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ateo poeta

mis poemas y otros textos (provisionales)

 

El día en el que un tótem

se abrió en tu ecuador

y las enredaderas violetas

certificaron el prólogo

del aullido y la espuma y la unción.

 

Dibujaste un siete

persiguiendo aquellas alas negras.

Que nada mutile

el polo ártico de la voluntad,

esgrimías desde tu carrera

de zahorí.

 

Las hojas en su costumbre de resina

qué mar de pararrayos miran ahí

arriba, te sientas en el cielo de uvas

y espera mi boca:

son astros, son figuras

umbilicales.

 

Casi destellan, casi se desmiembran

y nos amortajan. Se enroscan

hacia su forzada esterilidad.

Prefiero esa radicación,

por qué tan deleble.

 

En tus mejillas vidriosas

invocaste al reptil amigo,

a la nuez del crepúsculo.

 

No te suplicaré un poema más.

 

Fotografía: Vaclav Chochola


 

Va siendo hora

de tomar cartas en el asunto:

somos animales heridos

y a la intemperie,

quién puede prescindir

de la más mínima y leve

insinuación

de la sutura.

 

Imagino el ciclo de la flor

indeleble.

 

Bajo qué arcanas instrucciones

se desliza

una discontinuidad

sin cuerpo.

 

Esa figura venenosa y brutal

de olvido

sólo alimenta

espectros y oráculos de ayer.

 

Extremar el cuidado

también de lo que se anuncia:

otro fulgor.

 

Fotografía: Imogen Cunninghan

 

 

La palabra que no nos sirve

ni para detener la trayectoria

de un golpe,

ni para comunicar la brisa

ni el mar de fondo

que agitan

nuestra alma

perecedera.

 

La palabra que solo nos sirve

para un letargo fértil.

 

La mirada en silencio

que duele más

que una enciclopedia.

 

 

Porque hoy no tengo con quien

conversar, nadie ahí que ponga el acento

y que utilice sus compuertas

para dejar que fluyan y que se empantanen

a conveniencia las palabras austeras,

la simple necesidad de hablar,

la risa desbordada, la carencia

de toda necesidad, porque no es

de este mundo escribir en el vacío,

porque no puedo aquilatar

los granos de dicha, ahorrarlos

para cuando falten la sal y las especias,

porque reconozco ese humo

en el cielo frío, la combustión lenta

e irreversible de todos los sueños,

el horizonte gris y perfectamente

desdibujado en el que solo unas aves

metafóricas parecen revolotear

a sus anchas, porque te has ido

y sigo a tientas recogiendo del suelo

tanto amor hecho trizas.

 

Ilustración: Felipe Benitez Reyes

 


 

Únicamente eran necesarias

unas simples palabras de amor,

un aliento, imaginarme su tibia mano

para poder descansar unas horas

y olvidar el lastre de lo incomprendido.

 

Fotografía: Justina Blakeney

 


 

¿Sabremos morir?

 

Con mayor exactitud:

¿sabremos morir de amor

metafóricamente

hablando?

 

¿Qué hemos aprendido

de cada desengaño,

de cada amor no correspondido,

de los fracasos consecutivos

erosionando una y otra vez

el acantilado de nuestras

torpezas?

 

¿Dónde están ahora ese fortín

en el desierto, esas simas

inagotables,

embriagadoras,

prístinas,

surtiendo los jardines

solitarios?

 

¿Por qué se disipan tan rápidas

las minúsculas e insólitas

regiones de dicha,

por qué tanta verdad

arrojada como alimento

de las bestias?

 

¿Debemos aceptar esa inercia

inevitable, abrigar

las fases de la luna

y dejarnos llevar

por las corrientes

y vanas constelaciones?

 

¿Y a qué bocas va a parar

el dolor desnudo,

quién puede vivir

sin transfusiones

sanguíneas,

respiratorias,

inflamables?

 

¿En qué momento le otorgamos

tan absoluto poder

a estas ateridas y gélidas

palabras?

 

Fotografía: Vaclav Chochola

 

 

 

Doy un paso

y no avanzo,

ni siquiera camino.

 

Vago por un tren

en una estación

detenido.

 

La playa solo

contiene arenas

movedizas.

 

Y la memoria errática

ha sido puesta

a buen recaudo.

 

Vuelvo al punto

de origen a la más

lenta velocidad.

 

Soy el mismo corcel

que horadaba

el sueño.

 

¿Por qué perdimos

tanto tiempo en seguir

una sola dirección?

 

 

Inscripción: Mobstr

 

Te escucho lejana

como el rugir de estrellas

en una noche despojada

de transparencias.

 

Has plegado el libro

de los secretos

y una luz monótona

perfuma aquí

toda la oscuridad.

 

Los vestigios fósiles

de tus besos sin carmín

son la única fuente

de interpretación.

 

Desconozco la ternura,

he vuelto a enmudecer,

oscila como un péndulo

en la menor gravedad

todo lo que existe.

 

Fotografía: Vaclav Chochola

 

 

Llueve a cántaros en Santiago

pero ya no hay lluvia que me cale

hasta los huesos ni me destemple

ni me enfríe los pensamientos

a pesar de que ya es noviembre

y escribo desde las ruinas y apenas

puedo hablar ni musitar

su nombre.

 

Siempre regreso a este rincón

del café Derby donde se contempla

la lluvia crasa y luminosa percutir

con dureza contra los paraguas

y donde humea mi chocolate

con churros en su porcelana blanca

y azul y su calidez me resulta

innecesaria como los ojos

innecesarios que se paran

en el semáforo y miran

sin intención hacia mi refugio

transparente desde el que ya

no reflejo nada.

 

Siempre que vuelvo a esta ciudad

digo que no pronunciaré

la palabra nostalgia,

que el amor o la libertad

son como esas piedras

sólidas y desgastadas,

que es inútil todo esfuerzo

por pulirlas,

que todas se unen

mediante grietas

y que hay un inmenso vacío

en el medio de tanta

soledad.

 

En esta esquina desemboca

una calle peatonal que viene

de la zona vieja y se abre

a una encrucijada y a las líneas

de fronteras invisibles

con la zona nueva

y el tráfico circula ajeno

a estas simples metáforas

y yo sólo describo

el estado de ánimo

de un espacio arbitrario,

la dulzura del abismo,

las hojas muertas,

la noche sin gatos,

los afectos ajados,

la vida dentro

de un cuerpo extraño.

 

En algún lugar, ahora lejano,

mi nombre estará perdiendo

una a una todas sus letras,

su caduca consistencia,

pasará rápido al lado oscuro

de los vagos recuerdos,

se anegará entre las sombras

mojadas de otras calles

y casas y habitaciones,

imperará de nuevo esa

distancia infinita a la que

nunca invitamos,

olvidaremos las efemérides

y todos los versos acabarán

como un rumor volátil

de las cenizas inertes.

 

Fotografía: Santiago Sierra

 

 

 

 

Todo se puede precipitar

sin remedio, irresistible

a la artera y bella atracción

de la gravedad.

 

El día puede amanecer

sembrado de escarcha

y tu estómago retorcerse

como se retuerce el estómago

del boxeador que jamás

predice la parábola

de los golpes.

 

Tus pies pueden arrastrar

bolas de presidiario, masas

atómicas, agujeros negros

y una ridícula culpabilidad

por no saber explicar

la fórmula de la tristeza

ni confiar en ninguno

de sus antídotos.

 

El cielo se confunde con un

océano remoto, ya sólo

albergas ósculos como

ilusiones, tu parca y finita

geografía carnal, sólo deseas

declararte en huelga

general e indefinida.

 

 

 

Se fue el poema

a buscar la nieve

y las sendas

impracticables.

 

Volvió ebrio

a mí, de la luz

con extrañas

noticias.

 

 

 

Tú no eres tú.

Tú eres la amante

universal.

La que dona salud

y estrellas nimbadas

hacia mis labios.

Tú eres la verdad

temporal que mana

sin agotar

el deshielo.

Tú, la mentira

imposible.

Tú, el sexo

y la amnistía

del vacío.

 

Tú no eres tú

ni yo soy yo.

 

Ilustración: Milo Manara

 

 

 

Nos cubre un cielo denso y mudo,

un silencio azul, cantera, omisión

cristalina.

Son hermosas las puntas de tu cabello

velando e indicando lo prohibido

del gesto.

Aquí la noche es lánguida.

Las palabras no alcanzan, dan

sed.

 

Como la hierba mullida, haciendo

recuento de los pasos.

En el extremo se atisban témpanos

y un amanecer incondicional.

 

Ilustración: Tadanori Yokoo

 

 

 

 

Para ti

que estás al lado,

no es,

ya lo sé.

Me conoces

demasiado.

Y sombra

sólo

soy.

Para ti

que juzgas

severamente,

no es.

Demasiados

parangones.

Pesa

la historia

y es simple.

No puede

ser,

lo sé

desde siempre.

Nací

para lo lejano.

Donde

las vetas

y augurios.

Aquí ya

lo adivinaron

todo,

al parecer.

 

 

 

La muerte no se ha olvidado

de Keith. Lo ha asediado

durante un año. En unas horas

ha inundado de sangre

su cerebro. Lo ha arrastrado

a su paz de muertos,

a su orden indiscutible,

a la planicie esteparia

de toda ley ajena.

No conocía a Keith.

Hablé con él varias veces

durante la semana.

Concertamos una cita.

Yo caminaba ligero por

las calles extrañas,

contemplaba el pelo lacio

de las mujeres hermosas

y la lluvia resbalando dulce

por sus hombros

desnudos.

Le envié un mensaje para

confirmar la entrevista.

Me respondió su compañera.

Keith había fallecido

ese mismo mediodía.

Por la violencia de su latir

recordé que yo también

tengo corazón,

que también es frágil

y que también se rendirá

algún día.

Que todos esos edificios

persistirán,

que toda esa belleza

persistirá ahí fuera,

que solo mueren nuestra

vanidad y los anhelos

de plenitud.

Pregunté por Keith,

por su edad y por algunos

retazos de su vida.

Necesitaba darle forma

a ese lapso y a ese umbral

en que lo conocí.

Todo se reducirá

a esa breve memoria.

Seremos para otros

un recuerdo fragmentario,

una imposible

comprensión.

Pero no hay ninguna prisa.

Conocemos el letargo nocturno.

Ya probamos los lechos de piedras

y el sabor amargo de la pérdida

de toda dicha

divina.

La pulsión de muerte

no puede alimentarnos.

No hay otra certeza. Keith

ya no está vivo

y nuestros ojos

no pueden cesar

la búsqueda.

 

 

La vida en el squat tiene sus

sinsabores y también sus destellos

y fosforescencias.

Para ducharnos con agua caliente

vamos a una universidad próxima

y las ardillas vienen a abastecerse

casi todas las noches.

Hay cañerías que se atascan,

radiadores que caducan

y ventanas por las que silba

el viento una melodía tangible.

"Caos en las calles

y orden en la cocina" anuncia

un cartel más desiderativo

que transparente.

Entre la abundancia de comida

reciclada han llegado flores

y manteles orientales.

Incluso hay un libro en inglés

-en "pruebas no corregidas"-

del bardo inmortal

Mahmud Darwish.

Y lo leo mientras despierta

el silencio y me reflejo

en su exilio y mecido por esta

anomalía, repito su

pregunta: ¿será que la muerte

se ha olvidado de nosotros?

 

 

Diario de un domingo de octubre

ya que nunca sería capaz de escribir

un diario propiamente hablando

pues de tantas minucias dudo que

emerja algún sentido loable.

 

Diario de una jornada lluviosa

atravesando Londres en diagonal,

desde Southwark hasta Harlesden,

pedaleando por intuición, con las

gafas mojadas y el pensamiento

enérgico, físico, unido al mundo.

 

Diario triste de quien vaga sin

tristeza pero no soporta la violencia

contra los niños, la felicidad truncada

o eternamente demorada, la vida sin

mapas, sin atributos, sin una fútil

excusa para adivinar las caprichosas

oscilaciones del deseo.

 

Diario de un regreso evitando

ahora la médula luminosa de

Hyde Park, alcanzando el resguardo

de esta vieja fábrica de revelado

donde alguien ha empezado a cocinar,

algunos juegan al ajedrez y yo intento

leer cualquier cosa que me permita

olvidar lo absurdo, lo injusto, la policía.

 

Diario de las interrogaciones

que me quitan el sueño, de la

cálida mano lejana, de las calles

que se bifurcan y renacen, del

sabor húmedo que se agazapa

en la díscola incertidumbre.

 

Diario de Oxford Street y del

consumo ominoso y de las tarjetas

de crédito y de tantas vidas hechas

añicos por esa hegemonía y por

la acidez y la corrosión de esos

caducos y fúnebres gobiernos.

 

Grafito: Mobstr

 

 

 

Es una mañana muy inglesa.

Muchas nubes ahí arriba

y unas ráfagas de viento poco amistosas.

Mis primos trilingües y de japonesas facciones

han correteado, bailado y agitado el presente

hasta desaparecer engullidos

de nuevo por la rutina escolar.

En esta tregua

escucho piano solo.

Planifico qué haré en las próximas horas

cuando también me sumerja en el tráfico

y me interroguen las bifurcaciones.

Hace frío, bebo un té blanco,

sé que existimos como la espuma,

sobre una ola de accidentes.

 

Ilustración: Luego

 

 

Deviene silencio auténtico

el error que interfiere y nutre

a la melodía.

 

Ilustración: Alvin Lustig

 

 

 

 

Vivir es igual a morir en pequeñas dosis,

en cómodos plazos, pagando por anticipado

el cheque en blanco que nos concedió

la eternidad, ese brevísimo lapso de tiempo,

esa insignificancia en lo absoluto del tiempo.

 

Y cuando se nos caen las cosas de las manos

y se quiebra nuestra frágil ambición

de control, y cuando apenas nos amamos

a nosotros mismos por pretender cotas

más elevadas de comprensión, porque no

otro fin anhela el amor correspondido,

¿qué libertad podemos entonces esgrimir?

 

Que no te mate la angustia del cosmos, que no

asfixie tu humilde reptar la insoportable

luz de lo invisible, que no te amilanen los

administradores de la muerte fulminante ni

la superficie rala de una vida simple y hueca,

convertida en mera fuerza de trabajo,

apariencia manipulable que esconde la

belleza de la flor y el abrazo de la tierra.

 

Ilustración: Ed Templeton