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ateo poeta

mis poemas y otros textos (provisionales)

 

Aguas grises, como cloacas y como líneas de la mano,

confluyen en cauces mayores donde lo turbio se mezcla

con una corriente de embarcaciones y de ropa tendida

en los márgenes, y los residentes de tez morena y los

turistas desorientados se transportan de una orilla

a otra porque el día tiene que cundir y las sandías

troceadas se tienen que vender y las tortugas deben

respirar antes de su último aliento, aunque en el aire

se use un inglés paupérrimo como herramienta de

trabajo y el conocimiento exija conversación, no

pontificar, antes de abrir un boquete en las contiendas

del presente.

 

No me desconcierta más esa pérdida de tiempo por

visitar los templos e interrumpir la gaya oración con los

pies descalzos, los andamios profanos y el escepticismo

que sostienen todo el mercado de los dioses de piedra

y de las clases acomodadas, porque, si no, quién

diría impasible que la noche pasada y los gritos de amor

y las bocas secas por un salario mínimo, pueden

determinar la tendencia a cubrir con una espesa

túnica de azafrán la serie aleatoria de nuestros errores

reincidentes.

 

Es invierno y es verano, la escritura permanece estable

sobre un volcán en ascuas, no puedo ser ajeno a esa

descomposición tan familiar, me irrita el culto y la

sumisión a personajes de cartón mate, pero vago

como una sombra, el horizonte se tambalea por el eco

en falsete de los papagayos, en qué piel virgen de la

adolescencia se tatuarán las batallas perdidas y acaso

esa incomodidad de las habitaciones ajenas puede

ensanchar las agallas por las que respiran, por las que

hacen agua, los ojos petrificados, y la luz espectral

de una fotografía.

 

La crin y los músculos del caballo alado de la

pobreza, las ruinas cálidas y solitarias sin más espejo

retrovisor que un trayecto corto donde olvidar

que la sorpresa también es efímera, que no hay virtud

sin espinas, que es el artificio de los negocios lo que

corroe, la acidez, la guindilla demoledora, la venta

de patrañas en forma de presagios, y tantas capas que

se superponen porque siempre hemos preferido huir

hacia adelante que andar con los pies desnudos,

el deseo viejo a un racimo de flores chillonas

a punto de perecer.

 

 

 

 

Cada mañana

lo bello y lo doloroso

están ahí,

esperando

su ración.

 

Ni siquiera

la noche en coma

ha podido deshacerse

de su arraigado

existir.

 

Como es mi costumbre,

opto por alimentar

a uno solo

de los bandos.

Pero sé

que no hago

más

que rizar el rizo.

 

 

Fotografía: Olmo Calvo

 

 

He visto a los hombres más apacibles y de lenta digestión

caer en la fosa de la amargura y arrancarse la piel a tiras

creyendo ejecutar una obra divina.

 

He visto a los padres de familia y a las madres pluriempleadas

elogiar la moral y las buenas costumbres en los días plomizos

mientras asestaban puñaladas al débil o al ausente

de turno.

 

He visto a los niños y a los ancianos yacer bajo la canícula,

yacer bajo la presunción de inocencia, dinamitando

las torres de un marfil radiante e incomprensible.

 

He visto a los amigos con derecho a roce y a los amantes

esposados a sus alcobas, sirviendo de pasto a las bestias

del océano, su risa apagándose en el crujir de los

colmillos.

 

He visto flores en las cumbres nevadas como las manos

sucias que piden limosna, y cábalas metafísicas desde

los altavoces del exceso que piden por caridad, y

la ovación al apocalipsis que se transmite como

una instancia administrativa.

 

He visto a consejeros que pierden el norte, pleitos

que devoran a sus abogados, gobiernos que se

pudren a la velocidad cuántica de las carcomas

que los alimentan.

 

He visto los disfraces de la locura cuando viene

a seccionarme la vena aorta y a los elefantes

hegemónicos causando una mayor intranquilidad

que los hoteles estrellados.

 

 

Fotografía: Olmo Calvo

 

 

Del amor

se dice que es la única

enfermedad mental

socialmente

aceptable.

 

Del amor

se subraya que es todo

palabra prístina

y comunicación

hasta la médula.

 

Del amor

se sirven para levantar

sagrados altares

a cuyos pies

se postran los grandes

panegíricos,

que no se creen

ni ellos.

 

Y basta que los cuerpos

lascivos

transgredan las leyes

de la desigualdad

para que echen pestes,

unos y otros,

de tanto

romanticismo.

 

 

 

Aquí yo prefiero ignorar

para que tus mariposas

beban

y las cadenas lógicas

no objeten

la torsión del clarear

pálido.

 

De alguna forma

debo restablecer

el acuerdo

con lo inerte y la azalea.

 

¿Cómo, si no, me darás

fuego de tu antorcha
y el papel mojado

que navega?

 

Enrocándose

una palabra en el trance,

aúlla

a la hora de la limpieza

municipal,

a la misma velocidad

y exposición

que me persigue.

 

Las hebras de color

de lo que amas

y el silencio añejo

servirán a idénticos

fines

nutritivos.

 

 

Fotografía: Julia D. Velázquez

 

 

 

 

Prestando más atención, oigo

la jauría.

 

No es un rumor indescifrable.

Ha dormido en los pliegues

de mis sueños.

 

Me llamáis extranjero y qué,

si a cualquiera le rodea

un hiato.

 

Ayer me veréis fraterno

y mañana fue agua pasada.

 

Volved a la construcción de

puentes y de materiales

copiosos,

usad las manos dúctiles.

 

El hambre y el hambre de la

floración:

el lecho común. Poco más

nos puede iluminar.

 

Con tu acción he entablado

una reglas temporales.

Zarzas.

Madera frágil.

Simiente.

 

Un tercer punto de vista.

 

Fertilidad venerada

y no menos tumba

para los muertos.

 

 

 

Ando taciturno

de un lado a otro,

ensimismado,

ajeno a la fiesta

del año nuevo chino,

a sus caballos inmóviles

y domésticos,

y a esa pasión

por decorarlo todo

con lo que mañana

será papel

mojado.

 

Sólo la orgía

de flores y abundantes

mandarinas

ponen una nota de color

en los murmullos de mis

pensamientos.

 

 

Fotografía: Man Ray

 

 

Ellos usan el cantonés,

que es un tipo de chino

en disputa continuada

por su derecho

a la distinción

de esa madre patria

tan temida

y tortuosa.

 

Yo uso el castellano

en mis diatribas

francotiradoras,

aunque en la escena

internacional

lo llaman, simplemente,

español ajenos

a nuestras líneas

movedizas.

 

El inglés

con el que creemos

entendernos cuando

estamos sobrios

y gesticulamos,

es como una bandera

blanca.

 

Luego cada cual vuelve

a sus íntimos

reductos

y a saber si se aclara

consigo mismo.

 

 

Fotografía: Marc Riboud

 

 

 

 

Joder,

a veces me pregunto

si me merezco tanta

felicidad.

 

Ya sé que no es

para echar cohetes,

ni siquiera valdría

el sustantivo

al cien por cien.

 

Además, siempre

está mi lado oscuro:

que si quítame esa paja,

que si vuelve

a asomar el agorero

insaciable.

 

Joder, pero es que a veces

la palabra

se hace cuerpo:

 

se deposita en tus labios

 

sin apenas

un momento de sosiego

para reflexionar

 

sobre los golpes pasados,

sobre el precipicio

ahí adelante

y no sé cuántas

contradicciones

que no admiten

una simple y profana

nominación.

 

De todos modos,

no hay designio

ni justicia que valga

para explicar

estos látigos de luz y

los besos dolorosos que

a veces te tocan

y, más habitualmente,

hacen mutis

por el foro.

 

 

Fotografía: Olaf Martens

 

 

 

El que interrumpe,

no una ni dos veces,

con sus raquíticas

ocurrencias

y sus guiños espantosos,

cargado de la árida

razón

y la desmadejada verborrea

que no conoce embalse

ni estética

continencia.

 

El ventrílocuo,

desde el atril,

que monologa con las estrellas

y aterriza abstruso

en un desierto de comprensión

por culpa merecida

de las oscuras falacias

que tiñen su impoluto traje

de corte técnico.

 

Y lo peor:

el público cómplice

y ceremonioso de funeral

que no pone el grito

en el cielo

ni se sonroja con la vergüenza

ajena

o aplaude con su rictus

de moflete,

impávido ante los nudos

que la historia aprieta

en sus gargantas.

 

 

Ilustración: Miguel Brieva

 

 

 

El cielo está despejado

y las bandadas de aves oscuras

no planean hoy con sus abanicos.

 

Al pensamiento glacial,

al apocalipsis tortuoso,

a la extensión superlativa,

la voz

y el carmín o la grasa

del cacao sobre los labios

les pueden averiar

el engranaje.

 

Dadme la sustancia

impronunciable

y los caldos bajo los cráteres

manarán como cosquillas

por las plantas de los pies

en absoluto silencio.

 

Mientras persista

la vocación jugosa del delirio

y se erradiquen las infecciones

de la luz,

apenas me quedará tiempo

para echarte de menos.

 

 

 

Para desayunar:

ilusiones

untadas con aceite

de oliva

y mermelada de fresa.

 

El tentempié del mediodía:

ilusiones

desde la pulpa

al corazón.

 

Cuando recibo

tus mensajes

entre el humo de la jornada:

ilusiones

como un periódico

al revés.

 

Sumergido

en la luz

cinematográfica:

ilusiones

cómodas aunque

desaten ríos

de ternura.

 

Al desvestirme

y antes del sueño:

ilusiones

para las que ya estaba

bien entrenado.

 

 

Fotografía: Francesca Woodman

 


 

Mientras todos los átomos

se deslizan por la rampa

hacia su muerte

segura,

 

un minúsculo bache,

una irregularidad

por sorpresa

 

puede conseguir

que algunos abandonen

esa trayectoria

y se reúnan

en la volátil perspectiva

en picado,

 

por un tiempo memorable

 

hasta que otra lluvia,

ajena a su dicha,

determine de nuevo

la precipitación.

 

 

 

La claridad

de la voz

por la mañana.

 

El ritmo y el peso

del cuerpo

al andar.

 

Las pulsaciones

más o menos

ágiles

sobre el teclado.

 

La fuerza aplicada

al entornar

la puerta o abrir

los cajones.

 

Los gestos firmes

de las manos

y del saludo.

 

El abismo denso

y sostenido

de la mirada.

 

No hay maquillaje

ni convención

que puedan ocultar

la más deliciosa

o la más triste

de las noches.

 

 

Fotografía: Gabriele Noziglia

 

 

 

 

 

Cuánto arte

claudicó

sin alcanzar siquiera

el infortunio ni la derrota.

 

Cuántos pájaros exactos

fueron sacrificados

por causa de necesidades

más perentorias.

 

Cuánta pobreza

en las manos llenas y solventes.

 

Por qué alcantarilla

se escurre el tiempo luminoso,

el turbio reflejo

de lo futurible.

 

Siempre

esa industria pesada

invitando a firmar

un contrato

leonino.

 

 

 

Ilustración: Amanda Baeza

 

 

 


 

Están en el rostro perfiladas

las grietas, los caudales vacíos

de esperanza, el dolor

intransferible que no mata,

que no liquida de un golpe,

la subjetiva memoria

de las alas y de la sangre,

el ámbar de una piel

sin temor a abrirse paso,

no guarecida,

los ibis en los ojos dulces,

la tristeza termal como

los pueblos famélicos y los

sobrealimentados,

en ese vértigo del que

toda luz emana,

la percusión del tiempo

riguroso y de la resina

un día en lo lejos

y en lo anónimo,

aún por escrutar.

 

 

 

 

 

Un anuncio en el que se anuncia

que en un futuro próximo

se comunicará un anuncio

importante

 

es como una pregunta en la que se pregunta

por la propia posibilidad

de seguir haciendo preguntas

de este tipo

tan bizarro.

 

¿Se tambaleará el orden establecido

ante estos ataques

de guerrillas?

 

 

La más alta y erguida de las ancianas

relata su historia sin titubeos, extiende

un brazo evocando cada imagen mientras

apoya su mano izquierda en la rodilla para

contener la agitación de su cuerpo aún

como un roble a pesar de la edad, en el

otro extremo del banco recibe los apuntes

de otra anciana que cubre su pelo cano

con un pañuelo blanco y aún conserva

el mandil prendido a la cintura, señal

inequívoca de haber estado preparando

la comida poco antes de la tertulia,

en el medio, una de esas mujeres resistentes

a las adversidades rurales frunce el ceño,

se esfuerza en comprender el mensaje y

su trascendencia, no es algo gracioso ni

un cotilleo vulgar, todavía siguen en

guerra por su aldea, por ese amasijo

de piedras infinitas, por la conducción

del agua, pensando en los que se han ido

por su propio pie o con los pies por delante,

la cuarta de las señoras se cubre los

hombros del frío y se tapa la boca

como una filósofa que prefiere examinar

los detalles y su revés con calma,

quizá se trata de habladurías y no se

deben tomar decisiones a la ligera,

si no, cómo habrían llegado hasta

aquí, no es acaso este tipo de reuniones

y consejos los que luego se filtrarán

en cada hogar, los que dejarán huella

en el resto de supervivientes junto

a la chimenea, en los colchones de lana,

su dignidad no conoce modas ni atascos,

son dueñas de todas esas ruinas y del

aire que las habita, de las fuentes limpias,

del bosque caduco, son cuatro flores

de nieve en todo su esplendor.

 

 

 

 

Todo está nítido como la sangre chorreando.

 

Hay desprendimientos y tierras movedizas

colina abajo y no me pregunto si te soñé así.

 

Estoy harto de lo imposible pero un hilo

fértil puede concederle una oportunidad

al verde auspicio nevado.

 

Darle tiempo a lo esencial para que macere.

 

La extracción del colmillo pretérito a cambio

de una bocanada de jaras frescas al alba,

antes de vadear el río.

 

A la mujer que reina en la corteza y vierte

pródiga:

 

asistiré a la hora modesta de la omisión, tus

manos en mi luz de ambivalencia, los torsos

deshojados y balsámicos.

 

 

Fotografía: Man Ray

 

 

Las recuerdo en las laderas y en los confines,

descendiendo como los arroyos,

íbamos a corretear entre aquellas chabolas

y gitanos, yo no tendría más de siete u ocho

años, pero la vida era así, salvaje, sucia, libre,

las tardes largas, las calles sembradas

de las primeras octavillas electorales

y nosotros dibujábamos los circuitos de arena

en el parque donde golpeábamos las chapas

con el dedo índice o el pulgar, y peleábamos

con piedras de verdad, a lo lejos, cada día

en un bando distinto, sin saber por qué, después

tenía que ir a comprar carne o leche fresca envasada

en bolsas de plástico o a recoger unos zapatos

para arreglar, o lo que me mandaran,

usando la vuelta para los dulces y los cromos

y las figuras en miniatura, todos los edificios

iguales, con sus franjas blancas entre los pisos,

alrededor de aquellas cuatro carreteras con los

columpios oxidados y las rocas marinas

y erosionadas, como fuera de lugar, ahora que

lo pienso, y no sé si fue allí cuando mamá

se quiso suicidar por primera vez, pero sí

cuando los gritos y las bofetadas y los llantos,

todos recibíamos en cuanto se terciaba

y supongo que por eso nos meábamos

en las sábanas y los besos dulces e insólitos

de aquella niña de mi escuela hacían

su aparición angelical en la médula

de la noche.

 

 

Fotografía: Lasse Persson