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ateo poeta

distintos finales igual de intrascendentes

distintos finales igual de intrascendentes

 

Antes pedaleaba rápido

como una centella

con tal de ganarle

cinco minutos

al trayecto de vuelta

a casa.

 

Ahora pedaleo rápido

pero sin prisas ni afán

tan sólo por combatir

el frío de enero

y el tedio del tráfico

motorizado.

 

A mi paso por el bosque

las encinas

ni se inmutan.

 

A ellas,

mis diatribas,

ni fu ni fa.

 

Siguen firmes

en su sitio.

 

Ni una brizna

de sus ramas

se altera

ante el espectro

de la velocidad.

 

 

Ilustración: Erick Beltrán

 

A los rascacielos se les otorga

toda clase de magníficas prebendas

y ovaciones boquiabiertas.

 

Yo mismo me he dejado engatusar

por sus alturas

de promesas

panorámicas

y sus pieles acristaladas

y refulgentes

por las que a veces

se descuelgan

los hombres araña,

los señores de la limpieza:

escaladores a tiempo parcial

que encuentran aquí

remuneración

a sus dotes respiratorias,

a su vida sin vértigo,

a su valor ante la nada

hambrienta

de cuerpos reptando

por un plano

vertical.

 

Pero por mucha grandeza

que ansíen

los dueños

de los pináculos,

nadie puede sustraerse

a la escala

de melancolía

que proyectan

sus luces

y sus sombras.

 

Por cierto, torres

más altas

han caído.

 

 

 

Ilustración: Ed Templeton

 

 

Sabíamos que la manifestación

en defensa del sistema

público de salud

tendría lugar a las doce

del mediodía.

 

No pudimos prever

que un arrebato

de solidaridad

-apenas un cuarto de hora antes

de salir de casa-

nos postraría desnudos

sobre la mesa de operaciones

de la cocina.

 

Al objeto de paliar

nuestras más oscuras dolencias

nos prescribimos

una rápida exploración

de los órganos vitales,

aunque con las prisas

se derramó la confitura

y se vertió la leche tibia

sobre tu convulso

vientre.

 

Con esas dulces medicinas

en los labios y dosificadas

contra reloj

nos mordimos

con impaciencia

hasta perder del tiempo

toda noción

y rendirnos al cuidado

de los brazos intensivos

tras el grito final

y turgente.

 

El resto de la jornada

reivindicativa transcurrió

sin mayores

incidencias

reseñables.

 

 

 

Fotografía: Arne Wahlen

 

 

La soledad es reparadora

si soñamos despiertos.

 

De ahí, volver

con más ahínco

a lo común.

 

 

Ilustración: Ricardo Basbaum

 

 

 

Todas estas preguntas

que alzan el vuelo

y huyen por las ventanas

cada vez que las abro

para airear la casa.

 

 

Fotografía: Gordon Parks

 

 

 

Cuando algunas mañanas

soleadas me asomo

a las aciagas páginas

del periódico

 

y compruebo cómo surgen

más casos de corrupción,

cómo nos siguen apretando

las clavijas quienes gozan

de salarios astronómicos,

y cuánta palabrería sucia

llena sus bocas bien

amaestradas,

 

me felicito a mí mismo

por conservar unas dosis

de cordura.

 

 

 

Y entonces frenar,

bajar el ritmo,

recluirme

y perder el tiempo

a mi antojo,

escuchar

mi propia voz

y llevarle

la contraria,

investigar

en esos textos

deslumbrantes,

recordar

que la vida social

se debe

a su justa medida,

decidir

en qué nueva lucha

mis fuerzas

hallarán sentido,

 

acordar

por unas horas

un armisticio

con el silencio.

 

 

Fotografía: Lewis Hine

 

 

 

 

Me intento acercar

al hueso que te sostiene,

al centro de tu marea

en calma, a los propósitos

que no vas a postergar más,

a la ternura de tus gestos

involuntarios esparciendo

su aroma por mi mirar

insaciable.

 

Confío en que tú procedes

de la misma manera.

 

De lo que nadie nos previno

es de las reglas de este juego:

damos dos pasos adelante

y una extraña fuerza

nos hace replegarnos

uno para atrás.

 

 

Fotografía: Ana Nieto

 

El enorme galimatías

de intuir

la fecha de caducidad

de este mundo,

 

de amar

con apenas un puñado

de certezas

en los bolsillos,

 

de vivir

con las riendas

desbocadas.

 

 

Fotografía: Pierre Vallet

 

 

 

 



 

La exposición de arte

nos conducía dóciles

por el recorrido trazado

de antemano, aunque

algunos niños correteaban

exploradores, saltándose

las flechas indicativas

a la par que otros

díscolos turistas

también transgredían

la visita pautada,

como por despiste.

 

La sala laberíntica

y aséptica, propiedad

de una entidad bancaria

que lava así su cara

macabra y sangrienta,

mostraba las obras

como cultura muerta,

como imagen sin afecto

ni olor a comida,

sin rastros de las becas

y rentas de alquiler

que las fraguaron,

como pensamiento

estático e histórica

erudición.

 

Anoté en mi libreta

algunos nombres

y me fijé atento

a las formas de mirar

de cada espectador

hasta concluir

con paciencia

el cortejo ritual

de la falsificación.

 

Y luego me preguntas

por qué no me desmeleno

o hago un poco más el payaso

en la pista de baile,

con lo bien que me sienta

y lo mucho que te gusta.

 

 

Ilustración: Adriana Varejao

 

Mario, pasados sus 19,

acaba de estudiar

sus ininteligibles fórmulas

de química.

 

Luis, ya próximo a los 18,

leía a ratos el libro

que le sugerí ("Soldados

de Salamina") cuando no

navegaba por las

telarañas virtuales.

 

Ahora juegan al Trivial Pursuit

"Genius Edition" y dicen

que es para viejos porque

yo recojo los rebotes

de sus fallos mientras

indago en qué lugar

del mundo iré a dar

con mis huesos.

 

No comemos turrón

ni hay luces estridentes

a modo de enredaderas.

 

No hay nada que celebrar

excepto estos momentos

en los que su alegre

juventud aplasta

sin compasión

toda nostalgia

del futuro.

 

 

En esta cita

del fin de año,

se agolpan miles

de corredores

por las calles

adyacentes

a la zona de salida.

 

Los vagones del metro

los transportan hasta aquí

como a sardinas en lata.

La mayoría lucen el atuendo

con los colores oficiales

aunque también se lleva,

afortunadamente,

el disfraz y el mensaje

reivindicativo.

 

Después de calentar

los músculos

y de posar

para las fotos de rigor,

la masa comienza

a galopar

y a dominar con maestría

su resuello, sus miedos,

sus promesas.

 

Corren por amor,

por amor al arte,

contra sí mismos,

contra el dios del tiempo,

contra la soledad,

porque es posible

detener la circulación

urbana, ocupar

el vacío, vencer

la mirada complaciente

del espectáculo.

 

La última cuesta arriba,

por la Avenida de la

Albufera, a partir del

kilómetro seis, exige

superar las barreras

del sufrimiento,

abandonar toda

megalomanía con

humildad

y dosificación

del poder de las

zancadas,

de aquel antiguo

instinto

de supervivencia.

 

Poco importa el final,

alcanzar esa meta

quimérica con una

u otra marca a batir

en la próxima ocasión,

pero la mayoría sonríe

y se abraza a alguien

o a su sola idea

o sensación térmica,

y los dedos se enfrían

de nuevo,

el metro vuelve a

reventar justo hoy,

otro día de huelga,

y yo todavía

sigo sin explicarme

por qué fui

durante tantos años

un corredor

de fondo.

 

 

Fotografía: Michal Giedrojc

 

 

Hay un río

circular,

inevitable,

en el acopio

de citas

eruditas.

 

Nos rendimos

a su magisterio,

al asombro

que nos produjeron

la primera vez,

como el beso

que besaba

nuestro pensamiento.

 

Después las entregamos

como una falsa moneda

cada vez que deseamos

suplir el vacío,

acompañar

a nuestras palabras,

a esas que nunca

serán capaces

de decir nada distinto,

por muchas piruetas

y malabares

que se nos ocurran.

 

 

Fotografía: Ihei Kimura

 

 

 

Las dedicatorias

en el frontispicio

pueden sonrojar

y también empalagar.

 

Aunque agraden

a su destinatario,

dejan una huella semejante

a los relatos ostentosos

de las vacaciones.

 

A quiénes conocemos,

en cuántos lugares hemos

aterrizado.

(¿Y tú de quién eres, chaval?

Repetían en el pueblo

hasta la saciedad.)

 

Nos inventamos un currículo,

sumamos nombres,

nos presentamos en alianza

con un oscuro capital

social.

(¿Y quién puede saborear

un vínculo afín?)

 

Pero lo mejor ya se ha perdido,

irremisible,

y se estremecería la tierra

si alguien nos preguntara

por la luz única

de esos recuerdos.

 

 

Fotografía: Manuel Toro

 

 

 

Me preguntas acerca

de mis intimidades

como si fuera sencillo

enunciarlas sin

balbucear,

sin temblar

como el árbol

sacudido por el tren

que pasa a su lado.

 

Sabes que me duele

el niño que sollozaba,

todavía,

después de tanto tiempo.

Que me duelen

los dolores ajenos

y su grito

tan a menudo

insoportable.

 

Sabes, por último,

que me duele

la conciencia

de la soledad aterida,

la no deseada,

la que permanece

como los posos

y precipitados

en el líquido

de esta vida

turbulenta

con tantas compañías

aparentes.

 

Lo que me entusiasma

prefiero que lo descubramos

juntos.

 

 

Fotografía: Anja Bührer

 

 

 

 

Lo extraordinario acontece.

 

Para apreciarlo,

antes hay que sucumbir

a la prolongada tiranía

del tedio.

 

 

Fotografía: Marina Dias

 

 

 

De todas las plantas

que siguen vivas

en mi casa, el ficus

es la que más me

intriga.

 

No demanda mucho

líquido elemento

y crece con

exquisita

parsimonia.

 

Pero he visto notorios

ejemplares en los parques

del sur y sospecho que el mío

amenaza con una selva

tropical.

 

 

Ya vendrán otros libros.

 

No pretenderás que quepa

todo el mundo

en uno solo.

 

 

 

Aquella mujer nació en el norte de América

pero su nombre, Lhasa, provenía

de la cordillera del Himalaya por un capricho

materno. Ese inesperado viaje espiritual

debió de apropiarse de su voz cálida

y rasgada confiriéndole el don

de limar lo superfluo.

 

Murió joven, víctima de un cáncer de pecho,

una traición de la naturaleza animada

con la que había entablado

un pacto melodioso.

 

De todas las instantáneas sonrientes

que se registran de ella y de sus versos,

me quedo con esos dos:

"no me tientes con la perfección,

tengo otras cosas que hacer."

 

Ni la perfección del amor

ni de la muerte.

 

Nosotros siempre coincidimos

a deshoras.

Nos arrastra la anomalía.

 

Nos extrañamos.

 

 

 

El día transcurre monótono,

el frío y el sol hacen su trabajo,

la portera canta mientras

le saca un brillo reluciente

a esos pasillos blancos,

los porteadores chinos con su

trasiego de cajas de cartón,

la radio exhala sus voces

a vuela pluma.

 

¿Por qué pienso entonces

en esas horas finales

que preceden a la muerte?