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ateo poeta

mis poemas y otros textos (provisionales)

 

Trabajo todo el día

por un mísero salario

de belleza,

aunque a veces recibo

pagas extraordinarias.

 

Como todo proletario

considero firmemente

que la remuneración es injusta

pero al final de la jornada

sólo rindo cuentas

a un cielo caprichoso

y a tu eterna primavera.

 

 

Fotografía: Elliott Erwitt

 

 

Me encuentro en lugares

extraños, dando los buenos días

a las hojas muertas,

sonriendo a los supervivientes,

paseando con brío

por un tiempo refrigerado.

 

Reluce el sol de membrillo,

desayuno tus palabras de temporada

y me alegro de no ver danzando

a las alimañas

de la nocturnidad.

 

Percibo el aire cálido de tus besos

y los humores azules

donde amanecíamos plenos

de multitud, y también acepto

adrede el zumo solitario

de la resistencia.

 

Hoy prescindiré de la compra cotidiana

y de las genuflexiones,

me daré el lujo de perder el tren

y de llegar a ningún lado

por arte de birlibirloque.

 

Me alimentaré de la lentitud

y del idioma del porvenir

por muy lisiado que lo presenten

los agoreros de la sociedad.

 

Amo al tigre manso que se esboza

en tus bohemios espejos

y mucho más a las variables

que adivinas sin rubor cuando

se para el tráfico

y nos vemos cara a cara.

 

Eres frondosa y todos los estados

de la materia, y yo me indulto

disimuladamente por los deseos

insaciables y por las horas

derrochadas.

 

Fotografía: Lucien Clergue

 

 

Aquella mirada como promesa

cristalina de una felicidad cierta

pero ignota, indefinida, para qué

más, ya desbrozaríamos el camino

o colocaríamos las piedras a medida,

o nos olvidaríamos de la arenisca que

vuelve a cubrirlo, formando esas

dunas sin memoria, móviles,

reptantes, un pasado añil y dulce,

un amor que reverdecía y mutaba

como una barrera de contención

de los estragos del tiempo, atentos

a las nuevas fisuras, rebajando

el caudal de nuestra sed siempre

que el deshielo del invierno lo

exigiera, elevándolo sin permiso,

brotando salvaje desde una

oscuridad subyacente, nutriendo

aquel jardín imaginario en los ojos

ávidos y tenaces, arrastrados por

una fuerza ciega hacia nuestras

entrañas, sin necesidad de aplazar

más la búsqueda del sentido, del

abrazo que exprime los dolores

más anclados en el silencio de la

infancia, sin temor a la necesidad,

siempre nuestro vaso de agua y

la irisación de las palabras y de

las turbulencias e interrogantes

que cuidaban del fuego, aspirando

el aroma de las encinas muertas,

probando tu fruta prohibida como

si sólo así tuviéramos un punto de

apoyo para leer el mundo, para ser,

para engendrar, para hacernos

partícipes de las minúsculas dosis

de dicha y azar que nos unieron.

 

Fotografía: Nan Goldin

 

 

 

A pesar de los contratiempos

y de las bajas temperaturas:

no claudicar,

no sucumbir

al vacío lúgubre

del desamor.

 

No dejar de ser el agua dulce

reunida en su extremo

con la lengua de mar.

 

Adherirse a las miniaturas

refulgentes que permiten

cruzar el mediodía

y la placidez

vespertina.

 

Admirar el magisterio

de los antagonismos

o de las inocuas

desavenencias:

siempre anhelar

formas más gratificantes

de un lúcido amor.

 

Fotografía: Henri Cartier-Bresson

 

 

Nadie nos enseñó

que había otras formas

de avanzar,

de ir.

 

Que no es mejor correr

sin tregua.

 

Que las líneas rectas a lo largo

de una esfera

tienden siempre

a la curvatura.

 

Que retroceder a tiempo

nos puede proporcionar

un impulso

o la armonía predicada

del paisaje.

 

Que los entes enamorados

vuelan contra natura.

 

Y que existen galerías

subterráneas

albergando

un resplandor.

 

Nadie nos advirtió

de esos otros destinos

flotantes que solo

se atraviesan:

 

aprender a no llegar

y aceptar la zozobra

como curso

de acción.

 

Fotografía: Nan Goldin

 

 

Prefieres que maduren,

que se destile su dulzor.

 

Atesoras esos secretos, gérmenes:

 

en la cavidad,

en la sonrisa a resguardo,

en tu voz reluciente.

 

Ponerlos a prueba, calibrar

su desempeño.

 

Así procede con su camada de ojos

sin abrir,

la parturienta,

 

así, no menos, con la colección

de ejemplares delicados.

 

De una felicidad sin urgencia,

de un cultivo sigiloso, se trata.

 

Fotografía: Henir Cartier-Bresson

 

 

Segmentado en bloques,

el día aún por vencer.

 

En bloques inacabados, herrumbrosos.

Qué falta de memoria radical

y de horizontes inteligibles.

 

Se aliteran los estratos, arcillas, rocas

calizas, basalto, lodo.

 

Has desaparecido otra vez ahí

y cómo puedo enunciarte ya

o acaso, o medir tu pulso.

 

Si es sólido el vacío: disecciónalo,

reúnelo.

 

Fotografía: Vaclav Chochola

 

 

Descreer de las arborescentes tramas

y cálculos, de la lógica embalsadora

de las corrientes amorfas

y sin matiz.

 

Lo vasto yace, en los puntos dispersos

emergen mapas sucesivos.

 

Era afán de complicidad,

nunca solo de amor.

 

Esa retícula nunca agota el confín.

 

Los afectos crisálida.

Esquejes, indicaciones.

 

Fotografía: Henri Cartier-Bresson

 

 

A menudo pensamos

que el amor es medicina

y enfermedad, vicio

y salud como agua

de lluvia ante el

secano del alma,

que las penas de amor

se curan con más amor

y que vivimos

en la eterna fantasía

de atesorar

entre las manos,

hasta que nace

la sangre,

la rosa de todas

las estaciones.

 

¿Acaso existe

otro equilibrio

al margen de esa

irresoluble ecuación,

de esa geometría

variable?

 

Fotografía: Nan Goldin

 

 

Lleva su cámara

al cuello

como un amuleto

que atrae

la mirada

de los niños,

aunque en ciertos

barrios prefiere

no ostentar

y la camufla.

Ya no espera

ese grácil don

del instante

inmortal,

sólo ser artífice

del triángulo

de la luz

entre un tiempo

discontinuo

y la sensibilidad

de la exposición

a los pensamientos

virtuales,

a los que están

por venir

para crear

la memoria.

Retrata

el abanico

de claroscuros

que impregnan

las luchas

en la vida,

porque ésta

sucede

en lo esquivo

e inefable,

justo antes

y después

de la palabra

que enmarca

cada imagen.

Que nadie

sufra más,

que el derecho

a la belleza

se extienda

como el humo

y la niebla

de un amanecer

abrazado

al efecto óptico

de un amor

infinito.

 

Fotografía: Henri Cartier-Bresson

 

No cura la palabra

por sí misma, por su magia

o ángel, por el vaticinio,

por su hilo postrado en el lecho

de adversidades.

 

Ni la escucha

imposible de los insectos que rasgan

el sueño, las amapolas renuentes

al arrullo, la figuración

de lo sustraído para siempre.

 

El cauce de nubes, la paz del tumulto,

la luz emergente apenas enunciada

y que pugna por las vértebras

y da raíz, al menos prometen

la buena suerte.

 

 

 

Espera su turno

el saxofón

para entrar después

de la última nota

recordada,

la noche espesa

y tibia no permite

pensar en nada

excepto en seguir

el ritmo,

los dedos endurecidos

tensan las cuerdas

del contrabajo,

dan

otros latidos,

no hay distorsión

de razones

ni de absurdas

dicotomías,

ni cesan las baquetas

ni las escobillas

de puntuar

cada beso de aire,

el piano,

que también es

un instrumento

de percusión,

prolonga la oscura

melodía

cuyo fin nadie

predice,

ya no busco más

en el interior,

quizá todo

se pueda explicar

ahí,

en lo que se ve

y en lo que se oye,

en las múltiples

estrías

de esa única

superficie.

 

Fotografía: Elia Costa

 

 

 

Después de recorrer

cada uno de los puntos

de la circunferencia,

después de sedimentar

y de ir adelante

con un cierto olvido

de lo pretérito,

después de cerrar

este círculo

y de la disposición

a iniciar un nuevo

trayecto,

posiblemente no haya

otro remedio

que aprenderlo todo

desde el más absoluto

vacío.

 

Fotografía: Robert Capa

 

Caminas por la orilla

de un río, apartas

la vegetación, aceleras

el paso por los tramos

más concurridos,

descansas a veces

para tomar aliento

o imaginar que tú

no eres el río ni él

una metáfora

universal que traza

meandros

enigmáticos.

Prosigues

hasta que encuentras

obstáculos insalvables,

una edificación

o un muro

que no has elegido

y que te obligan

a dar marcha atrás,

a cruzar un puente,

a preguntarte

si habrá otro después

que te permita

regresar

a la misma senda.

Aunque llevas

este poema inscrito

en el libro

de tu rutina diaria,

intuyes que aún

pueden aparecer

más sorpresas.

 

Fotografía: Brian Duffy

 

Una pared

de metal oxidado,

de color

naranja sucio

y desigual,

ancha y elevada,

toda en sí

medianera

o frente,

preñada de franjas

asimétricas

excepto en el abismo

de sus esquinas,

que inhiben

escalar hasta

ese horizonte

de nubes

y nada.

 

Fotografía: Klaas Vermaas

 

 

Mi cuerpo

es un árbol

deforme

madurando

en toda estación,

dejando caer

sus restos

volátiles.

 

Fotografía: Julia D. Velázquez

 

 

Hay nociones

que casi siempre

te defraudan.

Los ideales,

la esperanza,

el futuro,

el amor, por ejemplo.

A menudo

el deseo,

el presente

o un cierto sentido

práctico, por ejemplo,

no aspiran más

que al título

de palabras.

No por ello

te salvan

del naufragio

ni conceden más

consuelo.

 

Fotografía: Nan Goldin

 

 

Dejar aparte

el discurso,

cambiarlo

por un trazo

en el aire,

por un gesto

que proporcione

algo de luz.

 

Ilustración: Casilda García Archilla

 

 

La has amado sin rubor,

con arrebatos y delirios de grandeza,

hasta los dientes de leche

y las simas del trauma, atravesado

por la flagelante caída de la noche

sobre el temblor y la luz

en abundancia.

 

La has amado sin saber cómo se ama,

negando la inercia y la negación,

en contra de tus propias armas,

rindiéndote al brillo arenoso del azar,

sin más ley que la del astro

creciente.

 

La has amado mil veces y mil veces ella

ha tomado las riendas del océano

y ha habitado la necesidad del horizonte

y esa voz áurea te ha instado

a nadar

y a nadar

y a nadar

sin alcanzar nunca lo inefable

de su cuerpo.

 

Fotografía: Nan Goldin

 

 

Se cierran tus ojos, no quieres

pero son más de las seis de la mañana

y estás buceando en lo inconcluso.

Hay restos de cuerpos más somnolientos

en los andenes y cabezas que repiquetean

contra las ventanas de los vagones,

tan iluminados que no lo soporto.

El orden se ha vuelto a quebrar,

es debido a ti que emerge esa canción

ritual, turbulencia tras turbulencia, no es

estable ninguna lectura al unísono,

tus besos saben a mandarina y a

otoño y a una región febril.

Me quedan miles de palabras

en el tintero y ninguna designará

el destino de esta ebriedad.

 

Fotografía: Vaclav Chochola