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ateo poeta

mis poemas y otros textos (provisionales)

 

Están ahí,

al acecho,

guarecidas

en las sombras,

dejando asomar

su ruptura

de la normalidad,

incitando

al poema,

bellas

como el olvido,

oscilantes

como el brío

de un columpio,

respiran,

deletrean,

silban

las noticias

de tu pensamiento.

 

Las sin nombre,

las más

generosas.

 

 

Fotografía: Sibylle Bergeman

 

 

Que todos los ríos del conocimiento

sacien los cuerpos de todo ser

que bebe y llora y se limpia

en los ríos del conocimiento

que sacian los cuerpos de todo ser

que bebe y llora y se limpia.

 

Que todos los cauces e ideas

permitan adentrarse,

el cabotaje,

asirse a la orilla,

la inmersión,

cuidar de la enramada,

vadear los enigmas,

nadar juntos.

 

 

Fotografía: Alvaro Minguito

 

 

Por una parte, este mundo

ahíto de pensamiento y de formas

que lo dotan de sensibilidad

con algún que otro fogonazo

de inmemorial hermosura.

 

Por otra parte, las trabas

y nocturnidad que extienden

los villanos propietarios

cercando los campos comunes,

fiscalizando los vínculos

prósperos y promiscuos.

 

En medio de esa pugna,

no antes ni fuera del tiempo,

nuestros frágiles tejidos

y vigorosas miradas

construyendo desde todos

los ángulos.

 

 

 

 

 

Escribía sobre ti,

te disfrazaba

y te desnudaba

en el poema,

te invocaba

para hablar

contigo de otra

forma, sin

apremios,

sumergidos

en la intención

de la belleza,

y te ofrecía

el presente

indicativo

en este ahora

de nadie,

en estos versos

para cualquiera,

y ese era mi modo

de pensar en ti,

a veces fogoso,

a veces triste

y glacial,

pero siempre

ungido

de tus palabras

en flor.

 

 

Fotografía: Germaine Krull

 

 

 

En tiempo de rebajas

o en los centros comerciales

estamos rodeados

por un ejército anónimo

de infalibles

consumidores.

 

Nos vemos sorprendidos

en plena contienda

así que optamos

por extraer de sus bolsas

publicitarias

los objetos adquiridos

y esconderlos

en los macutos

que nos delatan

por igual.

 

Cada hormiguita ciega

desfila disciplinada

en pos de su botín

codiciado,

aprueba

a sus congéneres

y desprecia a los parias

que quedan al margen

de las hostilidades.

 

Cada transacción

económica

es un combate

en el que rinde sus armas

la clase desesperada

con sus variados

uniformes.

 

Hay una ciudad

devastada

y una ciudad que retiene

a las guarniciones

del trabajo odiado

y a las huestes

del deseo

cautivo.

 

 

 

Saboreo

cada una de las letras

de esos conceptos

sagrados,

esos valores últimos

y grandes ideales

que han inspirado

las luchas

más admirables.

 

Lo que no soporto

es la vaguedad

del relato,

el uso indiscriminado

de palabras hueras,

el ardid

del privilegiado

y el olvido

de quien sufre

todo el peso

de la pirámide.

 

Por eso es difícil evitar

un regusto amargo

después del banquete.

 

 

Ilustración: Agnes Martin

 

Mi vida

no se puede enquistar

en el mero instinto

de supervivencia.

 

Para vivir

con otros necesito

un compromiso

de mi dignidad

con la suya.

 

La cuestión

primera

es cómo desactivar

las minas explosivas

que han sembrado

en este terreno.

 

 

Ilustración: Ricardo Basbaum

 

 

 

 

Los cuerpos se amalgaman,

conspiran juntos y sucesivos,

casi unánimes, múltiples,

con ligeras pero esenciales

modulaciones de su voz,

cómplices en su intención

reparadora, radicalmente

abrazados.

 

Podría tratarse de amor

en la alcoba

o de política en la calle.

 

 

Fotografía: Nan Goldin

 

 

 

Me duele la garganta

por causa de tanto silencio

acumulado.

 

Debería dar un buen grito

más a menudo.

 

 

Fotografía: Nan Goldin

 

 

 

El movimiento no seguía

ninguna batuta

pues no estaba orquestado

por la mano invisible

de genes egoístas

ni obedecía sumiso

a los guantes de acero

o al carisma

de las efigies.

 

El movimiento agitaba

sus aspas

cual molino que aprovecha

el don de lo liviano

y del aire, cuando sopla

a favor,

para nutrir todas

las bocas y todas

las rosas

del pueblo.

 

Luego vendrían las épicas

cantando a la sangre

vertida por uno

u otro bando.

 

 

Ilustración: Zbynek Baladran

 

 

distintos finales igual de intrascendentes

distintos finales igual de intrascendentes

 

Antes pedaleaba rápido

como una centella

con tal de ganarle

cinco minutos

al trayecto de vuelta

a casa.

 

Ahora pedaleo rápido

pero sin prisas ni afán

tan sólo por combatir

el frío de enero

y el tedio del tráfico

motorizado.

 

A mi paso por el bosque

las encinas

ni se inmutan.

 

A ellas,

mis diatribas,

ni fu ni fa.

 

Siguen firmes

en su sitio.

 

Ni una brizna

de sus ramas

se altera

ante el espectro

de la velocidad.

 

 

Ilustración: Erick Beltrán

 

A los rascacielos se les otorga

toda clase de magníficas prebendas

y ovaciones boquiabiertas.

 

Yo mismo me he dejado engatusar

por sus alturas

de promesas

panorámicas

y sus pieles acristaladas

y refulgentes

por las que a veces

se descuelgan

los hombres araña,

los señores de la limpieza:

escaladores a tiempo parcial

que encuentran aquí

remuneración

a sus dotes respiratorias,

a su vida sin vértigo,

a su valor ante la nada

hambrienta

de cuerpos reptando

por un plano

vertical.

 

Pero por mucha grandeza

que ansíen

los dueños

de los pináculos,

nadie puede sustraerse

a la escala

de melancolía

que proyectan

sus luces

y sus sombras.

 

Por cierto, torres

más altas

han caído.

 

 

 

Ilustración: Ed Templeton

 

 

Sabíamos que la manifestación

en defensa del sistema

público de salud

tendría lugar a las doce

del mediodía.

 

No pudimos prever

que un arrebato

de solidaridad

-apenas un cuarto de hora antes

de salir de casa-

nos postraría desnudos

sobre la mesa de operaciones

de la cocina.

 

Al objeto de paliar

nuestras más oscuras dolencias

nos prescribimos

una rápida exploración

de los órganos vitales,

aunque con las prisas

se derramó la confitura

y se vertió la leche tibia

sobre tu convulso

vientre.

 

Con esas dulces medicinas

en los labios y dosificadas

contra reloj

nos mordimos

con impaciencia

hasta perder del tiempo

toda noción

y rendirnos al cuidado

de los brazos intensivos

tras el grito final

y turgente.

 

El resto de la jornada

reivindicativa transcurrió

sin mayores

incidencias

reseñables.

 

 

 

Fotografía: Arne Wahlen

 

 

La soledad es reparadora

si soñamos despiertos.

 

De ahí, volver

con más ahínco

a lo común.

 

 

Ilustración: Ricardo Basbaum

 

 

 

Todas estas preguntas

que alzan el vuelo

y huyen por las ventanas

cada vez que las abro

para airear la casa.

 

 

Fotografía: Gordon Parks

 

 

 

Cuando algunas mañanas

soleadas me asomo

a las aciagas páginas

del periódico

 

y compruebo cómo surgen

más casos de corrupción,

cómo nos siguen apretando

las clavijas quienes gozan

de salarios astronómicos,

y cuánta palabrería sucia

llena sus bocas bien

amaestradas,

 

me felicito a mí mismo

por conservar unas dosis

de cordura.

 

 

 

Y entonces frenar,

bajar el ritmo,

recluirme

y perder el tiempo

a mi antojo,

escuchar

mi propia voz

y llevarle

la contraria,

investigar

en esos textos

deslumbrantes,

recordar

que la vida social

se debe

a su justa medida,

decidir

en qué nueva lucha

mis fuerzas

hallarán sentido,

 

acordar

por unas horas

un armisticio

con el silencio.

 

 

Fotografía: Lewis Hine

 

 

 

 

Me intento acercar

al hueso que te sostiene,

al centro de tu marea

en calma, a los propósitos

que no vas a postergar más,

a la ternura de tus gestos

involuntarios esparciendo

su aroma por mi mirar

insaciable.

 

Confío en que tú procedes

de la misma manera.

 

De lo que nadie nos previno

es de las reglas de este juego:

damos dos pasos adelante

y una extraña fuerza

nos hace replegarnos

uno para atrás.

 

 

Fotografía: Ana Nieto

 

El enorme galimatías

de intuir

la fecha de caducidad

de este mundo,

 

de amar

con apenas un puñado

de certezas

en los bolsillos,

 

de vivir

con las riendas

desbocadas.

 

 

Fotografía: Pierre Vallet

 

 

 

 



 

La exposición de arte

nos conducía dóciles

por el recorrido trazado

de antemano, aunque

algunos niños correteaban

exploradores, saltándose

las flechas indicativas

a la par que otros

díscolos turistas

también transgredían

la visita pautada,

como por despiste.

 

La sala laberíntica

y aséptica, propiedad

de una entidad bancaria

que lava así su cara

macabra y sangrienta,

mostraba las obras

como cultura muerta,

como imagen sin afecto

ni olor a comida,

sin rastros de las becas

y rentas de alquiler

que las fraguaron,

como pensamiento

estático e histórica

erudición.

 

Anoté en mi libreta

algunos nombres

y me fijé atento

a las formas de mirar

de cada espectador

hasta concluir

con paciencia

el cortejo ritual

de la falsificación.

 

Y luego me preguntas

por qué no me desmeleno

o hago un poco más el payaso

en la pista de baile,

con lo bien que me sienta

y lo mucho que te gusta.

 

 

Ilustración: Adriana Varejao