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ateo poeta

 

Escribir artículos científicos

me exaspera.

 

Es como arrastrar una piedra

gigante cuesta arriba

con tus solas manos.

 

Su masa contra tu voluntad.

La inclinación del camino,

la cima invisible,

los interminables obstáculos

que pueden ser otros guijarros

de menor tamaño.

 

A mitad del trayecto siempre

arrecia una tormenta

de críticas

desalentadoras.

 

Dan ganas de tirar la toalla.

De disfrutar viendo rodar

esa mole montaña abajo.

De deleitarse con las vistas

oceánicas que proporcionan

las alturas.

 

Si no has sucumbido a las trampas

tendidas, a la retórica

o a las múltiples distracciones,

puedes alcanzar

una meta volante.

 

Y enseguida divisas cumbres

más altas y lejanas.

 

Y no das crédito

a la piel que te has dejado

en la partida.

 

Y, no obstante,

continúas albergando

la misma vana ilusión

de dotar de transparencia

al mundo.

 

 

Fotografía: Carmen Marchena

 

 

 

Lhasa

Lhasa

 

"Don’t you tempt me with perfection.

I have other things to do."

 

Lhasa de Sela, I’m going in

 

 


 

Para qué inventarnos

una vida llena de desdichas

y calamidades.

 

Podemos ser igual de atractivos

con nuestra resistente

pequeñez.

 

 

Fotografía: Sakiko Nomura

 

 

 

Me tomas una fotografía.

 

No es natural, no puede serlo

desde que sé que estás ahí

en frente o en diagonal

con tu cámara.

 

Tampoco sé quién soy,

quién seré cuando quede

congelado en una imagen.

Nadie, ni siquiera quien

tú pretendes que sea.

 

Aún a sabiendas de ello,

me das consejos, disparas

cuando menos me lo espero,

piensas en mí de una manera

desconocida.

 

Tú tampoco eres la misma.

Te retengo en mi memoria

mientras me apuntas

con tu mirada.

 

 

Fotografía: Martine Franck

 

 

 

Hay cosas, personas y palabras

que se cruzan en tu camino

sin haber salido a buscarlas,

que te regalan su presencia

y te invitan a contemplarlas,

amarlas y entenderlas,

no necesariamente

por ese mismo orden

ni en biunívoca

correspondencia.

 

Una de dos: o el azar

es un dios poderoso,

o mi voluntad muy

impresionable.

 

 

Fotografía: Sibylle Bergeman

 

 

Ese hombre, Wim Mertens, me fascinó

como si no fuera real, su voz no tenía sexo

ni edad, sus cadencias al piano proyectaban

el ensimismamiento de los pájaros y de las nubes

en nuestra perplejidad de humanos mortales

luchando sin certezas por un placer o un amor

que se alimenta del aire.

 

Es ese tipo de música el que arraiga

en mi deambular medio feliz

y medio atolondrado.

 

 

Fotografía: Ana Nieto

 

 

 

También escribo

cuando estoy contento.

 

Tal vez, menos, pues esa musiquita

bailonga que llevo a todas partes

no deja de distraerme.

 

 

Fotografía: Henri Cartier-Bresson

 

 

Mi madre reside

en un barrio triste

de Fuencarral (Madrid),

una de esas colonias

pobres construidas

bajo la dictadura,

con diseño obrero

de lo más sobrio

pero que las flores

y jardineras

se han encargado

de ornamentar

con su ritmo lento

y firme si se lo juzga

en comparación

al abandono

premeditado

y con alevosía

de las autoridades

competentes

a lo largo de todas

estas décadas.

 

Ha vivido en otros

barrios de mejor

condición, pero este

le quedaba cerca

del trabajo y se mudó

ahí sin importarle

en exceso la vejez

de sus vecinos,

la población

extranjera siempre

desplazada a

alguna periferia,

la juventud

en paro

con una lata

entre las manos

o haciendo

sus trapicheos,

los bares

grasientos,

las peluquerías

con sus chismes

y esos colmados

sombríos

que parecen

anclados

en otra época.

 

Al principio

alquiló incluso

el que fuera

el piso de mi

admirado

profesor

Jesús Ibáñez,

catedrático

íntegro y sabio

que siempre

renunció a lujos

superfluos

y que elaboró

su crítica mordaz

y sociología

desde esta humilde

guarida.

Después se fue

unos portales

más arriba

en la misma calle

y yo la acompañé

unos meses

como para saldar

mis cuentas

filiales

y aprovechar

la oportunidad

exploratoria

de estos márgenes

urbanos.

 

Ahora voy poco

por allí,

a comer

en alguna fecha

señalada,

y a reconocer

en vivo

esas líneas

de violencia

que subyacen

a toda ciudad.

 

 

 

En lugar de citas

pedantes para complacer

a tirios y troyanos,

prefiero la anécdota

de los héroes caídos.

 

Como aquella apócrifa

que decía que el libro

más cojo y tuerto

de Benedetti, una suerte

de haikus de libre

configuración,

hacía las delicias

de los ejecutivos

que viajaban en

business y que jamás

hubieran digerido

más de tres líneas

de denuncia

en verso,

de lírica combativa

contra la tortura

generalizada

y la complicidad

de esos mismos

acomodados

lectores

y enemigos

de clase.

 

Aparte del ostracismo

voluntario,

qué podríamos hacer

para que estos poemas

les repugnen

si es que llegan a caer

en manos tan limpias

y en tan sucias manos.

 

(Dejando al margen,

pelillos a la mar,

que por error y overbooking

a más de un poeta punk

-etiqueta canalla

con no poca impostura-

nos han reubicado

alguna vez en primera

y no hemos dicho

ni mu, faltaría más.)

 

 

Me dijiste que tenía suerte,

que al menos yo tenía

la escritura como terapia

y que así cualquiera

supera un contratiempo

sin albergar intenciones

suicidas ni deprimirse,

total, en un texto cabe

almidonar las rupturas

sentimentales, maquillar

a tus muertos

a conveniencia,

reírte de las cuchilladas

traperas que no alcanzaron

tus órganos vitales

y que provenían

de esos seres cercanos

que considerabas

inexpertos en tales

artes.

 

Menos mal que yo nunca

he confiado tanto

en este pozo

sin fondo.

 

 

 

Rectificación:

nada de aquello aconteció,

mi amor.

 

Apenas miré sus ojos fulgentes

cuando me inquirió con pícara

inocencia: "¿deseas algo más?"

 

No recuerdo ni el terciopelo

de su voz mientras

me despachaba ágil

y yo musitaba

lacónico

mis respuestas

funcionales.

 

Sólo comencé a imaginarme

la voluptuosidad

de su figura

una vez que caminaba

de vuelta casa

intentando rehacer

el puzzle

de la turbación.

 

Después almorcé solo,

como de costumbre,

leyendo a la vez

un libro y la pantalla

del ordenador,

sedienta,

palpitando.

 

Así cumplí mi cupo

diario de escritura

y de onanismo,

mi amor.

 

Debes comprenderlo.

De algo tenemos

que vivir.

 

 

lucha de clases

lucha de clases

 

Es suficiente

con darse una vuelta

por Serrano o por

el Paseo de la Castellana

para convencerse

de que toda esa

abundancia

no se va a repartir

por las buenas,

así como así.

 

Ya sé que todas

esas niñas bonitas

-con sus faldas

aplisadas y sus medias

sin carreras-

llorarán de lo lindo.

(Qué le vamos

a hacer.)

 

Nada que ver,

en todo caso,

con nuestras estoicas

plañideras.

Seculares

y milenarias,

incluso.

 

En fin, no es ahora

momento para

flaquezas.

 

 

Fotografía: Michal Chelbin

 

 

Hay temporadas en las que me siento poseído,

embarazado de versos que pugnan por ver la luz,

aun sin mi consentimiento.

 

Ocupan un espacio liminal del cerebro sin atisbo

de vergüenza alguna y no me permiten pensar

si no es para dar caza a las palabras e ideas

que manan de otras bocas.

 

Casi no presto atención al contenido de lo que leo

o de lo que me cuentan pues no puedo librarme

de esa gimnasia mental ahí dentro, lejos,

donde toda la materia es dúctil y susceptible

de acabar en estas cenizas.

 

Mentiría si afirmase que soy del todo inocente

por practicar estas flexiones.

 

¿Qué interés tendría la vida, en todo caso,

sin una pizca de fingimiento?

 

 

Ilustración: Felipe Benítez Reyes

 

Para escribir un poema breve, hoy,

existen tres opciones.

 

Decir que tienes poco tiempo

porque tu madre te espera

para comer y ya hacía mucho

que ni la llamabas.

 

Echar de menos a la mujer

que amas locamente a pesar

de que hace solo unas horas

que os despedisteis y sigues

temiendo que sea

para siempre.

 

Volver a esta inútil adicción

de la literatura y recordar

la cantidad de papel en blanco

que derrochan los editores

para acoger apenas el aliento

de unos versos breves.

 

 

Fotografía: Bruno Barbey

 

 

 

En nochebuena -que no entiendo

por qué debe ir con mayúsculas

ni por qué debe ser buena, o,

más bien, digamos, que no quiero

entenderlo-

 

                        ni se te ocurra salir

a pasear por las calles fantasmagóricas,

ni te hagas el despistado dejando

entrever que estás en tu casa al socaire,

ni escribas por ahí cualquier improperio

que denote tu animadversión a este

orquestado maquillaje

de la infelicidad

rampante.

 

¿Qué grado más bajo

del ser asocial

se te podría atribuir?

 

 

Fotografía: Gloria Rodríguez

 

 

 

 

Muchos ensalzan el amor

aquí y ahora.

 

Muy pocos se sustraen

a los encantamientos de serpiente

y no cesan en su inventiva

de futuros proyectos

en común.

 

Quizá todo se reduzca

a mantener vivas las preguntas

igual que se mantiene erguida

la serpiente:

¿qué es esto aquí y ahora?

¿qué nos puede deparar

como sigamos así?

 

 

Fotografía: Carmen Navarrete

 

 

 

Hoy toca recordar la lección

de Roman Jakobson acerca

de la función metalingüística.

 

Aunque sea duro reconocerlo,

por debajo de los abalorios

y de los juegos de palabras,

escribo para que me quieras.

 

Tú, sin embargo, aceptas

el poema como irrefutable

prueba de amor.

 

De ahí que surjan tantos

malentendidos.

 

 

Fotografía: Erwin Blumenfeld

 

 

 

No lo volveré a hacer.

 

No compraré más gardenias

al objeto de decorar la casa

con algo de verde y colorido.

 

Esta planta es terriblemente

sensible y a la más mínima

contrariedad en sus dosis

precisas de agua, abono,

luz y temperatura,

se marchita sin remedio,

casi orgullosa,

como ejemplo indiscutible

del suicidio narcisista.

 

Y, para colmo, está

la maldita profecía

del bolero.

 

 

Fotografía: Gloria Rodríguez

 

 

A veces también puedo mantener

una conversación normalmente.

 

Incluso por teléfono.

 

Me sorprendo mucho a mí mismo.

 

 

Fotografía: Gloria Rodríguez

 

 

 

Me gustan mucho

los besos furtivos

y robados en momentos

de normalidad, entre

la masa de gente

más o menos anónima,

o en medio de eventos

aburridos y formales.

Esos que se extravían

del plan de actividades

previsto y que te pillan

por sorpresa,

desarmado y feliz,

que no son adjetivos

antónimos, que yo sepa.

 

También me agrada

que sean apasionados,

incluso tipo ventosa

o tornillo -complementados,

si se quiere, con las manos

sujetando la nuca-,

pero dejando un rastro

de silencio tras de sí,

como esa música

que se frena en seco

y no sabes si continuará

de nuevo y tu respiración

entrecortada se conecta

rauda con tu cerebro

imaginando los siguientes

acordes mientras te relames

la miel de los labios.

 

Los otros, los besos

rutinarios también cumplen

su función fática -la de

mantener el vínculo-,

qué duda cabe, pero

tienen muchas flores

que envidiar a los

arriba mencionados.