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ateo poeta

mis poemas y otros textos (provisionales)

 

Hoy quería escribir sobre esta

"incierta vanidad de seguir"

que señalaba Cortázar, sobre estos

tiempos aciagos, sobre los azotes

que nos propinan quienes

nos mal gobiernan, sobre las oscuras

persecuciones que se reiteran

cíclicamente, como bucles insaciables,

sobre el innombrable papel del amor

en todo esto y, sin embargo, tan sólo

me he quedado absorto y circunspecto

al ver las huellas de los pies del gato

-pies, sí, porque también nosotros

metemos la pata- sobre la portada

blanca de ese libro de Zurita que

se titula Zurita, como si un ser sigiloso

y amable -pero también ascético y

confiado igual que todo animal mudo-

quebrase con su orgullo tanto

inmaculado silencio.

 

Grafito: Mobstr

 

Como no sabían abrir puertas,

derribaron las nuestras

y levantaron un mohíno muro de adoquines

en su lugar.

 

Poco se puede esperar del cemento de la ley

cuando erige tapias y venera el vacío.

 

Ningún razonamiento cabe

en su brazo ejecutor, sólo sangre

y ojos destilados.

 

Para mayor gloria de quien congela el tiempo

con su vil metal, de quien desahucia

y se pudre en el fango

de su residencia blindada.

 

Hay mucho de inefable e intangible, sin embargo,

que ya sólo pertenece a los cuerpos comunes

y a las vocaciones que amaron

aquel umbral.

 

Hay también instrumentos musicales, máquinas

libres, sombras chinescas, luces y piezas abundantes

de bicicletas que clamarán a gritos

volver a habitar.

 

Es todo muy extraño,

el mundo al revés

cuando la vida podría ser tan sencilla.

 

Podría ser

tan dulce y sublime, tan sencilla

al mismo tiempo que la revelamos.

 

Mural en el CSOA Casablanca (Madrid)

 


 

No sé si sumarlo a los derechos humanos

o a la no menos controvertida relación

de las necesidades básicas,

pero se me antoja que ese cuarto oscuro,

ese refugio como una sala de cine

o como la contemplación de los nombres

de cada belleza desnuda en una floristería,

ese tiempo perdido y mosaico

que alberga toda evasión,

se lo merece.

 

Fotografía: Julia D. Velázquez

 

 

Los muertos físicos,

los muertos simbólicos,

mis yos muertos,

el dolor que siempre vuelve,

la imposibilidad de cura

definitiva de nada,

la necesidad de un

armisticio con cada uno

de los fragmentos

que se adhieren

a mi deriva.

 

Fotografía: Masahisa Fukase

 

 

Lo mejor que me puede ocurrir

después de mirarnos perpetuamente

y de no decirnos nada de lo que pensamos

y de besarnos y despedirnos

hasta la próxima interferencia,

es disponer de un inmenso lago

de tiempo nocturno

para escribirte un poema

que nunca leerás.

 

Ilustración: Michele del Campo

 

Llevas la música en tu sueño.

Floreces al despuntar la noche.

 

Una brizna de verdad, un instante.

 

Es quiromántica la lengua

que pronuncia la palabra beso.

Nada escrupulosa con su íntima

alegría.

 

Nítida en la devoción

por el cromatismo.

 

Te pienso como a una lejana playa.

Sabes a agua mucho.

 

Fotografía: Lucien Clergue

 

 

 

 

 

Pero el límite esférico echa raíces y se amalgama

a un sonido parco que instruye a los comensales,

parásitos y héroes de la aviación.

 

Un beso es un punto indeclinable, tangente, cifra

panorámica de los órganos perturbables y dilectos.

 

Mi gaya ciencia consiste en la humilde colección

de esbozos en la vigilia, ese mapa de sustratos

resignados a la finitud de lo que abarca el ojo

previsor.

 

Ilustración: Julie de Waroquier

 

 

Me faltas y esa es mi condición de ser

en búsqueda, desbrozando, interpelando

a una naturaleza roma y tupida, a los días

de nubosidad aguardando su sazón.

No serán gratuitos tus ojos destellando

en el relente nocturno, ni serán míos

porque ese sabor de oráculo desgasta

su horizonte, se enfoca a la desposesión

y es consustancial a la malva luz.

Si sólo es pálpito nuestra trémula

materia, cadencia, sucesivos golpes

de vida y flor entre zonas blancas,

fallas, vacíos donde anida lo gestante,

dime tú qué podría colmarlo sin

asfixiar esta infinitud. Masa de harina

augurando su levitación, despuntan

las fragancias del amanecer, exprimo

el almíbar de tu ausencia porque nunca

es perpetua y con poco más me sacio.

No me faltas siempre, no vienes sola,

no pronuncias idénticas oraciones.

Eres un mar de oleaje impredecible

con tierra a la vista. Es en esta suerte

de ahora que adopto la forma inversa

y me incito a nadar más adentro.

 

Ilustración: Michele del Campo

 

 

Haré un esfuerzo ímprobo por comprenderlo.

 

Mientras yo me administro las dosis regulares

de lobo solitario y las fosforescencias de la

biblioteca inabarcable, tú recorres las islas

voluptuosas donde la alquimia de la historia

calcinó el verbo de la subordinación.

 

¿Y qué saldo arrojan estos desencuentros?

 

Fotografía: Leo Cobo

 

 

Sabes que la identidad del destinatario

permanece oculta por estrictas razones

de estado poético.

 

                           Sabes que tú eres un

cuerpo genérico al que amo sobre todas

las cosas sin sustancia material.

 

                                               Y sabes

que, sin ti, nada expresaría la herida que se

halla en este margen de la frontera.

 

Fotografía: Doris Gutiérrez

 

 

En cuanto deje de mirar por el balcón

me levantaré a escribirte un poema

nostálgico, de esos que mojas en el té

sin leche cuando siento que me

digieres y te olvidas de mí hasta la

próxima necesidad alimenticia.

 

Ilustración: Eduardo Urculo

 

 

Siempre llego tarde a tus jazmines rezagados.

Por causa de las reyertas con mis propias máscaras.

 

 

 

Les pregunté a los ibis

cuyo largo pico curvo me suscitó

un exótico interés. Y no entendí

su encriptado lenguaje.

Les pregunté a los lemures de cola

rayada como un timón del aire,

pero seguían a lo suyo y se iban

por las ramas con plena asertividad.

Les pregunté a las tortugas chinas

y a los ojos chinos que las contemplaban

ajenos a toda la prehistoria anfibia

y al tráfico de millones ensordecedor

que sería lo que les cobijaba

en su mutismo y en el susurro esbozado.

Les pregunté a las entidades verticales

poco orgánicas, por si alguien

se hallaba detrás del espejo dando

el pecho, respirando sin escabrosos

sentimientos de culpa.

Les pregunté a los añicos de mi memoria,

a lo que quedaba de mis anhelos oxidados

en caso de que pudiera aún

reconocerme en la tosca y tortuosa

voluntad de existir.

Después de veinte horas de vuelo

transcontinental regresé a casa

e interrogué desde el mismo silencio

a los rostros que me inspiraban

profundidad de campo y la caricia

naranja de estas tardes otoñales,

espléndidas y acrisoladas.

Todo ha sido inútil, no hay explicación

posible para amortiguar los golpes

de la decepción, su vaporoso

repercutir en alguna latitud incógnita

como la que ocupaban esas islas

barridas del mapa por algún furioso

ciclón tropical.

 

Fotografía: Miguel Martínez

 

 

 

Hong Kong Skyline

Hong Kong Skyline

 

El silencio interrumpe. Viene cargado

de vacío, pulcro y aseado, como el hijo

menor del tifón tropical. A dejar

paso a los delfines albos que se ríen

de las predicciones meteorológicas

y me palpita el futuro, me socorre

ese temblor acomplejado por su

docta ignorancia. Bebo, siempre bebo,

o lo intento, de las ubres del piso

dieciocho, las que más saben al

espacio imperfecto y encinta

de la lluvia que tarda. Vienes al

corazón sangrando. Es así como

se evita la herrumbre. Destilas una

pretensión de aroma, necesaria y

suficiente, hilemórfica, que ni

el almizcle más testicular. Saco

la voz de su cáscara fósil y emite

su grito mudo, constreñido, y por

qué duele esa herencia melliza.

La luciérnaga también duda

y, no obstante, se reproduce en

un alarde democrático de leyes

sin señorío que las tutele. Aquí,

solo, vástago, puedo incluso

desear un amarillo entero.

 

Foto: Miguel Martínez

 

 

Irme lejos, aislarme,

que sean nubes y alas

quienes limen aristas,

en donde se fragüe

la nuez, la destilación,

el amor al hueso sobrio,

que florezca el verdín

de lo húmedo, cálido

y respirable.

 

Regresar al abrazo

y a la convulsión sudorosa

del bosque concreto,

incorporarme a ligaduras

y urdimbres, al alba,

a lo que subyace bajo

las apariencias de meseta,

rotar de perspectiva

con mis semejantes.

 

En cada opción y veta

en destello, sin más sostén

que un devenir craso,

arrogante, tan turbio,

sólo décimas de segundo

que son días sin sueño,

me das de beber

ese agua fría e hiriente,

amaina la muy densa

certeza, la luz

y la espiga se inclinan

a mi lado.

 

Fotografía: Michal Giedrojc

 

 

 

 

En la sociedad se crean vínculos

a menudo casi sin querer y también

se rompen de forma brusca o premeditada,

como quien te deja con una estela

de silencio, un dolor sin palabras,

una omisión de toda promesa.

Nada más acontecerá en donde

existió lo mutuo y compartido

o simplemente atisbado.

Sólo quedará un remanente

y delgado hilo de preguntas

sin respuesta, un perpetuo

monólogo en el desierto informe.

Ya fuere por voluntad o por accidente,

ese vacío luctuoso jamás se calma

ni anega. Convive con otras especies

familiares en esas lagunas

de rechazos y estigmas,

en la violenta memoria

del tacto reflejo del fuego

y de los límites que azoraron

a nuestros deseos.

Convivimos con nuestros muertos.

Los llevamos inscritos

en las aguas de nadie que sitian

toda certidumbre.

Mueren, desaparecen, se van,

dejan de hablarnos aunque

siguen observándonos, atentos,

desde su punto ciego.

Han arrasado los viejos cultivos

para que emerjan otros

campos de trébol, tallos

más vigorosos, una suerte

de vana esperanza.

Para qué lamentarse, para qué

obstinarse en la pérdida.

Ya cumplieron su cometido

y la dádiva. Sólo cabe brindar

por su huella y legado,

por lo que es traducible

en cualquier país de residencia.

Y si, improbables, regresan, tan sólo

celebraremos la metamorfosis

de su joven piel luminosa,

lo imprevisto de su mirada.

Como si el día encendiese

una nueva encarnación.

 

Fotografía: Julia D. Velázquez

 

 

 

 

La vida en el pueblo parece estancada, lánguida,

como una corriente sin prisa por morir.

Mis familiares van sufriendo los achaques

de la edad pacientemente, médico tras médico,

cura tras cura, y los chopos de la ribera

se talan cada lustro.

El más anciano se pasa dieciocho horas al día

conectado a unos tubos de plástico que le suministran

oxígeno y la máquina emite un sonido amorfo

como una batería de jazz

que perturba este silencio ocre de agricultores

jubilados y cultivos mecanizados.

La Virgen Milagrosa rula de casa en casa, cándida

dentro de su caja de madera y cristal, un pedazo

de porcelana con pálidos colores al que se respeta

por costumbre, sin esperar en serio a que ejerza

alguna vez lo sobrenatural.

El ayuntamiento proporciona ahora contenedores

para la recogida selectiva de basuras y acceso

gratuito a internet, pero apenas quedan sombras

deambulando por mis recuerdos

de bullicio y libertad.

Aquí sólo se luchaba por unas hectáreas de tierra,

por que escupiese a tiempo sus legumbres y cereales,

la remolacha y el lúpulo, y después

se cobrasen por algo más

que el umbral de la miseria.

En mi infancia se trillaba el trigo en las eras,

encendíamos hogueras en la orilla del río

para asar patatas y cangrejos,

cada día se pastoreaban unas cuantas decenas

de vacas que se devolvían mansas

a sus rediles al atardecer.

No había asfalto ni tampoco basuras,

todo se aprovechaba y todo circulaba

en aquel enjambre de necesidad

que ahora tachamos como pobreza.

Aquel niño urbano vuelve siempre

a la memoria de estos prodigios austeros,

a la soledad y las noches en que se refugiaba.

El mismo relente, la misma caducidad

de las sorpresas, el mismo territorio cíclico.

No cesamos de imaginar que tenemos raíces

en algún lugar de este mundo al que nunca

fuimos invitados y en el que sólo pretendemos

existir, con algún sentido, hasta que nos fallen

las fuerzas o la intención. Mímesis,

evocación, generosidad, en fin, con todo

lo leve y único que nos nutre.

 

Fotografía: Henri Cartier-Bresson

 

 

 

Te he visto en el primer verano de mi infancia.

Te he visto siempre y te he deseado

pues te bañabas sin temor a las piedras.

Te quitabas casi toda la ropa

y los aviones cargados de gente anónima

y de mercancías ligeras manchaban el cielo

con esas franjas blancas.

Eras morena, rubia, pelirroja, tal vez

poco oriental.

Todavía no estaban de moda los tatuajes

y ya te llevaba impresa aunque, a veces,

la sombra toma su propio camino.

Eras un puerto de mar verde y picado.

Te desnudabas pero conservando

la mirada en salmuera tras tus gafas variables

y las horquillas te sostenían los mechones

de eternidad, que también envejecen.

Te he visto oculta durante mucho tiempo.

Mucho antes de que las conversaciones

acabaran indefectiblemente

en una consulta al teléfono móvil.

Te ocultabas a propósito, siempre jugando

al escondite.

Dudo que te pueda fotografiar.

 

Fotografía: Cintia Massafra

 

 

registrar el hecho,

categorizarlo bajo una u otra rúbrica

incontrovertible,

añadirlo a una serie

estadística más

y, sin embargo, rendirse a la evidencia

de que ya nunca nos explicará

por qué decidió quitarse la vida

 

 

 

Nada en especial. Ha estado lloviendo buena parte de la mañana, así que nos hemos quedado en casa. Estuve indagando cómo piratear las redes inalámbricas de la zona y, después de muchas horas e intentos, ha sido un fracaso más a añadir a mi vida. Aunque siempre se aprende, claro, es lo que se dice, queda ese consuelo no poco amargo. También me dediqué a corregir la propuesta de libro que enviamos hace meses a esa editorial inglesa. Respondimos a los cinco evaluadores y ahora toca esperar a que nos den el visto bueno. Otro asunto que se va aplazando y que progresa adecuadamente, a paso de tortuga. Sin embargo, es como si también incrementara la sensación de agotamiento, las innúmeras dependencias alrededor, la aceptación inevitable de que siempre quedan cosas fuera de tu alcance. Un golpe más de realidad. Por la tarde se fueron los chicos a esa fiesta del agua y me dijeron que pasarían la noche fuera. Yo me fui con la bicicleta a Cangas y me encontré a Manolo, un viejo amigo y hablamos de otras viejas amistades y al final me dijo que Luis Villaverde se había suicidado hace más de un año. Había salido tímidamente el sol y el paseo marítimo se llenó de súbito de gente endomingada o aprovechando unas horas de playa, distendida, distribuida por las terrazas de los bares, como si la vida continuase lánguida de la misma manera que lo solía hacer. Al principio reaccioné con incredulidad y hasta me sorprendió mi falta de empatía al escuchar lo de Luis. A fin de cuentas, la gente muere por distintas circunstancias y a distintas edades, y a todos nos toca tarde o temprano. Los niños jugaban con la arena encharcada, el mar estaba picado aunque el oleaje que descansaba en la orilla era débil, armónico en su irregularidad. Hace veinte años que vine a Vigo por primera vez. Luis era uno de aquellos compañeros insumisos que, al cabo de los años, fue encarcelado. Recuerdo que volviendo en autobús desde Alcalá Meco, después de protestar frente a la cárcel en solidaridad con otros insumisos presos, vimos Léolo y me dijo que era una de sus películas favoritas. Hace unos meses la volví a ver y a menudo me viene a la mente la imagen del chico que entrena duro para ponerse cachas aunque nunca consigue eliminar el miedo que le tiene a un enclenque matón del barrio. Todos los miembros de la familia acaban en el manicomio, incluido el forzudo y el niño a través del cual vamos viendo lo asombroso y absurdo que es vivir. A Luis me lo encontré luego de vecino en Madrid, haciendo la compra y, sobre todo, entrando y saliendo constantemente de la Filmoteca. Nunca aceptaba que tomásemos algo juntos en los bares de la zona y las conversaciones que teníamos eran, por lo general, fugaces. Apurábamos unos breves comentarios sobre las películas que nos gustaban o queríamos ver y enseguida se marchaba raudo. Siempre solitario y austero. Volví en el último barco y no dejé de pensar en Luis, azorado, con un nudo en el estómago, con ganas de llorar pues es lo más fácil cuando nadie puede verte, pero también perplejo por seguir vivito y coleando en este mundo cruel. No me lo pensé dos veces y entré en los cines Norte donde también había coincidido decenas de veces con Luis. Elegí "Siempre feliz", una película nórdica sobre dos parejas que viven en un pueblo perpetuamente nevado. Una de ellas, formada por dos profesionales liberales, tiene un hijo negro adoptado y huyen de la reciente infidelidad de ella en la ciudad. La otra pareja tiene un hijo rubio de similar edad al otro, aliado con su padre, no menos rubio, en una permanente humillación de su ingenua y sufrida madre (de pelo negro y deslumbrantes ojos claros). A lo largo del relato se producen nuevas infidelidades, se descubre una homosexualidad negada durante años, se mezclan el juego y la dominación. Incluso en esos países ricos y con esas mujeres níveas que parecen salidas de cuentos de hadas, no es fácil vivir, o convivir, que no es lo mismo pero casi. El título de la película, evidentemente, era engañoso. Pero no escondía un pesimismo feroz sino una recurrente moraleja: hay que enfrentarse a los dilemas y dolores de cada día, no esconderlos debajo de la alfombra; y no hay ninguna garantía de éxito por más cultura, dinero y experiencias que nos creamos haber acumulado. La noche estaba templada y fresca, como aquellas noches de hace veinte años en que nos íbamos a pegar carteles después de las asambleas y yo también volvía a casa en bicicleta, contento y convencido de que nuestros afanes antimilitaristas plantarían alguna semilla de un mundo nuevo. Aunque, mientras, algunos iban a la cárcel y otros se quedaban por el camino. Y los ejércitos se hacían más profesionales y esquilmaban mejor nuestros recursos colectivos. Quizá todo haya sido inútil. Estoy seguro de que Luis se merecía una vida mejor y más duradera, pero creo que admiraré siempre sus convicciones y su coherencia, como la de Manolo y tantos otros, por mucho que me duela la pérdida de alguien tan entrañable. A mí también me complacen altas dosis de soledad y esa actitud aparentemente evasiva que, no obstante, adopto para comprender toda la maraña de objetos, animales y personas en la que estamos envueltos. O, por lo menos, eso pretendo. Al llegar a casa aún pasé un buen rato con el ordenador auscultando las capturas de paquetes de datos volátiles que había dejado activas en mi ausencia y luego me masturbé con un vídeo porno y me acosté leyendo un libro extraordinario de poemas de Roberto Bolaño. Escribí unos versos recordando a Luis y, la verdad, me resultó difícil conciliar el sueño.