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ateo poeta

mis poemas y otros textos (provisionales)

lucha de clases

lucha de clases

 

Es suficiente

con darse una vuelta

por Serrano o por

el Paseo de la Castellana

para convencerse

de que toda esa

abundancia

no se va a repartir

por las buenas,

así como así.

 

Ya sé que todas

esas niñas bonitas

-con sus faldas

aplisadas y sus medias

sin carreras-

llorarán de lo lindo.

(Qué le vamos

a hacer.)

 

Nada que ver,

en todo caso,

con nuestras estoicas

plañideras.

Seculares

y milenarias,

incluso.

 

En fin, no es ahora

momento para

flaquezas.

 

 

Fotografía: Michal Chelbin

 

 

Hay temporadas en las que me siento poseído,

embarazado de versos que pugnan por ver la luz,

aun sin mi consentimiento.

 

Ocupan un espacio liminal del cerebro sin atisbo

de vergüenza alguna y no me permiten pensar

si no es para dar caza a las palabras e ideas

que manan de otras bocas.

 

Casi no presto atención al contenido de lo que leo

o de lo que me cuentan pues no puedo librarme

de esa gimnasia mental ahí dentro, lejos,

donde toda la materia es dúctil y susceptible

de acabar en estas cenizas.

 

Mentiría si afirmase que soy del todo inocente

por practicar estas flexiones.

 

¿Qué interés tendría la vida, en todo caso,

sin una pizca de fingimiento?

 

 

Ilustración: Felipe Benítez Reyes

 

Para escribir un poema breve, hoy,

existen tres opciones.

 

Decir que tienes poco tiempo

porque tu madre te espera

para comer y ya hacía mucho

que ni la llamabas.

 

Echar de menos a la mujer

que amas locamente a pesar

de que hace solo unas horas

que os despedisteis y sigues

temiendo que sea

para siempre.

 

Volver a esta inútil adicción

de la literatura y recordar

la cantidad de papel en blanco

que derrochan los editores

para acoger apenas el aliento

de unos versos breves.

 

 

Fotografía: Bruno Barbey

 

 

 

En nochebuena -que no entiendo

por qué debe ir con mayúsculas

ni por qué debe ser buena, o,

más bien, digamos, que no quiero

entenderlo-

 

                        ni se te ocurra salir

a pasear por las calles fantasmagóricas,

ni te hagas el despistado dejando

entrever que estás en tu casa al socaire,

ni escribas por ahí cualquier improperio

que denote tu animadversión a este

orquestado maquillaje

de la infelicidad

rampante.

 

¿Qué grado más bajo

del ser asocial

se te podría atribuir?

 

 

Fotografía: Gloria Rodríguez

 

 

 

 

Muchos ensalzan el amor

aquí y ahora.

 

Muy pocos se sustraen

a los encantamientos de serpiente

y no cesan en su inventiva

de futuros proyectos

en común.

 

Quizá todo se reduzca

a mantener vivas las preguntas

igual que se mantiene erguida

la serpiente:

¿qué es esto aquí y ahora?

¿qué nos puede deparar

como sigamos así?

 

 

Fotografía: Carmen Navarrete

 

 

 

Hoy toca recordar la lección

de Roman Jakobson acerca

de la función metalingüística.

 

Aunque sea duro reconocerlo,

por debajo de los abalorios

y de los juegos de palabras,

escribo para que me quieras.

 

Tú, sin embargo, aceptas

el poema como irrefutable

prueba de amor.

 

De ahí que surjan tantos

malentendidos.

 

 

Fotografía: Erwin Blumenfeld

 

 

 

No lo volveré a hacer.

 

No compraré más gardenias

al objeto de decorar la casa

con algo de verde y colorido.

 

Esta planta es terriblemente

sensible y a la más mínima

contrariedad en sus dosis

precisas de agua, abono,

luz y temperatura,

se marchita sin remedio,

casi orgullosa,

como ejemplo indiscutible

del suicidio narcisista.

 

Y, para colmo, está

la maldita profecía

del bolero.

 

 

Fotografía: Gloria Rodríguez

 

 

A veces también puedo mantener

una conversación normalmente.

 

Incluso por teléfono.

 

Me sorprendo mucho a mí mismo.

 

 

Fotografía: Gloria Rodríguez

 

 

 

Me gustan mucho

los besos furtivos

y robados en momentos

de normalidad, entre

la masa de gente

más o menos anónima,

o en medio de eventos

aburridos y formales.

Esos que se extravían

del plan de actividades

previsto y que te pillan

por sorpresa,

desarmado y feliz,

que no son adjetivos

antónimos, que yo sepa.

 

También me agrada

que sean apasionados,

incluso tipo ventosa

o tornillo -complementados,

si se quiere, con las manos

sujetando la nuca-,

pero dejando un rastro

de silencio tras de sí,

como esa música

que se frena en seco

y no sabes si continuará

de nuevo y tu respiración

entrecortada se conecta

rauda con tu cerebro

imaginando los siguientes

acordes mientras te relames

la miel de los labios.

 

Los otros, los besos

rutinarios también cumplen

su función fática -la de

mantener el vínculo-,

qué duda cabe, pero

tienen muchas flores

que envidiar a los

arriba mencionados.

 

 

 

No necesitaba fumar

ni emborracharme

ni deambular contra

el sueño por calles

desiertas hasta que

cerraban los bares,

no intenté suicidarme

ni tener broncas

o peleas de estúpida

virilidad, no mandé

a la mierda a mis jefes

tantas veces como se

lo merecieron,

no me vengué jamás

de mis ex, ni siquiera

en justa correspondencia,

no dilapidé la fortuna

que, además, no tuve.

 

Y, sin embargo, por

muchas otras razones,

permanezco en el mismo

lado salvaje.

 

 

 

Anotas disciplinado

las citas en la agenda,

pero haces caso omiso

a las alarmas. En realidad,

siempre has odiado

madrugar.

 

Colocas en el escritorio

los documentos y carpetas

más urgentes como si eso

bastara para conducir

tus prioridades. Y no,

ni aunque parpadeasen

con luces de neón.

 

Al correo electrónico

le atribuyes etiquetas

de colores y estrellas

radiantes, archivas

el que ha caducado,

a veces por abandono

o desnutrición,

como un perro

huérfano, porque,

en el fondo, sabes

que da igual, que no

le prestarás la más

mínima atención.

 

Es extraño este orden

compulsivo, la efímera

tranquilidad que da

y la traición constante

que le infliges, como

si otras obsesiones

más inclasificables

guiaran de verdad

tu conducta.

 

 

Fotografía: Gloria Rodríguez

 

 

 

 

Imagino que todos mis compañeros

de trabajo estarán buscando la página

en donde les pongo a caldo, critico

sus ambiciones ridículas y me pinto

a mí mismo como a un ser superior

que nunca ha puesto una zancadilla

a nadie y que se deja la piel en la

inmaculada misión de aunar

ciencia y compromiso social.

 

Ojalá las cosas fueran tan simples.

 

 

Un día me regalaste aquel libro

de Casariego con su poesía completa

-"poemas encuadernados"- y creo que

se me saltaron las lágrimas, o se

colocaron un poco al borde, como

si hubieras descubierto en mis

elogios de aquel inventor de poemas

alucinatorios y sarcásticos, algunas

de mis taras infantiles, mi escondida

fragilidad y los ojos como platos

ante el mundo que no existe y,

sin embargo, está para comérselo.

 

Sabías mi rechazo a los volúmenes

gruesos porque no caben en los bolsillos

cuando vas al parque, a la playa

o a los bares, pero con ese y otros amigos

platónicos merece la pena

hacer una excepción.

 

 

Ilustración: Pedro Casariego Córdoba

 

 

 

Si yo escribo, mi amor:

 

"Mientras le pedía un kilo de aguacates,

medio de mangos y cuarto de champiñones,

las curvas de aquella mujer

hacían temblar vigas y columnas

de dos tercios del mercado de abastos.

 

Me descolocaba tanto su sonrisa generosa

como una doble limosna a un mendigo

que acabé por seguirle el juego

e invitarla a probar en mi casa

una ensalada de frutas

y un pescado al horno,

por eso de las proteínas

y para que no se aburriese demasiado

de mí a las primeras de cambio..."

 

No te creas ni una palabra

del cuento, por favor.

Tú ya sabes cuáles son

las reglas de este oficio.

 

Aunque, hay que reconocerlo,

la frutera estaba muy buena.

 

 

cuatro poemas de Karmelo C. Iribarren

cuatro poemas de Karmelo C. Iribarren

 

LA FÓRMULA

 

Hay que estar preparados para lo peor

y disfrutar de lo bueno.

Esa es la fórmula.

Saber que nada es duradero;

que la palabra siempre

es engañosa, falsa, equívoca;

que lo que hoy nos une eternamente,

mañana será polvo, odio quizás, historia de la mala;

que la vida se venga en la felicidad.

Saber que será así, o podrá serlo.

Y vivir como si el tiempo nos debiese algo,

como si fuese nuestro,

exigiéndole al contado lo que nos pertenece.

 

 

EL DÍA DE MAÑANA

 

Acabaremos cansándonos del amor,

o él se cansará de nosotros,

es simple ley de vida.

Por eso te digo

que sería conveniente

que empezáramos a aficionarnos

a los puzzles, o que aprendieses

a jugar con el ordenador.

La vejez dura mucho últimamente,

y además empieza antes.

No quiero que el día de mañana

me responsabilices

del páramo que nos espera.

 

 

PARA EL ODIO Y LA GUERRA SIEMPRE HAY TIEMPO

 

Es falso,

entre un hombre

y una mujer

no cabe perdón alguno.

Por más

que sigan juntos,

y que las cosas les vayan bien

-mucho mejor incluso

de como suelen irnos

las cosas normalmente-,

la pequeña fisura seguirá abierta

en su memoria, esperando

a que los días duros lleguen,

para partirlos en dos.

 

 

DE COPAS CON CIORÁN

 

Con los días contados,

chaval, así vivimos

todos. Esperando

a que nos tachen

de la lista. Distrayendo

la espera con tragos

y canciones. No hay más.

Puedes llorar o morirte

de risa. Como prefieras.

 

 

Karmelo C. Iribarren, Serie B (1998)

 

 

Fotografía: Peter Hapak

 

 

 

Has dicho tantas mentiras

mezcladas con verdades

que te cuesta discernir

cuál era el diente postizo.

 

La persecución de la belleza

nunca sale gratis.

 

 

Fotografía: Cintia Massafra

 

 


 

En alguna ocasión leí que Pessoa

-como tantos otros delirantes-

ni dormía ni comía apenas

a lo largo de varias jornadas

de compulsiva escritura, a modo

de vómito, frenesí, alucinación.

Un estado mental a todas luces

inducido de forma premeditada,

al menos en su fase detonante

por mucho que perdiese el control

durante tamaña sobredosis de vigilia,

lo que conozco muy bien después

de haberme acercado tiritando

hasta esos mares embravecidos

y sedientos de una nueva

víctima para los peces,

que comen de todo.

 

 

Ilustración: Alyssa Monks

 

 

 

Primero me decías que aquellos versos

rezumaban pasión, juegos florales y no sé

qué otros logrados artificios

que nos conducían rápidamente

a desnudarnos y a follar como si se acabase

el mundo unas horas más tarde.

 

Después me decías que muchas figuras

estilísticas y demasiados conceptos

obtusos invadían los presuntos poemas

y que debía hacer un esfuerzo

por salir más y divertirnos

y que el tiempo ya haría

su trabajo sucio.

 

Ahora que me desvelo

por escribir mensajes más transparentes

y directos, hace mucho

que has cambiado

de género literario.

 

 

Fotografía: Wolfgang Tillmans

 

 

 

Lo más difícil es la sinceridad.

 

Para comunicarla exquisitamente

antes hay que haber ahondado

mucho dentro de uno

y haberse arrancado

muchas malas hierbas.

 

Cuánto hubiéramos ganado

si en lugar de tanta verdad

nos hubiéramos contado

más secretos al oído.

 

 

Fotografía: Anita Leisz



Puedes llegar a este poema

porque sufres un serio ataque

de desolación

o por todo lo contrario, porque

te inunda un fervor vital o amoroso,

como sucede con tan poca frecuencia.

 

Y aquí únicamente hallarás

las mismas preguntas

pero con otras palabras.