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ateo poeta

mis poemas y otros textos (provisionales)

 

Las dicotomías

son odiosas,

pero apenas sabemos

cómo huir

de sus tenazas.

 

Por ejemplo:

entre una consistente

vida de pareja

pero sosa y obsesiva,

por un lado,

y la disolución

de los vínculos

que proporciona

la picante

soltería,

por el otro.

 

 

 

 

Las parejas cerradas

son un aburrimiento.

 

Ahora bien,

sin ellas, las tentaciones

no serían tan sabrosas.

 

 

 

Que el saldo cualquiera

no fagocite el existir

del rubro.

 

Aún depositado

en el humo variable

de la memoria.

 

 

Ilustración: Amanda Baeza

 

 

El poder,

a fin de cuentas,

en tanto que dominación,

se descompone

en varios gajos:

 

el arte de no responder

a las preguntas,

 

la íntima satisfacción

por permanecer

inescrutable,

 

la sutil y elegante

habilidad

para indagar

hasta el tuétano.

 

La resistencia

a menudo consiste

en desvelar

lo vulnerable.

 

Y en la libertad

del secreto.

 

 

Fotografía: Sebastiao Salgado

 

 

 

Un cierto sentido

de libertad.

 

Eso es todo.

 

Lo guardo

en el aliento.

 

Y voy

administrándolo

poco a poco,

según

la polución

circundante.

 

 

Fotografía: Madame Yevonde

 

 

 

 

 

Nada como escuchar

a un optimista

empedernido

para que se desate

mi vena

más cínica,

irónica,

catastrofista

o pervertida.

 

Y nada me irrita más

que escuchar

a un cínico

(o irónico

o apocalíptico

o integrado)

sobre los asuntos

más peliagudos

y dramáticos,

para que le salte

a la yugular

con mis arengas,

por mucho que me pese,

repletas

de optimismo.

 

No hay escapatoria posible

de ese círculo

vicioso.

 

Y si la hay,

tiendo a quedarme

con la mosca detrás

de la oreja.

 

 

Fotografía: Sebastiao Salgado

 

 

 

 

Este silencio

al llegar a casa

es de los que anuncian,

rebotando

contra las paredes,

que algo profundo

e irreversible

ha sucedido.

 

Es hora

de poner música

y aparentar

que todo sigue

su curso,

como si nada.

 

 

Fotografía: Sebastiao Salgado

 

 

 

 

 

Siempre he sido  

más radical

que pacifista.

 

Será por eso

que en esta vida

he matado

a más de una mosca

y a legiones

de mosquitos.

 

Y por encima

de todas los credos

amo

el transporte público

y la movilidad

ciclista.

 

 

 

Cuando veo un Porsche

aparcado

no puedo evitar

el furor y las ganas

de lanzarle

unas cuantas piedras.

 

Tanto dinero junto

no puede provenir

de ningún negocio

limpio.

 

Lo mismo me ocurre

cuando veo

a un militar,

sea del bando

que sea.

 

Enseguida pienso

en exigirle

que deponga las armas,

como si yo tuviese

una solución mucho

más eficaz.

 

Sólo mis piedras

y este odio de clase

que cualquier día

me va a costar

una úlcera

de estómago.

 


 

Yo leo libros

para escribir libros

y que tú leas libros

para escribir libros

y que ellos lean libros

para escribir libros

y que yo lea libros

y alguien se gane la vida

en medio de todo esto.

 

Lo más divertido

y lo que más

me inquieta

es todo el arsenal

de justificaciones

con el que revestimos

el asunto.

 

 

 

 

 

En cuanto vuelvas,

sobre todo,

se aclararán algunas dudas.

 

Nos someteremos de nuevo al ojo

del remolino.

Es inevitable sucumbir

a los poderes telúricos

de la naturaleza.

 

Lo único sagrado se expresará,

sin necesidad

de mayores plegarias,

a través del beso y en el beso

y por causa del beso

y de los números primos

y racionales.

 

En cuanto vuelvas

no seré menos esclavo

de los flujos corporales

ni del tráfico de mercancías.

 

Por desgracia

continuaremos enterrando

los cadáveres de la política

manirrota.

 

Un campo de batalla que alboree

sin mácula

nos restaría muchos temas

de conversación.

 

En cuanto vuelvas

nada será de color de rosa

pero siempre podemos elegir

otros colores

de la paleta.

 

 

Fotografía: Otto Stukapoff

 

 

 

Ya es hora de ponerse positivo.

 

De elogiar el cuerpo amado

y sus irregularidades.

 

De despertar con ganas

de comerme el día

y la carne.

 

De esbozar una sonrisa

tonta y permanente

mientras achucho

las almohadas.

 

Están al alcance de la mano

la felicidad y el concepto

de la felicidad y la inmanencia

y las analogías

y los placebos

de la felicidad.

 

Vaya, en cuanto me descuido

hacen su aparición

los pájaros de mal agüero.

 

 

 

El cuerpo humano

y otros organismos vivos

tienden,

dentro de su complejidad,

a la autorregulación.

 

¿De verdad?

¡Venga ya!

 

Los libros de biología

carecen de las más elemental

noción literaria.

A saber.

 

En este mundo

de héroes y villanos

no sólo nos toca lidiar

con las turbulencias

que suscitan.

Nuestro amor

por la zozobra, además,

rara vez se acaba

corrigiendo del todo.

No hay pastillas

ni religiones

que cumplan sin defectos

tamaña misión.

 

Para más inri,

a dos dedos de frente

que tengamos,

todos los augurios

apuntan a un cierto

y fatal desenlace.

 

Todo sería más fácil

si tan sólo yaciésemos

como las piedras

en los caminos.

 

 

Fotografía: Pedro López Batista

 

 

 

 

 

Uno sabe tarde que cada punzada exclamativa

proviene de una plétora de agujas y ángulos,

que descuidamos el estado de sitio declarado

en las zonas circundantes y amoratadas,

que seguimos recibiendo ganchos como si tal

cosa, que nos levantamos una y otra vez

con la vista nublada aunque el sol florezca

y se gire hacia las llagas que abrasa,

uno llega tarde a limpiar la morada vieja y

los trapos sucios de la familia carnal, tarde

a ponerse una nueva máscara y más creíble,

uno se enroca con sus armaduras oxidadas

más veces de las permitidas por las reglas

del juego y se lamenta de las bajas en combate

de su contingente aliado, uno gime en silencio,

sabe tarde que la necesidad y la virtud

se bifurcan en la larga marcha de los caracoles

por más encrucijadas teóricas que planteen

los agrimensores, uno, en fin, aprende a

desplazarse clavando más adentro las picas

que lo laceraban a media asta.

 

 

 

En este exilio

el idioma

se te pega

a la piel,

a las maletas mohínas,

duerme en el suelo

de tu apartamento,

no gruñe

ni monologa

como un majara,

se cuela en los bolsillos

de la chaqueta,

se hace el muerto

y resucita de repente,

tararea canciones

prehistóricas,

vive en un limbo,

no paga facturas

ni es hacendoso,

dice pelillos a la mar

si has hablado

con otras lenguas,

se esconde en la alacena

como una lata

de sardinas,

envejece como un tesoro

o un diccionario

polvoriento.

 

A pesar de sus palabras

anticuadas,

consigue destacar

por encima del resto

de muebles

y así, a lo tonto,

se va haciendo

imprescindible.

 

 

Fotografía: Marc Riboud

 

 

 

 

 

Ya no se estila

lo de diluir en agua

terrones de azúcar,

pero como metáfora

de la vida,

en pequeñas dosis,

no tenía desperdicio.

 

El cubo sólido

cayendo hasta el fondo

del vaso,

la cucharilla

dando vueltas

sin compasión,

los granos minúsculos

flotando libres

hasta alcanzar

el estado de gracia

de lo invisible.

 

Siempre he mirado

con ojos de niño

y con ojos de gato

esa química

primitiva.

Pasmado ante

la milagrosa liturgia

de endulzar

el líquido elemento.

 

Después, un trago

y a otra cosa,

mariposa.

Nadie decía ni mu

pero la agria verdad

se mascaba

en el aire.

 

 

Fotografía: Matt Weber

 

 

 

Lo que me sale es

despotricar

a diestro y siniestro

cuando me suben

la rabia y la euforia

a partes iguales.

 

Por supuesto

que alguien tiene la culpa

de todo ello.

No me iba a comer yo

todos los sapos.

 

Pero semejante ritmo

no es sostenible.

Cuando estoy de recaída

me miro al espejo

y ese rostro manso

y sereno

como una enciclopedia

ilustrada,

me resulta

irreconocible.

 

 

 

Intentamos evitar

la erosión,

el declive,

quedarnos mudos.

 

Y cuando los hechos

se imponen,

nos esforzamos en creer

que se encenderá

otra llama.

 

Y, de nuevo,

haremos lo imposible

para que nunca

se extinga.

 

Esa tozudez, sin duda,

nos mantiene bien

entretenidos.

 

 

 

Ahora que te has ido

arrojan luz

los límites.

 

Los límites sinuosos

que nunca deslindaron bien

nuestros terrenos

respectivos,

ni falta que hacía.

 

Los límites hipotéticos

a los que tendía

la maldita curva normal

del pesimismo.

 

Los límites crudos

que distinguen

dos cepillos de dientes,

la ropa interior

y la privacidad

de nuestros demonios.

 

Los minerales preciosos

que aguardaban

tras la penosa

excavación

en el largo túnel

de la nada.

 

Las gotas que colmaban

el vaso

de forma consecutiva

y ajenas a la factura

del agua

corriente.

 

Llamamos amor

a un buen atajo de límites

cuando hiere menos

aceptar

sus cargas y beneficios

uno por uno.

 

 

Fotografía: Helmut Newton

 

 

 

 

 

Nada estaba escrito.

 

Yo tampoco imaginé

que acabaría con mis huesos

en este clima subtropical.

 

Ni que pasearía

con mis ideas ausentes

entre edificios vertiginosos.

 

Ahora sé

que nunca arriesgamos demasiado.

 

Y que siempre he confiado

en las causas perdidas.

 

Aunque estos viajes espectrales

a las antípodas del mundo

no se elijan al azar,

al menos podréis entenderme.

 

Y seguiré escribiendo en este vacío.

 

Y vuestra casa, hecha de materiales simples

con las manos más justas,

la hallaréis en muchos lugares

aún por reconocer.

 

 

Fotografía: Sebastiao Salgado