,

los escasos días transcurridos

desde el cuerpo de nube,

desde el fulgor

del enjambre,

desde la aurora intermitente?

 

¿Por qué

la nostalgia abriga y titila

con su bruñido dulzor,

percute con su sed

si no desangra?

 

 

 

Al escucharte

comienzo mi ejercicio

lento y silencioso

de tejer tus palabras,

tu respiración,

los impulsos y latidos

que las acentúan,

hasta enhebrarlas

con su sombra

escrita, con el vaivén

entre la voz

y el texto que evocan,

como dos canales

simultáneos

que multiplicaran

el significado,

como si cada segundo

fuera crucial,

un golpe de timón,

un convite

a predecir la trayectoria

de la luz en su cierta

bifurcación,

por eso callo

y admiro cada punto,

cada gesto

que lo acompaña,

todas las huellas

apócrifas

que lo han nutrido

durante años y vidas

de sinuoso aprendizaje,

de ósmosis

involuntarias,

por eso te escucho

y memorizo,

apenas puedo añadir

más dicha

a esa manifestación

celeste, a ese acto

corpóreo del habla

insólita y naciente,

nívea

y esquiva.

 

Fotrografía: Julia Rionda

 

Felicitarnos por nuestra resistencia

a las añejas cantinelas

de la insatisfacción, asir las heroicidades

casi desapercibidas, los mínimos

engranajes del aliento, la ropa tendida,

la voz alegórica y salina de las bocas

nutricias, quién puede

doblegarte, quién puede interpretar

la sangre de tus vísceras, cómo

embaucarnos los sortilegios de sus ríos

de tinta, cómo en los segundos incontables

que distan hasta la perforación

de la bala, hasta el mosquito más torpe

esquivaría los cañonazos del decreto,

como una brizna irreverente

descendiendo las aguas más cristalinas,

así también la disidencia

a los espejismos de metacrilato, la fibra

azul de la alborada que es inmune

a los cuchillos nocturnos,

qué podría anegar un sedimento

tan escéptico, en qué embalsamados

continentes podrían comerciar

su voluntad de servidumbre, rumian

un alpiste de guijarros, su

frenesí de cercados periclitará

como un alud justo de resplandeciente

nieve, nuestras manos envejecerán

tupidas por las herramientas y los cereales,

por la flamígera conspiración

de otras manos púberes, por la tez

bronceada en la fragua de la historia,

cuándo cesará su despliegue de

tanta parafernalia.

 

Fotografía: Alvaro Minguito

 

 

 

Ceder

al descanso,

incluso al que sucede

después del trayecto rasante.

 

Ceder el turno de palabra

para oír en otros el rumor ético

que emana de tu propia

voz. Para oír

el umbral de lo prohibido.

 

Ceder el paso

a quienes huyen en desbandada.

Tan cerca de alcanzar

el mojón que indica

la marcha atrás.

 

 

 

Este silencio

sin lágrimas apenas.

 

Esta dulce

y también agria

independencia.

 

Los ajados e irrepetibles

momentos de dicha.

Ya tan lejos.

 

La luz

enhiesta y esbelta

de la danza.

 

El dolor como una sombra.

Quién más veloz,

qué lo mitiga.

 

Fotografía: Ira Fox

 

 

 

Se nimba la luz del deseo

cuando recuerdo tu mirada.

 

Fotografía: Albert Watson

 

 

 

Contemplo la fosforescencia

de la ciudad dormida

y me pregunto por el origen

de tu esplendor.

 

Ilustración: Michele del Campo

 

 

¿Cómo vivir en una latitud diferente

sin el latigazo de la primavera?

 

Ilustración: Alberto Mielgo

 

 

 

 

Como una promesa de nieve quema

el cisne tatuado en tus sueños.

 

Fotografía: Alvaro Minguito

 

 

 

Amanezco

en una isla de abundancia

cuando veo

tus piernas desnudas

pedaleando.

 

Fotografía: Ira Fox