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ateo poeta

mis poemas y otros textos (provisionales)

 

Se me acumulan las tareas.

Llegan una tras otra, en cadena,

sin que se les haya cursado

invitación alguna a esta fiesta.

 

A las más insistentes y extrovertidas

les cuelgo, por desidia,

las etiquetas de "trabajo", "muy

importante" y "por hacer".

 

A pesar del ajustado nudo de esas sogas,

permanecen siempre a flote

gracias a algún extraño mecanismo

de supervivencia.

 

Hay otras tareas que se presentan

con alambicados señuelos:

"necesitas ir al médico", "debes

comprar víveres", "venga usted

el día d a la hora h" y "no se olvide

de abonar sus facturas".

 

Por muy sencillas y convenientes

que resulten para ocupar

el tiempo ocioso, al final del día

uno se queda con el alma a cuadros,

como una marioneta cuyos hilos

mueven a su antojo unos dioses

de vacaciones.

 

En fin, también las hay no menos

insidiosas aunque murmullen

sus cuitas en tono de confesión:

"soy una perla de tu niñez", "dame

más amor", "por qué se afligen

los caballos de viento".

 

A estas últimas obligaciones me

aplico con tesón y procuro que no

les falte alimento. No obstante, gruñen

y protestan y hasta invaden mi cama

robándome el sueño cual gato

panza arriba. Nunca se dan por

satisfechas así que, a menudo, me inclino

por taparme los oídos.

 

Todavía me pregunto por qué no

se agolpan con la misma fruición

playas tropicales, lúcidas locuras

y hedonistas devociones

de toda índole.

 

 

Después de deambular y empaparme de lo extraño,

de trazar rutas innecesarias sólo para contemplar

el latido de la vida y miradas que me miran, abro

el periódico Página 12, dicen que ya oficialista,

y emerge la foto de Videla esposado, el dictador

(nunca ex-dictador para quien redacta la noticia)

y sus acólitos sanguinarios que rinden cuentas

en un tribunal por el asesinato de un dirigente

montonero.

 

En las librerías al raso del Parque Rivadavia de

este sábado gélido de mis antípodas, me doy

de bruces con "Interrupciones 2" de Juan Gelman

y busco un lugar donde leerlo, donde los pálidos

rayos de sol me recuerden a julio, donde recrearme

a la vez con esos pibes que juegan al fútbol bajo

las insignias de "lucha" y "paz" que orlan el busto

agigantado de Bolívar:

 

"qué hicieron de aquel día lleno de tigres suaves

como tu piel/ o nidos locos

donde temblaban tus telitas"

 

o también (sin dejar de inquietarme sus barras

inclinadas, sus versos queriendo encadenarse):

 

"contra la muerte que llega contra

los sueños que soñamos/ volvemos a soñar/

atados a la ternura del agua

que manaba de vos/ es decir/

 

de libertad en libertad va tu cuerpo/

malherido de tiempo/ riachuelito

que no se secó la angustia/ fresco/ alto/"

 

En el mismo periódico relatan que, ayer, miles o

decenas de miles recorrieron las calles de Madrid,

que clamaban contra las últimas medidas infligidas

por el gobierno contra los más, como si fuesen

semejantes formas de la gangrena, del desierto,

de esa sádica administración de la miseria que

solivianta mis instintos, que erupciona siempre

en mis exilios.

 

Sería muy cómodo recurrir a la equivalencia

entre dictaduras militares y económicas, entre

esquirlas de tantas modalidades de la violencia,

si no hubiera que hacer balance de los quebrantos,

del dolor macerado, de la inflación de máscaras

y adverbios con que se encubre tanto oprobio

sin contención y nos achica la dulzura de la

mañana.

 

En realidad, ya no sé si esto es un poema o un

poema político o si sólo me refugié en mi

silencio para invocar tus besos de pueblo, tu

limón de besos, para aprenderte de memoria

porque estás en ese Madrid bullicioso y yo

sumergido en este invierno bonaerense, tomando

un respiro, anhelando, cerrando heridas:

 

"Quien se limita a contemplar no tiene hambre, no se acuerda de sí, de sus raíces, ha olvidado a su madre, se limita a buscar información. Le pasó lo más terrible: no desea.

 

El deseo es necesidad de cambiar lo contemplado para mezclarse, darse."

 

Ilustración: Juan Carlos Mestre

 

 

 

Zureos divisando Avenida Rivadavia

Zureos divisando Avenida Rivadavia

 

Hasta la planta décimosegunda

de este mirador lánguido

sobre la abigarrada ciudad porteña

vienen las palomas a exigir

la simpatía de quienes habitamos

en el aire sin obviar el vértigo

de las alturas, la gravedad y caída

necesaria de los conceptos

todoterreno, la equivocación

virtuosa y el frío añil que se

dispersa entre los cuerpos

encogidos.

 

Por una suerte de resurrección

buscamos el pan fragante

del día que se esmera y nos

tutoriza, auscultamos las

edificaciones por si se cimbrean

y vierten su perfil enhiesto

sobre el hormigueo de la vida,

y la dulce novedad del acento

de cada traslación, la motilidad

fina de quienes ensayan

lo opaco y lo translúcido,

sabernos engullidos por

sus bocanadas.

 

Mi apetito de contraluz incesante

participa en la serenidad

de la crepitación, sale a perderse

entre los aromas furtivos

de calles sin nombre porque

era justa otra constelación

histórica, porque la claridad

del ser discurre sinuosa tal que

enredadera, y el humo negro

de los colectivos tiñe la

esperanza insólita de hallar

los baobabs y los rinocerontes

en esta latitud.

 

Fotografía: Miguel Martínez

 

 

A veces pasan tres o cuatro días sin vernos

y entonces experimento el nado de espalda,

cotejo los documentos apócrifos con sus

originales emuladores y el oftalmólogo

dilata mis pupilas de rumiante con un colirio

artificial.

 

A lo largo de tres o cuatro días hay entidades

nada metafísicas que son capaces de contemplar

la inmensidad, relamer helados en invierno y

abrazar la espuma cósmica del papel amarillo

para leer entre líneas.

 

En el transcurso de tres o cuatro días nos podemos

barnizar y sustraer y afinar en el extravío como

se aprecian el fruto y la raíz, como al músculo

le inspira el movimiento, como la lengua prologa

a la fecunda palabra.

 

Tres o cuatro días pueden azorar al letargo y

poblar la corpulencia aleatoria, hacer que sucedan

el iris turquesa y la piel en vilo, el caballo precursor

y la huelga por excelencia, el robusto silogismo

y la carta de los antónimos.

 

Por una módica inconclusión, en ese lapso de tiempo

se cosecha la piromanía y la añoranza de eternidad,

se suturan las fisuras en un hemisferio del alma,

silbas tu himno de mapamundi y tiende a elevarse

nuestro peso atómico neto.

 

Ilustración: Anton Stankowski


 

Bailábamos

repletos de perversiones

(trazándolas en la esfera de lo posible).

 

 

 

Te respiro aquí.

No tardes.

 

 

Fotografía: Henri Cartier-Bresson

 

 

Me aferro a tu abismo

y nunca caigo lejos de ti.

 

 

¿Qué es un día feliz?

 

¿Será uno de libélulas y de ventanas abiertas?

¿Uno en el que los edificios mantengan

su ángulo recto y no haya que pagar por nada?

 

Tal vez un día en el que no falten las raciones

de ternura, la brisa surtiendo al rostro óptimo,

los polígonos infinitos del aleteo.

 

O uno donde conjurar el tedio y la exactitud de

lo lacerante. Donde suspender en el aire frío

los terrones salados de la ansiedad.

 

Uno sentado y plácido junto al agua, aspirando

el vapor de agua, al cobijo de tu sombra húmeda

y de tus gestos alegres como ave del paraíso.

 

Uno donde perseguir tus mechones dorados

por las vetas y los intersticios. Un día de dulces

piñones, con el gas de la transparencia, en

actitud circunfleja, en tu hombro vernáculo.

 

Un sábado o un domingo reunido con el perfume

de tu deseo, libando flores antes de su defunción.

Un día libre y esclareciendo los secretos del

taxidermista. O uno como oasis sin pronombres

ni prejuicios ni sentencias absolutorias ni

sentimientos de culpa.

 

Un día bronceado con el disfraz plateado del

silencio, una situación anómala y voluntaria

para recibir tu ambrosía a tragos. Un día

liminar, el nadir, un oso blanco confundido con

la nieve blanca y con un cielo que duele.

 

 

 

Aunque suscita consenso general

su avance imperturbable, del tronco

del tiempo pretendemos extirpar

virutas insólitas de sentido, fragmentos

leves que germinen en la pared

austera del precipicio.

 

Desgajamos el espejismo pálido

de lo finito: reuniones involuntarias

para paliar el imperio de los helechos

y de los objetos pequeños. Nada

augura que un dispositivo salvavidas

marque la contradanza.

 

 

 

Oblicuamente mengua la purpúrea ley cenital.

Adquiere existencia un linaje obsequioso.

 

Me incitaste a la preclara visión

del contrapunto y a cometer el beso.

 

Fotografía: Cintiamassafra

 

 

Hasta encontrarme, frente a frente,

con todas las metáforas de la lucidez.

 

El viaje no tiene otro fin:

desprenderme de lo sólido, no lastrar

la regla.

 

(Hallar, de nuevo,

la justa proporción.)

 

 

 

Depredando, en suma, las filigranas de un aire tibio.

Iconos menos iguales caen vencidos por el ojo que crea.

 

Al considerar los afectos mudos: qué nombres los revisten.

 

 

Fotografía: Henri Cartier-Bresson

 

 

 

Que se hilvana áurea en lo invisible.

Que tiende a desmigar las secuencias aparte.

 

Tu mano cálida bautizando mi mejilla.

 

 

 

Hoy es mi cumpleaños.

El número 42, en cardinal.

Soy consciente y el día es luminoso.

Estas fechas tan señaladas siempre me generan

un cierto extrañamiento.

Como si un individuo muy serio te parase en la calle

y dijese en misión oficial: recuerda, es tu turno.

 

Pero sé que la vida es solo inercia

y ahí enfrente las aguas espejean la inercia

y yo sólo estoy en Berlín, leyendo en la ribera del Spree,

como si me hubiera refugiado aquí por inercia.

Y hay grúas y una chimenea blanca con su humo blanco

al fondo a mi derecha y la hierba mullida de color esmeralda.

Y la gente pasea muy cerca de mí con sus idiomas distantes.

Se acaricia, se descalza, ama sus cervezas.

 

Si creyera en la ciencia estadística, 42 años me sugerirían

un ecuador, una breve encrucijada, otro callejón estrecho.

Lo único cierto, empero, es que siempre andamos

a la orilla del abismo.

Que escribimos para interrumpir lo inevitable

y escuchar a los animales.

 

Es un domingo inusitado

para estas latitudes. El verano es corto.

La temperatura suave, lindando lo sublime.

Pasa una canoa.

Un gorrión merodea alrededor de mis pies.

Casi cae de su bicicleta uno de esos niños rubios.

Es posible que se fijen más en mis rasgos latinos

que en el número 69 inscrito en mi camiseta.

Unos jóvenes teutones se burlan de un hombre rumano

o turco que recicla botellas.

No verán el partido de fútbol porque su selección ha sido

eliminada y sus bancos seguirán cobrando nuestras deudas.

Parecen felices con su frívolo bienestar.

Por qué luchar.

Para qué seguir viviendo.

No sé si llegarán a preguntárselo.

 

También son lujos

mis alegres extravíos.

Sonreír, inaugurar un mes cálido, tomar algunas frutas

del racimo de la plenitud.

 

Cada 5 minutos circula uno de esos trenes incombustibles

cruzando el puente en forma de media luna.

A mi espalda una pareja se entretiene jugando al ping-pong.

Se cumple la tarde, hay menos afluencia

y tal vez el amor sea enfermizo y necesario como una medicina.

Lo que no acepto es un canon

para lo leve, para lo magro.

La claridad se adivina cuando se deshilacha tanta violencia,

todo lo absurdo y lo superfluo.

 

Dónde estarán ahora mis hijos floridos.

Cómo descubrirán este mundo trucado, el artero ajedrez.

Son delgados y anhelarán como esponjas.

Yo no tengo frío y para qué la nostalgia.

Todo porvenir es mejor.

Mejor zambullirse en la dicha ensortijada.

Mejor rendirse a los automatismos de lo que nos deslumbra.

Mejor erguirse con ternura, como se baila.

 

Ahí están las trayectorias circulares, la crin de las olas

donde se sumerge la voz.

Los abrazos ciegos.

Vienen a mí como perfume y abrigo, a celebrar

la excepción, lo vulnerable,

este azaroso equilibrio.

Anochece.

Puede llover, respiro más humedad.

Tengo hambre de luz, as usual.

 

Fotografía: Miguel Martínez

 

El lecho del río es espacioso,

caben todos tus besos postergados

y unas pocas horas de la mañana

ajenas a la obsolescencia.

 

¿Qué vientos acariciarán ahora

tus piernas, beberás zumo de naranja,

seguirás desnuda en tus sueños

bajo una sombrilla arcoiris?

 

Siempre me voy para empaparme

de ti, para tragar tu luz

y tu abundancia.

Con esas esquirlas, al compás,

me concedo el capricho helado

del instante.

 

Siempre vuelvo con la ebriedad

del extrañamiento,

con el peso liviano y la lentitud.

Hago pie en tu curso de agua.

Intento la flotación,

que se despliegue el silencio.

 

Como esas frambuesas delicadas

ahí delante, para mi boca.

 

 

 

Nada se acaba:

ni el sentido último de las palabras,

ni la capacidad de nuestro cuerpo

para dar al mundo.

 

Cada huella reclama

una fidelidad inexacta, pero sincera

con la memoria de arena.

 

¿En qué dulzura ética

habrán hallado remanso los ecos

de un gesto amable e inconformista,

de una espalda erguida,

de la conciencia del dolor?

 

En la claridad de lo común

forjada en la edad implacable.

O en esperar, avizor,

otras respuestas al vuelo.

 

De un lugar a otro, lo que se cierra

puede perdurar y seguir cultivando

formas, alientos.

Ningún rencor permite

dirimir la maraña del horizonte.

 

Aullidos al alba,

es hora de insistir en la vida.

 

 

Fotografía: Henri Cartier-Bresson

 

 

 

 

Seres de humo,

pendulares, libres hacia su derrota,

emancipándose

de la ceguera que los contiene.

 

Se quitan las máscaras,

a pulso de aire, como quien desnuda

a las palabras del deseo.

 

Id a ver el mar

que no descorazona.

 

Id a ver cómo crepitan

los labios sedientos, salados:

el norte del zahorí.

 

Fotografía: Ara Güller

 

 

 

Lo volátil de la brizna,

la caducidad y el renacimiento,

los momentos para la melancolía

o para la llama y la dispersión:

 

hay tantas mutaciones

que nos cuesta comprender.

 

Ilustración: Jospeh Cornell

 

 

Por encima de los algoritmos sagrados, de los nombres

falsos inscritos en las pirámides enterradas, por encima

 

de los tabúes que carcomen la simbiosis acéfala de la

cultura y la sumisión, a vuelapluma, ciñéndome al pecho

y al jardín de esencias delebles, replicando los ilógicos

acertijos que mencionan los grandes ideales, los honrados

discursos ambulantes, la lágrima del narcisismo, la quimera

del destino y del sacrificio, de la profecía y de la unidad no

menos que de la cópula,

 

                                           por encima si acatara esa misma

dimensión o al margen del margen del margen si en otra

página de la historia discontinua y falible de nuestras

guerras de manos,

 

                                 más allá del caracol, como zancada de

galgo, con la hospitalidad preventiva sin naufragar en

el bucle de quien ama el amor en lugar de girar en el aire

cuando sus embestidas, solo esos ojos inventarán

astros como ojos y peldaños reversibles que tan pronto

te conducen a lo sublime como a trastear en las mieles

de lo prohibido,

 

                             por encima o por detrás de los cuerpos

acariciados por la música con su voluntad ensortijada

y el néctar de la especie transpirando su fosforescencia,

obsequiando las gracias imprevisibles, merodeando por

la conciencia insomne de quien ha visto las flores muertas,

pasto de otras flores, lecho para las niñas alga y los

niños girasol, solo vamos hacia esas criaturas leves

sin adjetivación, huelgan las transacciones aunque haya

sedimentos, en el afán del juego la única ley es caer y

caer hasta aprender a caer mejor,

 

                                                          por encima o sin ánimo

de odiosas comparaciones discutamos qué es lo mejor

aquí y en estas circunstancias, cómo la ola engulle,

qué orfebrería tallará lo necesario y lo innecesario,

por qué la melodía del silencio embriaga, dónde se

asentará la vana esperanza y su perfil de juncos en los

humedales de agosto, si somos mejores que la tibia

mascota y el abrazo de la mecánica servidumbre,

cómo nos haremos cómplices de la luz.

 

 

Ahora entiendo por qué tanta aflicción

se aplaca con onzas de chocolate negro

y helados de licor y pistacho, por qué no

es posible mencionar la palabra futuro

sin que brote la sangre culpable de los labios

y tiemblen la clorofila y el espantapájaros.

 

La garganta sedienta y la voz rota abdican

de sus responsabilidades. El amor se extiende

como una metástasis hasta topar con lo

perplejo y la moral. Hay intérpretes de los

movimientos pendulares y el ardor dactilar

que ignoran el calibre adecuado, la mesura,

el fiel de una oxidada balanza donde se agazapa

un tahúr subjetivo.

 

Es incomprensible que desee envolverte con

un manto de estrellas y, a la vez, se rinda

mi respiración en el fondo deslumbrante del

océano voluntario. Huye el ciervo hacia su

lecho mentolado cuando descubre la mirada

furtiva. Quién desea las úlceras de estómago

que suscitan las montañas rusas. Qué atlética

resistencia puede predecir el cortocircuito.

 

He luchado por desnudar la luz. He instruido

a mis vértebras y caderas con los violines y

méritos de las tuyas. He sacrificado el gélido

vacío con la cuchilla de tu visión sincera.

He escuchado la flauta del dolor. Bajo los aludes

de tus caricias albinas, hipnotizado por tu

pedalear lubricante frente a los alisios, en la

brevísima insignia que esbozabas en el aire,

he hallado el fulgor y un domicilio cárdeno.

 

Cómo aceptar, entonces, la periódica

caducidad, el peso pluma del vínculo, las

rendijas de sombra en el atisbo de la nieve.

Las leyes del azar determinarán qué vuelo

y qué jardines pueden beneficiarse de esa

materia sin raíz, dónde se obstinará, cuál

es su aliciente. Agitada brizna, donante que

conspira, humilde topología que declara

el armisticio, teje, ausculta, amasa y

celebra sin grandes alharacas.

 

Fotografía: Walter Sanders