Blogia
ateo poeta

mis poemas y otros textos (provisionales)

 

Mario, pasados sus 19,

acaba de estudiar

sus ininteligibles fórmulas

de química.

 

Luis, ya próximo a los 18,

leía a ratos el libro

que le sugerí ("Soldados

de Salamina") cuando no

navegaba por las

telarañas virtuales.

 

Ahora juegan al Trivial Pursuit

"Genius Edition" y dicen

que es para viejos porque

yo recojo los rebotes

de sus fallos mientras

indago en qué lugar

del mundo iré a dar

con mis huesos.

 

No comemos turrón

ni hay luces estridentes

a modo de enredaderas.

 

No hay nada que celebrar

excepto estos momentos

en los que su alegre

juventud aplasta

sin compasión

toda nostalgia

del futuro.

 

 

En esta cita

del fin de año,

se agolpan miles

de corredores

por las calles

adyacentes

a la zona de salida.

 

Los vagones del metro

los transportan hasta aquí

como a sardinas en lata.

La mayoría lucen el atuendo

con los colores oficiales

aunque también se lleva,

afortunadamente,

el disfraz y el mensaje

reivindicativo.

 

Después de calentar

los músculos

y de posar

para las fotos de rigor,

la masa comienza

a galopar

y a dominar con maestría

su resuello, sus miedos,

sus promesas.

 

Corren por amor,

por amor al arte,

contra sí mismos,

contra el dios del tiempo,

contra la soledad,

porque es posible

detener la circulación

urbana, ocupar

el vacío, vencer

la mirada complaciente

del espectáculo.

 

La última cuesta arriba,

por la Avenida de la

Albufera, a partir del

kilómetro seis, exige

superar las barreras

del sufrimiento,

abandonar toda

megalomanía con

humildad

y dosificación

del poder de las

zancadas,

de aquel antiguo

instinto

de supervivencia.

 

Poco importa el final,

alcanzar esa meta

quimérica con una

u otra marca a batir

en la próxima ocasión,

pero la mayoría sonríe

y se abraza a alguien

o a su sola idea

o sensación térmica,

y los dedos se enfrían

de nuevo,

el metro vuelve a

reventar justo hoy,

otro día de huelga,

y yo todavía

sigo sin explicarme

por qué fui

durante tantos años

un corredor

de fondo.

 

 

Fotografía: Michal Giedrojc

 

 

Hay un río

circular,

inevitable,

en el acopio

de citas

eruditas.

 

Nos rendimos

a su magisterio,

al asombro

que nos produjeron

la primera vez,

como el beso

que besaba

nuestro pensamiento.

 

Después las entregamos

como una falsa moneda

cada vez que deseamos

suplir el vacío,

acompañar

a nuestras palabras,

a esas que nunca

serán capaces

de decir nada distinto,

por muchas piruetas

y malabares

que se nos ocurran.

 

 

Fotografía: Ihei Kimura

 

 

 

Las dedicatorias

en el frontispicio

pueden sonrojar

y también empalagar.

 

Aunque agraden

a su destinatario,

dejan una huella semejante

a los relatos ostentosos

de las vacaciones.

 

A quiénes conocemos,

en cuántos lugares hemos

aterrizado.

(¿Y tú de quién eres, chaval?

Repetían en el pueblo

hasta la saciedad.)

 

Nos inventamos un currículo,

sumamos nombres,

nos presentamos en alianza

con un oscuro capital

social.

(¿Y quién puede saborear

un vínculo afín?)

 

Pero lo mejor ya se ha perdido,

irremisible,

y se estremecería la tierra

si alguien nos preguntara

por la luz única

de esos recuerdos.

 

 

Fotografía: Manuel Toro

 

 

 

Me preguntas acerca

de mis intimidades

como si fuera sencillo

enunciarlas sin

balbucear,

sin temblar

como el árbol

sacudido por el tren

que pasa a su lado.

 

Sabes que me duele

el niño que sollozaba,

todavía,

después de tanto tiempo.

Que me duelen

los dolores ajenos

y su grito

tan a menudo

insoportable.

 

Sabes, por último,

que me duele

la conciencia

de la soledad aterida,

la no deseada,

la que permanece

como los posos

y precipitados

en el líquido

de esta vida

turbulenta

con tantas compañías

aparentes.

 

Lo que me entusiasma

prefiero que lo descubramos

juntos.

 

 

Fotografía: Anja Bührer

 

 

 

 

Lo extraordinario acontece.

 

Para apreciarlo,

antes hay que sucumbir

a la prolongada tiranía

del tedio.

 

 

Fotografía: Marina Dias

 

 

 

De todas las plantas

que siguen vivas

en mi casa, el ficus

es la que más me

intriga.

 

No demanda mucho

líquido elemento

y crece con

exquisita

parsimonia.

 

Pero he visto notorios

ejemplares en los parques

del sur y sospecho que el mío

amenaza con una selva

tropical.

 

 

Ya vendrán otros libros.

 

No pretenderás que quepa

todo el mundo

en uno solo.

 

 

 

Aquella mujer nació en el norte de América

pero su nombre, Lhasa, provenía

de la cordillera del Himalaya por un capricho

materno. Ese inesperado viaje espiritual

debió de apropiarse de su voz cálida

y rasgada confiriéndole el don

de limar lo superfluo.

 

Murió joven, víctima de un cáncer de pecho,

una traición de la naturaleza animada

con la que había entablado

un pacto melodioso.

 

De todas las instantáneas sonrientes

que se registran de ella y de sus versos,

me quedo con esos dos:

"no me tientes con la perfección,

tengo otras cosas que hacer."

 

Ni la perfección del amor

ni de la muerte.

 

Nosotros siempre coincidimos

a deshoras.

Nos arrastra la anomalía.

 

Nos extrañamos.

 

 

 

El día transcurre monótono,

el frío y el sol hacen su trabajo,

la portera canta mientras

le saca un brillo reluciente

a esos pasillos blancos,

los porteadores chinos con su

trasiego de cajas de cartón,

la radio exhala sus voces

a vuela pluma.

 

¿Por qué pienso entonces

en esas horas finales

que preceden a la muerte?

 

 

 

Escribir artículos científicos

me exaspera.

 

Es como arrastrar una piedra

gigante cuesta arriba

con tus solas manos.

 

Su masa contra tu voluntad.

La inclinación del camino,

la cima invisible,

los interminables obstáculos

que pueden ser otros guijarros

de menor tamaño.

 

A mitad del trayecto siempre

arrecia una tormenta

de críticas

desalentadoras.

 

Dan ganas de tirar la toalla.

De disfrutar viendo rodar

esa mole montaña abajo.

De deleitarse con las vistas

oceánicas que proporcionan

las alturas.

 

Si no has sucumbido a las trampas

tendidas, a la retórica

o a las múltiples distracciones,

puedes alcanzar

una meta volante.

 

Y enseguida divisas cumbres

más altas y lejanas.

 

Y no das crédito

a la piel que te has dejado

en la partida.

 

Y, no obstante,

continúas albergando

la misma vana ilusión

de dotar de transparencia

al mundo.

 

 

Fotografía: Carmen Marchena

 

 

 

 

Para qué inventarnos

una vida llena de desdichas

y calamidades.

 

Podemos ser igual de atractivos

con nuestra resistente

pequeñez.

 

 

Fotografía: Sakiko Nomura

 

 

 

Me tomas una fotografía.

 

No es natural, no puede serlo

desde que sé que estás ahí

en frente o en diagonal

con tu cámara.

 

Tampoco sé quién soy,

quién seré cuando quede

congelado en una imagen.

Nadie, ni siquiera quien

tú pretendes que sea.

 

Aún a sabiendas de ello,

me das consejos, disparas

cuando menos me lo espero,

piensas en mí de una manera

desconocida.

 

Tú tampoco eres la misma.

Te retengo en mi memoria

mientras me apuntas

con tu mirada.

 

 

Fotografía: Martine Franck

 

 

 

Hay cosas, personas y palabras

que se cruzan en tu camino

sin haber salido a buscarlas,

que te regalan su presencia

y te invitan a contemplarlas,

amarlas y entenderlas,

no necesariamente

por ese mismo orden

ni en biunívoca

correspondencia.

 

Una de dos: o el azar

es un dios poderoso,

o mi voluntad muy

impresionable.

 

 

Fotografía: Sibylle Bergeman

 

 

Ese hombre, Wim Mertens, me fascinó

como si no fuera real, su voz no tenía sexo

ni edad, sus cadencias al piano proyectaban

el ensimismamiento de los pájaros y de las nubes

en nuestra perplejidad de humanos mortales

luchando sin certezas por un placer o un amor

que se alimenta del aire.

 

Es ese tipo de música el que arraiga

en mi deambular medio feliz

y medio atolondrado.

 

 

Fotografía: Ana Nieto

 

 

 

También escribo

cuando estoy contento.

 

Tal vez, menos, pues esa musiquita

bailonga que llevo a todas partes

no deja de distraerme.

 

 

Fotografía: Henri Cartier-Bresson

 

 

Mi madre reside

en un barrio triste

de Fuencarral (Madrid),

una de esas colonias

pobres construidas

bajo la dictadura,

con diseño obrero

de lo más sobrio

pero que las flores

y jardineras

se han encargado

de ornamentar

con su ritmo lento

y firme si se lo juzga

en comparación

al abandono

premeditado

y con alevosía

de las autoridades

competentes

a lo largo de todas

estas décadas.

 

Ha vivido en otros

barrios de mejor

condición, pero este

le quedaba cerca

del trabajo y se mudó

ahí sin importarle

en exceso la vejez

de sus vecinos,

la población

extranjera siempre

desplazada a

alguna periferia,

la juventud

en paro

con una lata

entre las manos

o haciendo

sus trapicheos,

los bares

grasientos,

las peluquerías

con sus chismes

y esos colmados

sombríos

que parecen

anclados

en otra época.

 

Al principio

alquiló incluso

el que fuera

el piso de mi

admirado

profesor

Jesús Ibáñez,

catedrático

íntegro y sabio

que siempre

renunció a lujos

superfluos

y que elaboró

su crítica mordaz

y sociología

desde esta humilde

guarida.

Después se fue

unos portales

más arriba

en la misma calle

y yo la acompañé

unos meses

como para saldar

mis cuentas

filiales

y aprovechar

la oportunidad

exploratoria

de estos márgenes

urbanos.

 

Ahora voy poco

por allí,

a comer

en alguna fecha

señalada,

y a reconocer

en vivo

esas líneas

de violencia

que subyacen

a toda ciudad.

 

 

 

En lugar de citas

pedantes para complacer

a tirios y troyanos,

prefiero la anécdota

de los héroes caídos.

 

Como aquella apócrifa

que decía que el libro

más cojo y tuerto

de Benedetti, una suerte

de haikus de libre

configuración,

hacía las delicias

de los ejecutivos

que viajaban en

business y que jamás

hubieran digerido

más de tres líneas

de denuncia

en verso,

de lírica combativa

contra la tortura

generalizada

y la complicidad

de esos mismos

acomodados

lectores

y enemigos

de clase.

 

Aparte del ostracismo

voluntario,

qué podríamos hacer

para que estos poemas

les repugnen

si es que llegan a caer

en manos tan limpias

y en tan sucias manos.

 

(Dejando al margen,

pelillos a la mar,

que por error y overbooking

a más de un poeta punk

-etiqueta canalla

con no poca impostura-

nos han reubicado

alguna vez en primera

y no hemos dicho

ni mu, faltaría más.)

 

 

Me dijiste que tenía suerte,

que al menos yo tenía

la escritura como terapia

y que así cualquiera

supera un contratiempo

sin albergar intenciones

suicidas ni deprimirse,

total, en un texto cabe

almidonar las rupturas

sentimentales, maquillar

a tus muertos

a conveniencia,

reírte de las cuchilladas

traperas que no alcanzaron

tus órganos vitales

y que provenían

de esos seres cercanos

que considerabas

inexpertos en tales

artes.

 

Menos mal que yo nunca

he confiado tanto

en este pozo

sin fondo.

 

 

 

Rectificación:

nada de aquello aconteció,

mi amor.

 

Apenas miré sus ojos fulgentes

cuando me inquirió con pícara

inocencia: "¿deseas algo más?"

 

No recuerdo ni el terciopelo

de su voz mientras

me despachaba ágil

y yo musitaba

lacónico

mis respuestas

funcionales.

 

Sólo comencé a imaginarme

la voluptuosidad

de su figura

una vez que caminaba

de vuelta casa

intentando rehacer

el puzzle

de la turbación.

 

Después almorcé solo,

como de costumbre,

leyendo a la vez

un libro y la pantalla

del ordenador,

sedienta,

palpitando.

 

Así cumplí mi cupo

diario de escritura

y de onanismo,

mi amor.

 

Debes comprenderlo.

De algo tenemos

que vivir.