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ateo poeta

mis poemas y otros textos (provisionales)

 

¿Se puede retratar

el rostro de la felicidad?

 

¿Por qué ni la risa del alma

ni sus estertores

se transmiten idénticos

a la epidermis,

a las apariencias del cuerpo?

 

¿De qué solubles sustancias

se componen las aguas

subyacentes

que riegan las raíces

del buen humor

y del sueño reparador?

 

¿Por qué esos ojos tristes

no sueltan prenda

acerca de tantos placeres

que consiguieron

rendirlos?

 

 

teoría de la espera

teoría de la espera

 

La mayoría esperamos

con paciencia

en una fila larga

como la eternidad.

A nadie le agradan

los retrasos

con respecto a la hora

convenida,

pero somos esclavos

de las circunstancias

de otros

y de esos dispositivos

de tecnología punta

que yerran

no menos

que los muy humanos

que los crearon.

 

Sólo nos resta

pensar

en la flor

y en cualquier placebo

de la belleza

inalcanzable

para mitigar

este flagelo

del vacío,

esta fracción

de vida o tiempo,

que tanto da,

sin propósito

ni gozo

discernible.

 

Los cuerpos

y las maletas

se retuercen

y se disponen

irregulares

por la sala

como esas constelaciones

antiguas

que se debían intuir,

recomponiéndose

después

firmes en su línea

en cuanto empieza

a andar el grueso

del pelotón

a las órdenes

del personal

autorizado,

hartos ya de tanta

parsimonia

y protocolo.

 

No es de extrañar

que los más ansiosos

o filibusteros

aprovechen

la conmoción

para adelantar

posiciones

y colarse vilmente

con un rictus

de seriedad,

como si no les cupiese

la menor duda

de que están ejerciendo

un natural y legítimo

derecho.

 

Los demás, atónitos,

ni les silbamos

ni les increpamos

de alguna otra manera

ostensible,

como aturdidos

por el cansancio,

pillados

por sorpresa,

contemplativos

de las artimañas

de quienes

no se cortan un pelo.

 

Entre los ultrajados

se pueden distinguir

tres grupos

destacando quienes

estudian

con atención inusitada

las maniobras ajenas

por si acaso

se vuelven a topar

en la misma tesitura

en un futuro

próximo

y osan actuar,

entonces,

igual que aquellos

espabilados.

 

Otros más puristas

se indignan

inútil

y silenciosamente,

reservando su bilis

para el acantilado,

el desierto

o la meseta

donde clamarán

con su grito

en el cielo.

Hallaremos, por fin,

a quienes sostienen

la tesis

de la jauría

y animarán

a sus congéneres

a atacar

todos los flancos

-todos a una-,

sin respetar orden

ni prelación

que valgan

por estimarlas el resultado

de árbitros

parciales,

lo cual habría sido

ampliamente

verificado

hasta en los países

más orgullosos

de su avanzada

civilización.

 

En tales escenarios

de disensos

y de leyes

que galvanizan

y apuntalan

las desigualdades

preexistentes

en estos sobrios paisajes,

nos suele quedar

la sensación

de ser marionetas

cuyos hilos

penden del viento

mientras se auguran

tormentas peores

que pueden traernos

nuevos lodos

con sus consiguientes

amargas, tediosas

e inevitables

esperas.

 

 

Fotografía: Luke Smalley

 

 

 

 

Once grados en diciembre

y en bicicleta no son para tanto.

Es más, parecían desviarse

de mi rostro candente

a medida que avanzaba

por unas calles estáticas

con su murmullo nada

insurrecto.

 

No sé por qué los semáforos

estaban todos en verde.

O por qué no les hacía caso

como tantas veces en mi

inconsciencia, como si sólo

confiara en las señales

de tráfico que me voy

imponiendo.

 

Esa llama,

esa levedad,

esa sonrisa tonta,

esa mística

-incluso-

de la ciudad ausente,

sucedían tan sólo

porque unas horas

más tarde

me encontraría

con tu llama,

con tu levedad,

con tu sonrisa

-mucho más sabia-

y también

con una ausencia,

esa

que todavía

hiere.

 

 

Fotografía: Evelyn Hofer

 

Un día introduciré

en una maletita

la colección

más selecta

de los libros

que siempre

deseo leer

de nuevo.

 

Ese día

sabré al fin

que no habrá

más carreras

profesionales,

que no importará

si el ordenador

se avería

por gusto

o si sueña

con ovejas

copulando.

 

Experimentaré

otra vez

cómo el tiempo

languidece

más vivo

que nunca,

sin sobrarle

ni un solo minuto.

Igual que cuando

creíamos,

hace mucho,

en otra edad,

que lo estábamos

perdiendo.

 

No serán muchos

volúmenes.

El resto

cambiará

de manos

o se consumirá

en la pira.

A mí ya no

me incumbe.

 

Los diminutivos

es lo que tienen:

que te obligan

a elegir.

 

 

Ilustración: Eduardo Úrculo

 

 

 

Reviso la información productiva

de una localidad castellana

que me ocupa en mis pesquisas

sociológicas y me encuentro

con la inclusión en el sector primario

de un festival del humor,

lo que tiene su gracia.

 

A saber a cuántos estudiantes

desprevenidos se les pasa

por alto este gazapo o, por contra,

argumentan que la parodia

constituye uno de los cimientos

de toda economía.

 

 

 

En el restaurante de Tirso

ya no había mucho

donde escoger del menú

pues pasaban de las cuatro.

 

En cambio, la clientela

era de lo más extravagante

y se ofrecía grácil

a las miradas ajenas

no menos partícipes

de la misma actuación.

 

A mi espalda una pareja

interracial de dos obreros

de la construcción

ingerían de postre

dos copazos por barba

en vaso de tubo

y en el más absoluto

silencio.

 

A su espalda

un grupo de ancianos

bien nativos

fruncían el ceño

y discutían con ardor,

como si les fuera una guerra

o la herencia en ello,

por las reglas a observar

en la partida de cartas.

 

Enfrente de mí una joven

delgadísima

y con un pelo

blanco oxigenado

introducía rítmicas

y eficaces

cucharadas de papilla

en la boca dócil

de su criatura casi invisible

por lo envuelta que estaba

en un traje de buzo.

 

Las dos máquinas

tragaperras que presidían

el recinto no cesaban

de complacer

las demandas de fortuna

de sus amantes fieles,

con los rostros ajados

pero en trance

de sus legítimas

quimeras,

mientras llenaban

con monedas

el vientre de lámparas

fluorescentes

entre sorbo y sorbo

del café con leche

y del coñac

con dos hielos.

 

De mí pensarían,

seguramente,

que un tipo melancólico

y que mantiene abierto

un libro grueso

mientras pela las gambas

de la paella,

no puede estar

en su sano juicio.

 

 

Fotografía: Kurt Hotton

 

Cuando vivíamos juntos

necesitaba estar solo

para escribir

y pensar

y evadirme

con esas lecturas

que luego me devolverían

ebrio de ideas y mundos

al bálsamo de tus aguas.

 

Aprovechaba con ansiedad

cada hueco de la rutina

para darle rienda suelta

a todos mis disparates.

 

En aquella escasez,

no obstante,

éramos inmensamente

prolíficos

y generosos.

 

Ahora que vivo solo

y que dispongo

de tantas horas

de silencio

y de tantos días

de nada

y de muchas,

largas

y ominosas

semanas

para organizarme

a mi modo,

resulta que estoy hecho

un caos

y que hablo

con las paredes

y se quedan los libros

a medio leer formando

torres de colores

sobre la mesa.

 

Sospecho que no acabo

nunca de adaptarme

a los vaivenes

de la vida

y hasta echo de menos

aquellas escaramuzas

que salpicaban

nuestra convivencia.

 

 

Fotografía: Nan Goldin

 

 

Son jóvenes

y están enamorados.

 

Cada vez que se encuentran,

vuelve con ímpetu

ese proceso químico turbulento

y fuera de control.

 

No aciertan a predecir

cuánto se prolongará

la euforia,

pero presienten

alguna interrupción

inevitable.

 

Se lo advierto

a mi hijo,

como buen aguafiestas,

pero sonríe

condescendiente,

esgrimiendo su derecho

al ensayo y al error.

 

Cree disponer

de una larga vida

por delante

y que la suerte

le seguirá cayendo

en gracia.

 

Me ausculta

y confirma

que mis fracasos

y reincidencias

en tantas vanas ilusiones,

en realidad, resultan

poco convincentes.

 

 

Fotografía: Vivian Maier

 

 

Leer poesías de pie,

apoyado en la barandilla

de la librería,

hurgando al azar

en el orden alfabético

por autor,

y percibir que se suceden

las horas

y me olvido de comer,

de trabajar,

de ir a reuniones,

de llamar a nadie,

mientras voy diseñando

mentalmente

la portada, el grafismo,

el tamaño apropiado

del libro que,

pensándolo bien,

ya no quiero publicar,

y preguntarme por qué

no están otros

en esas baldas,

dónde residen

esas inquietantes

ausencias.

 

Ilustración: Alvin Lustig

 

 

No hay ningún atajo posible.

Pasan las mandarinas

por mi pensamiento

y por tu boca

desiderativa

antes de nutrir

la instancia

central

de tu paladar.

 

 

Me gusta adentrarme

en el ojo del huracán,

dejarme llevar

por la revuelta,

 

trastornar la posición dada,

variar el ángulo de giro,

 

redefinir

como partícipe

el curso de los acontecimientos

y su temperatura,

 

aun a sabiendas de que nadie

sale nunca indemne

 

de estos accidentes

nuestros

de cada día.

 

Ilustración: René Magritte

 

De la calle asciende una voz

cantando firme y sinuosa

acompañada de una cruda

percusión a la caja.

 

Hoy me he levantado subjetivo

y diletante, recomponiendo

la razón cuarteada que ha

sobrevivido a los no pocos

besos del sueño.

 

Mientras se queman mis labios

con el pomelo ácido y después

se apaciguan con lonchas

de queso fresco,

me los imagino saciándose

con la sal de tus pechos

planetarios.

 

He visto enigmas osificados

y he visto playas desiertas

y un sol austero y delineante

que ningún alma ciega

del mercadillo

podría cotejar.

 

Las cortinas blancas y rayadas

con líneas de colores

apenas filtran los haces de luz

de tu norte metafísico

y en esta misma manzana

se desfigura la ley.

 

 

Fotografía: Alex Webb

 

 

 

Escribir algo,

cualquier cosa,

antes de que se desvanezca

completamente

el aroma que has dejado

al irte a no sé dónde

ni cuándo

ni cómo.

 

 

Fotografía: Eva Besnyo

 

 

Tampoco de la ajada

y disfrazada memoria,

siempre relatada

a medida de nuestros

intereses espurios.

 

¿Es que solo alimenta

la rutina sin el ápice

ni el condimento

de una desbocada

imaginación?

 

¿Qué resguardo cabe

para un lenguaje

emancipado de lo

imposible a través

del vuelo?

 

 

Fotografía: Umbo

 

 

En este final del otoño

se puede uno deleitar

con níscalos lechosos,

se pueden despellejar

unas tiernas castañas

y esparcir las perlas

de rojizas granadas

sobre el recuerdo vago

de tus últimos besos.

 

A pesar de estos manjares

luminosos y del fuego

de leña crepitando

que me imagino

con literaria facilidad,

nada puede sustituir

el abrigo desnudo

de tus últimas

palabras de amor.

 

 

Fotografía: Hans Mauli

 

 

 

No espero casi nada del futuro,

por si acaso.

Con frecuencia, hasta me temo

que ocurra lo peor.

 

Si la situación es arriesgada

y acecha la sombra de la muerte,

incluso me reconcilio rápido

con toda la fortuna y el privilegio

que he podido disfrutar.

 

(En este mundo se reparten

tan desigualmente nuestras

huellas y desdichas.)

 

Esa actitud, sin embargo, no me vuelve

pesimista ni me atormenta.

Tampoco me impide creer en los labios

de la humanidad, en lo concreto

e inmanente de cada ser humano

con sus bramidos y congojas.

 

Creer quizá tampoco sea el verbo

apropiado para quien abraza

las masas de viento y el amor

hecho cuerpo y ahora.

 

(Según el principio de precaución

conviene un ojo avizor cuando

el otro se embriaga de pasiones.)

 

No pretendo añadir más doctrinas

a todas las que han esclavizado

infancias sin flor.

 

Tan sólo me preocupa saborear

como se merecen las pequeñas

victorias que se asoman en el curso

de una historia atroz.

 

Por eso me alegran las resistencias

imprevistas, la insólita donación

de lo que no admite precio

y el paso ágil y liviano.

 

(Cuánta admiración y cultivo

precisa la trama cotidiana

de lo agrio y de lo dulce

que nos sustenta.)

 

 

Respirabas a mi lado

como un pulmón más

de aquel canto coral

y ese aliento abrigaba

las vanas esperanzas

de amarte alejado

de toda propiedad.

 

 

Ilustración: Gaugain

 

 

Convivo cada vez

más estrechamente

con los plazos de entrega.

 

Se lavan los dientes conmigo

por la mañana,

se adhieren a mi piel

con la lealtad de un perfume,

se apresuran a pagar la cuenta

con elegante discreción

y como prueba irrefutable

de supremacía.

 

Me susurran al oído

en bellos idiomas

ultramarinos: somos

las líneas muertas

del horizonte,

no te podrás sustraer

a la dulce tentación

de nuestras sublimes

sirenas.

 

Son ellos quienes planifican

por ti y quienes se dan de codazos

por ocupar en tu agenda

las mejores gradas

de cada día.

 

Si no hubiera fechas límite

la voluntad yacería

sin fuerza ni vestimenta,

deambularía ebria

sin propósito ni vigor.

 

A esos números rojos

del calendario, en definitiva,

que con ternura y precisión

nos colocan la soga al cuello,

les debemos todo triunfo

y propiedad

de las mieles y laureles.

 

Un divorcio sin mutuo acuerdo

a estas alturas de la adicción

tan solo podría acarrear

imprevistas y nefastas

consecuencias.

 

Ilustración: René Magritte

 

 

 

El arte es una cosa muy seria.

No hay más que ver cuántos

intérpretes eruditos

pontifican y sientan cátedra

al objeto de separar

el grano de la paja.

 

El arte sublime produce conceptos,

genios y locos de atar.

Algunos hasta comen

tres veces al día.

 

El arte es una ciencia solvente

y de rentabilidad variable.

¿Qué otra actividad

podría recurrir

al infinito yacimiento

de signos de exclamación

como materia prima?

 

El arte es también y no menos

ilustre metafísica.

Una guirnalda encendida

a propósito

mientras un sol radiante

describe en el vacío

su vieja parábola.

 

El arte sublima deseos

y pesadillas, y constituye

un tratamiento muy aconsejable

en la medicina natural.

En caso de efectos secundarios,

consúltese la fecha de caducidad.

 

 

Ya no espero un milagro


ni que aparezcas de pronto

 

y te quedes para siempre.

 

 

Hay demasiadas obligaciones en este mundo.

 

Demasiadas líneas rectas que pasan de largo

 

por ciudades acogedoras.

 

 

Por eso me abstengo de mis promesas

 

y acrobacias mortales

 

y las pongo a raya cada vez

 

que salen de casa

 

al encuentro de tu arboleda.

 

 

Lo que ya no puedo evitar

 

por mucho que me lo proponga,

 

es la suave textura del presente,

 

esa alegría enjaezada y a galope

 

que desprendes.

 

 

Como si en la mera contemplación

 

de tu cuerpo y de tu luz residiese

 

todo atisbo del prodigio.

 

 

 

Fotografía: Nan Goldin