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ateo poeta

mis poemas y otros textos (provisionales)

 

¿Qué gobierna

el dulce movimiento

de las medusas?

 

¿El mismo azar

que nos sumerge en la lucidez?

 

¿El mismo flujo salino

que nos alía?

 

¿Se puede cotejar

con la maduración

de los almendros?

 

¿Qué ausencia moral

nos proporciona

un gesto tan lúdico?

 

¿De qué armoniosa manera

se unen a las corrientes?

 

 

 

Mi niño dientes de leche,

mi niño hipocondríaco,

siempre restándole años al espejo,

mi niño sin horarios,

mi niño obsesivo,

insaciable,

ecuánime,

el que prefiere la rosa y la esencia de la rosa,

el que se olvida de que existe

el teléfono móvil,

el que se aburre ante lo inane,

lo banal,

la vanagloria,

de carnaval, mi niño,

herético,

díscolo,

utópico hasta la médula,

mi niño feliz

con su pobreza de niño,

mi niño acérrimo enemigo

de la pobreza de escrúpulos,

mi niño, no obstante,

mi niño inmoral,

mi niño harto,

mi niño, el que navega

y el que se sume transparente

en las conversaciones ajenas,

mi niño que canturrea,

y mi niño que rima

a su aérea manera.

 

 

 

Quizá sea mi niño alerta,

mi niño agazapado,

mi niño ojos de plato,

mi niño lagartija

y cabellos al viento

y por qué no, y por qué así,

mi niño todavía

en mi estómago,

mi niño que no pide permiso

para instalarse en mi isla desierta

ni para decir miedo

ni escalofríos,

ni para arrebujarse,

ni para desatar tempestades

o entrar a lo loco en una cacharrería,

mi niño el que desbarata

mi fajo de razones tan

ordenadas ellas, tan subordinadas ellas

y, sin embargo, tan minúsculas vosotras,

mi niño ya no tan niño

-con el síndrome ese y

qué más le da a él-,

mi niño con las heridas y los moratones

en las rodillas y con ganas aun

de mambo,

de lejano oeste,

de extremo oriente,

de altos vuelos

y de exploraciones

bajo rasante,

mi niño escafandra,

mi niño sediento,

mi niño gato,

mi niño pura interjección,

onomatopeya,

garabato,

cachivache,

mi niño deseo,

la hipérbole de mi deseo,

el instinto de agua dulce,

mi niño que sólo sabe amar

salvaje,

que sólo sabe amar salvaje,

mi niño el que habla

cuando dejo en suspenso

lo hostil,

lo superfluo,

lo irritante,

mi niño brújula,

mi niño mosaico,

mi niño números primos,

mi niño circunferencia,

mi niño injerto,

mi niño caprichoso

y que ordena los ciclos del tiempo

según la intuición

de los trenes antiguos.

 

Quizá sea sólo esa criatura

la que me impide

agasajarte

como te mereces.

sorteando la ola

sorteando la ola

 

Cada mañana salía a nadar de treinta a cuarenta minutos. Si alguna inaplazable reunión de trabajo se lo impedía, posponía su cita con el mar para el atardecer, poco antes de que se cerniese la oscuridad. Vivía a escasos metros de la costa. Las ventanas de su casa recibían con constancia las bocanadas de aire salado y los rugidos profundos del océano Atlántico. Esa vecindad había sido premeditada tras muchos años de buscar un emplazamiento para su vida, un lugar donde echar raíces. No era un silencio absoluto lo que anhelaba, pero sí la suficiente calma y un amplio horizonte abierto ante sus ojos que le permitieran recapacitar y concentrarse, no menos que fantasear y evadirse. Una quimera, tal vez. Llevaba cinco años poniéndola a prueba, experimentando con sus gozos y sombras, hasta que comenzó a nadar regularmente. Ese deporte apenas le había suscitado interés alguno en el pasado pero la recomendación de una fisioterapeuta fue providencial. Cada vez le acuciaban más dolores variados en su espalda y en torno a sus cervicales, el precio a pagar por muchos años de disciplina delante del ordenador. Ningún remedio los eliminaría milagrosamente y nadar podría ser una buena ayuda, según le dijeron con el habitual escepticismo médico. La opción por hacerlo a mar abierto, embutido en un traje térmico y asido a unas balizas para que le divisaran las embarcaciones pesqueras, fue una reacción inmediata a la saturación y el enclaustramiento que encontró en la piscina local. Ni siquiera los días de lluvia le inhibían de este ejercicio. Tan sólo cuando se revolvía el oleaje con violencia y anunciaba que engulliría a todo humano torpe que osase la navegación, la sesión de nado era sustituida por la contemplación de las inquietantes turbulencias desde el sosiego doméstico.

 

Para la población local, para la que el mar había sido durante siglos como una prolongación de sus extremidades y sentidos, aquel nadador no era más que una exótica especie de habitante marino sin mayor atractivo comestible. Despertaba tanta curiosidad como las montañas de conchas y caparazones escupidos sobre las dunas por las profundidades abisales. No faltaba quien le atribuía cualidades sobrenaturales para comunicarse con los delfines y con otras bestias submarinas que vigilaban sus posesiones de ultramar, mientras que para otros se trataba simplemente de un mariscador furtivo entre cuyas artimañas de distracción estaba exhibir las algas que había recolectado para la cena. Muchas mujeres se burlaban de las seductoras sirenas que imaginaban acompañando las brazadas del nadador, habiendo como había tanta guapa moza de bien merecer en el pueblo. Saldrían a su rescate en caso de extravío, pero de la misma forma resignada en que lo hacían con el resto de sus fantasmas cuando se adentraban a faenar al albur de los designios meteorológicos. Quién sabe si aquellos pinchazos dorsales no estarían provocados por unas branquias o aletas nacientes o si aquel ser huraño no pretendería, en el fondo, erigirse en alguna deidad, faro o ejemplo moral con el que confrontar los vicios más extendidos.

 

Como era previsible, nadie prestó la más mínima atención aquel mediodía cuando el nadador, con su estrafalario atuendo chorreando, irrumpió en la cantina e intentó alertar, casi tartamudo, de la mancha negra y viscosa, de aceite y petróleo, que avanzaba apocalíptica por la bahía de sus sueños. Aquellos minutos perdidos por las muecas de indiferencia y las miradas oblicuas, serían fatales para evitar la invasión asfáltica y la pestilencia que tardó años en amainar. Nadie supo nunca cuántos cuerpos flotantes desaparecieron de aquel frágil y siempre oscuro ecosistema, albergue del alimento local y de sus disparatadas invenciones al mismo tiempo. Tampoco se supo nada más del nuevo destino del nadador solitario quien apenas estuvo en boca de la gente mientras liquidaba su residencia y que sólo otro foráneo adquirió de saldo, inmune a los rumores y mitologías vernáculas en incesante reproducción.

 

Ilustración: Juan Carlos Mestre 

 

Rendir homenaje

a las figuras

de las nubes

a sus tonos variables

y conmovedores

 

a la sagrada atmósfera

que persiste

sin precio.

 

 

 

Aunque los rostros mordidos

por la usura

decreten aciagos chubascos

 

nos besaremos en las pastelerías

y entorpeceremos

el tráfico.

 

 

 

Ayer volabas dichosa

en tu bicicleta nueva,

tus melenas ensortijadas

helaban los instantes

y sonreías como la mariposa

ebria de palpitaciones.

Se auguraban caminos en tu

corazón infinito

y tu pecho transparentaba

la golosina de las

zarzamoras.

Parecías tan lejos y tan leve,

tan sublime en tu pedalear

sinuoso, floreciendo

en septiembre, hablando

de un mar verde e ignoto,

que perdía el rumbo,

encallaba en tus corales,

buscaba otro ángulo

para comprenderte

en tanta plenitud.

 

 

Quiero comenzar este exordio

señalando la grieta.

 

Ahí, donde yacen los desechos.

En lo oscuro,

donde se impreca.

 

¿Qué artimañas causaron

los estragos?

 

¿Cuál es el límite

para que sigamos tolerando

el alambre oxidado,

atado fuerte, alrededor del cuello?

 

Ya probé

la evasión permanente,

el licor de la asamblea general.

 

En los horizontes anaranjados,

en la brisa húmeda

de la conciencia nítida,

la inmovilidad.

 

De golpe,

sólo así, abrupta,

acontece la realidad

(estrías, desniveles, cortinas de humo).

 

Dentro de mí,

el ojo del huracán.

 

¿Sólo hay que atravesar

lo amargo?

 

Aprecio la longevidad

sazonada

y la rebeldía.

 

Albricias

para quienes aman el caos

sin perder el equilibrio.

 

 

 

Lloverán peces de las nubes plateadas

para que podamos ir silbando a cualquier

punto cardinal, con cualquier excusa diplomática

y cambiar la perspectiva del laberinto

de callejuelas con sol y sombra que no cesa

de urbanizar nuestros sueños púrpura.


Quienes se aproximan a las locomotoras con

insaciable curiosidad y descubren el piloto

automático, quienes no albergan la euforia

de la marabunta ni la tristeza postcoital

al remover las noticias que flotan

en el café con leche, quienes son premiados

por el azar de sus células benignas y se regalan

el aleteo futuro de las crisálidas cuando

el hambre no les acucia.

 

¿Somos nosotros, qué húmeda sustancia del

mundo proporciona el suelo y el aire para

vislumbrar un nosotros? Si toda arena

de esperanza se escurre entre los dedos.

Si el aroma de la albahaca, si el surco de

los terrones negros, si el aceite derramado

por el cuerpo que reclama la horizontalidad.

 

El prodigio de los dialectos, de la espesa

corriente de esbozos y rutinas, no deja más

tregua. Excavar en los yacimientos de la sed,

no someterse al tráfico de marfil ni a la indolencia,

abrazar el vuelo ingobernable.

 

 

 

Ojalá que se detenga ahora el tiempo.

Hace poco era mi cumpleaños, decían,

y entonces estaba muy ocupado

y no pude recapacitar ni rogar

que se detuviese el tiempo.

No todo, no soy tan arrogante, sólo

el que se adhiere a mi piel

como barro, como hojas secas,

como olores indeseables.

 

Ojalá se detenga pues a mi favor puedo

alegar que mi juventud ha sido larga,

muy larga,

después de una madurez precoz.

Por qué a los nueve años

querría ser matemático, matar a mi

padre y escaparme pedaleando

entre las montañas de carbón.

 

Si ahora logro dejar de contar,

de celebrar, de recordar,

de consultar los documentos

administrativos,

las verdades que me niegan la voz,

me dispondré sereno para

una infancia

metafísica.

 

 

Flujo y reflujo

de la marea, de la voz

más insondable.

Después de anegar la orilla,

el retiro a su cuenca o la inmersión

de otras arenas

en las antípodas.

Y la erosión

de todos esos fósiles calcáreos.

 

No es preciso un espejo puro

para reflejarme.

Puede ocurrir con un paisaje

recortado,

con su munición

infinitesimal.

 

No estoy allí

oscilante.

No siento la tez quemada

ni reposo en un lecho amarillento,

en la duna movediza.

Las rayas del horizonte

me confunden.

También aquí.

 

¿Qué es el devenir

sino una emoción salobre

y dichosa junto al mar?

 

Exprimir el mosto de cada día.

Admirar la espiga mecida por nuestro

contemplar.

 

Dónde, cómo ser tan sólo la belleza ebria

que se resiste a la pronunciación.

 

 

 

Era mi idioma, no arcano, sólo mío.

Pugnaba por vislumbrar

su sentido,

siempre ese enamoramiento.

Qué me ofusca, qué impide

el deshielo,

el perfume tibio.

Recobrar el espacio gaseoso,

el vuelo, la enramada,

un lugar donde atardecer.

Era mi método

de invocar un ápice de euforia.

Algo, delirante quizá.

Desafié la muerte hasta aceptarla

como el torbellino,

o la recompensa.

Entonces sí. A sus ojos,

sin postración.

Las ciudades, los jardines,

los desiertos: con el mismo afán

de identidad... ¿Dónde

residir, pues? ¿En qué

estado de ánimo ajeno a los

dolores imaginarios?

Ya no reservo nada,

apenas ahorro.

Bailo asido a tu cintura

enigmática.

De los oráculos, desconfío

(todas esas vísceras en ebullición).

Todas esas palabras

no instituyeron una isla, sólo

gozo, soberanía.

 

 

 

Que me beses con la declinación del glaciar,

que en tus labios esbozados y en tus dientes

en ayuno rebose de alegría la espuma,

que tus caderas invoquen el genio de la

trascendencia, que tu sexo destile fuegos de

artificio, el sabor de la canela, el helado

de limón, la flor de la vainilla, ese fugaz

instante del día al que salpimentas en su justa

medida, que tus piernas se arracimen a las mías

y que sean los tigres del sueño quienes vigilen

al tiempo en su escorrentía.

 

 

 

De tu boca

emanan iridiscentes

los deseos náuticos,

la sed en vigilia,

las palabras blancas

y preñadas

de cielos luminosos,

la pulsión canónica,

la lengua

que se multiplica,

la enciclopedia

del erotismo,

la maceración de los

significados,

la hierbabuena y las

cerezas tardías,

una especie contra

su extinción,

mi plétora paciente,

la turbulencia

del ósculo aplicado,

mis medicinas,

tu verbo principal,

la crasa dulzura

sin apenas métrica,

lo estival,

los jubilosos apetitos,

mariposas pintonas,

el amor llano, agudo

y superlativo,

prístinas cataratas,

lo invencible,

lo vulnerable,

la seda dental,

tus versos enigmáticos

en la penumbra,

todo lo que es digno

de pronunciarse.

 

 

regalo místico de aniversario

regalo místico de aniversario

 

Somos criaturas sin propósitos genuinos. Filiación de una especie que pudo no ser. Deriva de sangre y luz, animalidad dichosa de tierra y agua. Respiración. También absurdos y crueles, de baldías ambiciones e ignorancias que extinguen las huellas.

 

Somos materia prima vulnerable. Nuestra propia y torpe búsqueda de ser. Bucle infinito e incompleto, almas incómodas entre objetos, fósiles y divinidades de barro que dieron de comer a los primeros artistas de la tribu. Nuestros conceptos

 

y canciones no menos relucen y se alaban con fuegos de artificio, aunque los sueños los revelan como un pálido reflejo de lo perdido y lo anhelado. El temor a lo oscuro donde todo nace y, al fin, todo succiona. La seguridad de lo inefable, la belleza silente del alba que nos envuelve y constituye.

 

Preferimos jactarnos de la singularidad.

 

El dominio de lo subjetivo y sus borrosos lindes, las ilusas rarezas. Rehuir de las aleaciones y del fardo de la entropía. Nadar a contracorriente sólo para afirmar triviales consignas, acaparar lo único y agotar, sin paciencia, lo efímero y sensible. El camino, empero, no está escrito.

 

Las piedras y los olivos nos sobrevivirán. Con la vaga y caduca abstracción evocaremos continentes y archipiélagos. Seremos la soledad radical del vuelo y la comunión más elemental.

 

Viviremos, acaso, a fuerza de apaciguar los sobresaltos, a través de los remolinos. La obsolescencia es transparente. Mi condición humana, aleatoria y transferible. Por delante rige, si alcanzo a atisbarla, la comprensión.

 

 

 

 

 

Algunos días todo parece escurrirse entre los dedos,

las teorías, los lugares, las figuras humeantes de la certeza.

 

Otros días, en cambio, nada se resiste a la seguridad

de lo tangible, el cielo y la brisa despiertan cada molécula

de mi piel, veo el futuro apetitoso como una fruta

a punto de ser mordida.

 

Todos los significados se agolpan en la melodía

que silbo. En cada instante, el universo palpitando.

 

En ese oscilar florece lo recién marchitado, cumplo

años, pago impuestos. Amo sin pena y con gloria.

Me evado siempre con excentricidades,

sólo para regresar a lo lacio.

 

De uno a otro lado de la quiebra, un eterno tránsito.

 

 

 

Ni el poema es imprescindible

para la iluminación.

Nos apareamos con fósiles.

La corteza que nos arrancamos.

¿Qué sublime fruto nos reserva

tanto envejecimiento?

Observa, si no, la enhiesta arbolada,

las aves que se emancipan

de las antinomias.

Todo mi éxodo hacia el significado

como un musgo perpetuo,

adherencia frágil a lo sólido.

Aspiro lavandas, tomillos en celo,

el esplendor de la cadena trófica

tan lejos de la inocencia.

Amalgama de minerales, atmósfera

asediada por los sucedáneos.

Ni el poema enarbola los espectros

de la razón. Ni el capital, ni la muerte.

Ante lo ímprobo, ¿qué arrecifes de coral

elegirán nuestros besos?

Fracturar la línea,

doblegarla,

morder el sentido común

de la respuesta programada.

Todo se reduce a unos pocos pasos

y el suelo crepitando.

A radicar el porvenir

en la maceración y la afinidad.

Desconfío de los materiales

ignífugos.

Venero,

venero,

venero

la emergencia tres veces de lo que alienta.

Atesorar las elipsis de la conjura.

Somos los hablantes

de la minúscula historia de un ecosistema.

Un silbo que clava.

Atisbo de luz y áureos sueños siempre

a punto de corromperse.

No quiero una paz telúrica tallada

con el desértico dolor.

Para lo demás, tengo una propicia

disposición.

 

 

 

Y los cimarrones emprendieron la vía sensible.

 

Los baluartes en ruinas. La esperanza, obsoleta.

¿Qué podría fermentar entre aquellos seres anfibios?

 

 

 

Ya no tengo hambre, hoy ya he comido por mí

y por todos los hambrientos que no cuento por

temor a equivocarme, no vayan a morir más o

menos que las nuevas incorporaciones al finalizar

la cuenta y acercarse la hora, triste y alegre,

de un nuevo almuerzo.

 

También otros habrán comido hoy más y mejor,

o sin reparar en su gula sin límites que sólo

gratificará a sus forenses y cirujanos, otros a

quienes les niego cualquier empatía, sonrisa

o saludo de buenos tardes por mucho que nos una

el mismo gesto con los cubiertos.

 

Por alguna extraña razón comprendo que tanto unos

como otros y los de más allá cultiven su propia

gastronomía.

 

Empero, mi corazón sigue encogido.