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ateo poeta

mis poemas y otros textos (provisionales)

 

Qué palabra se resiste

a un significado hueco.

 

Albergue del amor a dentelladas.

 

Claridad y éxtasis,

no monsergas.

 

 

Fotografía: Imogen Cunningham

 


 

Preferí imaginar que no

te desnudabas completamente,

que no había tiempo que perder

y los velos prolongaban la habilidad

de mis extremidades.

 

Tu luz celestial agitándose

a ráfagas, de rodillas sobre mi cuerpo

rendido, ajeno, absorbiéndote hasta

la saciedad. Mujer púrpura, mujer tuya,

mi tristeza no tiene cabida.

 

Por muy lejos, por muy oriental, por

mucha sed que revele la arena blanca,

es una epifanía cada culminación.

Nada que no puedas abrazar. Minerales

y espaldas que amas.

 

Cómo maduran esos rostros suaves,

esa tez besable que auspicia una

respuesta. Ibas hacia el crepúsculo

y nadie se opuso a tus vicios.

Destello lácteo, exhaustivo.

 

Portentosa maternidad, nacarada.

Me enrosco a ti, ya muera la noche,

queda agua.

 

 

 

Los momentos vacíos,

cuando piensas en el sufrimiento

de toda esa gente ultrajada, desnutrida,

susceptible a que el milagro de lo inmenso

se cancele súbitamente, sin compasión alguna.

 

Tanta crueldad. Injustamente. Siempre

a tu lado.

 

 

Ilustración: Robert Hardgrave

 

 

Si no hay idioma,

hay lejanía.

 

Un cerco, solo piel

y respiración.

 

Nado entre muchas

distancias. Se oyen pasos.

 

Me pregunto si mis

íntimas nociones irán

evaporándose gota a gota.

 

Si una pérdida conlleva

un premio que adivinar.

 

Y cuántas anomalías

sucediendo antes, pronto,

indiferentes a que culmine.

 

¿Cómo orientarse

en un mundo

que se disipa?

 

¿No bracean igual

quienes creían en lo sólido

y el arraigo?

 

Tarde o temprano,

las certidumbres

pierden su perfil.

 

Esos arbitrarios

nombres propios.

Mientras tú converses

conmigo.

 

 

 

 

¿Para qué echar la vista atrás

de lo que fuimos si nada vuelve?

 

¿O sí?

 

¿No permanece insidiosa

y lenta esa memoria de los puntos

de inflexión donde lo apostamos

todo a un amor aunque podía haber

sido otro el elegido?

 

¿Qué anhelamos? ¿No es lo mismo?

 

¿Para qué echar la vista adelante?

 

¿Volvemos a lanzar los dados

o nos conformamos con sonreírle

a la suerte?

 

 

Fotografía: Ana Nieto

 

 

¿Has olvidado tu sombra

en alguna verde pradera con el mar

rugiendo de fondo, donde lo vulnerable

no tenía cabida en el silencioso diálogo

que mantenías con su majestad

el precipicio,

 

y los animales alados seguían

a lo suyo y en esa arrítimica geometría

ya solo esperabas que una brizna te acariciara

las mejillas, algo sólido bajo los pies, membranas,

vértebras, ojos abiertos y vacíos y llenos

y cansados porque era el momento

de ponerle fin al dolor, de ayudar a que

siguiera su curso y sedimentase como

corresponde a su propia naturaleza

y quién soy yo,

 

y qué puedo alterar

de todo ello, con qué derecho si

los tifones y los cráteres y el resurgir

de esa peligrosa capacidad de extasiarse,

como si todo fuera tan sencillo?

 

 

Fotografía: Ana Nieto

 


 

Un ejercicio de gratitud

como forma de extinguir

los residuos de la nostalgia.

 

Una cura de humildad, el reflejo

de la sed, la calma que me pide

el cuerpo entre tanto trasiego

de contradicciones.

 

Y la ciudad brillante, magnética,

que me inunda porque alma

no espero.

 

 

 

¿Cómo se acepta la herida?

¿Del mismo modo que la erupción

y la vuelta a la amalgama?

 

Los animales de sangre caliente

observan circunspectos.

Lo que duele es la memoria alerta

al fondo de la oscuridad.

 

Yo también quise arrancarle al color

lo voluptuoso del tiempo falso. Vacaciones,

ceremonias, libélulas.

 

¿Cómo se nombra al exterminio

de los cuerpos metálicos que obstruyen?

¿Quién se atreve a perdonar

la tibieza una y otra vez reversible?

 

Un santuario detrás de la lluvia,

un motín.

 

 

 

Por alguna extraña razón

se congregan en el mismo claro

del parque.

 

Las cometas se enredan en las copas

de los árboles o los hilos que las unían

a la tierra con unas manos

y un aliento,

se entrelazan con una fatal

consecuencia.

 

Las que sobreviven a la fragilidad

del ascenso se persiguen y besan,

otean su propio horizonte

y algunas deciden alejarse

infinitamente,

para siempre.

 

Entonces sabes que lo más bello

nunca te pertenecerá.

 

 

Ilustración: Julie de Waroquier

 

¿Qué otro ángel podría haber

sino aquél deslizándose

sobre el hielo?

 

Mi vida sería zafia y obsoleta

si no fuera por esos ademanes

delicados, pidiéndole permiso

al aire.

 

Existen el vuelo y la luz.

¿Por qué iba a declinar

lo maravilloso ahora

que se fortalece?

 

 

Primero nos pidieron

la contraseña.

 

Después nos dijeron

que no era una contraseña segura:

debíamos reforzarla.

 

Más tarde nos advirtieron

de la nueva normativa

en materia de contraseñas:

deberían ser ininteligibles.

 

En la siguiente vuelta de tuerca

nos obligaron a memorizar

varias contraseñas

ininteligibles y siguiendo un orden

que ningún robot pudiera adivinar.

 

Un día llegó un aviso urgente:

las contraseñas serán modificadas

regularmente, cada pocos meses,

semanas, días o, mejor, cada vez

que se solicite el permiso de acceso.

 

El laberinto de las múltiples contraseñas

que se bifurcan instaló nuevas

alambradas, trincheras y cortafuegos

a lo largo y ancho del continente

cognitivo en el que pretendíamos relajarnos:

nuestro dinero no estaría a salvo, perderíamos

nuestra valiosa información, nos infectarían

de destructivos virus que darían al traste

con nuestra carrera, listas de contactos

y recordatorios de los lugares favoritos.

 

Antes de que todo eso ocurriera, alguien

debería haberse formulado la pregunta

pertinente.

 

 

Fotografía: Wayne Miller

 

 

 

Ese país de guirnaldas, farolillos rojos

y lámparas de papel de arroz.

Ese país de inciensos y combustiones

que despojaron de sus fragancias

a las brisas benefactoras.

Ese país de enigmáticos abismos

tras los ojos dolientes, las pieles tersas

y ajadas enseguida por la compulsión

de la faena, los chubascos

monzónicos y el delirio de las amapolas.

Ese país que vuela a lomos

de mitologías ancestrales

aún encarnadas en los labios

de los egregios miembros del partido.

Ese país que pienso oblicuo

y horizontal, con sombras en sus flancos

y sus nieves perpetuas, lejos y dentro,

donde nace el remolino.

 

 

Fotografía: Carmen Acero

 

 

 

En una orilla en penumbra o en las calles

cansadas de una ciudad milenaria.

Los besos almibarados, los besos con la ternura

irrepetible y generosa como una noche cálida

o ebria o, simplemente, amarga.

El tiempo perdido o descuidado, tal vez omitido

de las declaraciones y filigranas que enredan

la vorágine del vivir al día

y sus interrogantes en suspenso.

 

Esos que presienten el confinamiento entre

lo azul y lo etéreo, la proximidad

de los pies sobre la tierra.

 

 

Fotografía: Bruno Barbey

 

 

Es un mar vertiéndose por encima,

a jarros, fuente de esa pátina verde

de lo circundante.

Tus cabellos pródigos y voluminosos

calmaron el tráfico de mercancías,

ese destino al que se niega el sueño.

Y su lenguaje jurídico,

extremidad involuntaria.

 

Ayer no significa, es como esa cortina

de agua, rostros, infancia,

un dulce amamantar lo imposible.

Transfieren su saldo

a un paraíso de luminosa

quietud.

 

 

 

 


 

Quizá todo se reduce a la orquídea,

a la extraña paz que trabaja incansable

por hacerse oír.

Utiliza la lágrima huérfana

y el vuelo transcontinental.

Ya no envía misivas aunque se interroga

acerca de los caracteres chinos

que designan el astrolabio.

Nostalgia del futuro que no padece

y que prescribe los viernes.

 

Veo un trayecto de pétalos.

¿Dónde descansarán los nombres

sin eternidad?

 

 

Ilustración: Alberto Mielgo

 


 

No hay otro camino

que perder el camino,

experimentar la turbación,

las señales confusas,

la renuencia del sol a guiar.

Nos han conducido

por demasiados caminos trillados.

Los puntos de llegada se desvanecen

y desintegran atómicamente

en cuanto se alcanzan.

Olvidamos perseguir

la flor de loto que calme

el dolor, el nicho de seda

que sacie el sueño.

Memoria. Flotación.

Transparencia del rojo.

No rendirse a lo vigente.

 

 

Ilustración: Guido Crepax

 

 

Tiburones. Dicen que hay tiburones en estas costas, muchos tiburones. Probablemente más con corbata y en sus pisos de lujo, ascendiendo cada día -y descendiendo, tanto tiempo perdido- varias decenas de alturas en edificios acristalados y los domingos sacando a pasear sus coches supersónicos que solo pueden aparcar después de ir en procesión, pues los atascos de Hong Kong son antológicos, aunque algo más fluidos durante el fin de semana, es decir, el domingo, pues el sábado se trabaja oficialmente y el domingo no menos, extraoficialmente, según el parecer de todo cuerpo humano asustado por el vértigo de un despido sin subsidios ni indemnización o por una jubilación en el más miserable abandono de todo vínculo social. Tiburones y superricos. Peceras y superpobres. Es una ciudad de contrastes, qué duda cabe. Torres escuálidas y con fachadas de colores pastel, descascarilladas en muchos casos, punteadas con la emergencia improvisada de las cajas de aire acondicionado. A su lado: torres anoréxicas con apartamentos de lujo, no mucho más amplios, pero con porteros y guardias de seguridad en las entradas, denominaciones grandilocuentes de los complejos e iluminaciones despampanantes en los recibidores. Lo viejo que no acaba de morir. Lo nuevo que no deja de nacer. Y algo se quiebra entre los dos extremos en constante fricción. Y los tiburones que no dejan de acechar. Todo lo viejo puede ser renovado, transformado, revalorizado, sólo hace falta mover los resortes adecuados. Acallar las voces discordantes. Colocar el cartel más vistoso en lo más alto. Alinearse con la imagen del consenso, del neón y del skyline inimitable en todo el sudeste asiático. Atraer a los tiburones de China que son la fuente de las inversiones ahora. Pagarles un mínimo mensual (que en la práctica se acaba convirtiendo en un máximo) de HK$ 3920 (unos 392 €) a las mujeres filipinas e indonesias que trabajan como internas en el servicio doméstico, veinticuatro horas al día, seis días a la semana. Después, el domingo, extienden sus plásticos y sus cartones en las plazas, en las aceras y en los parques, se visten sus mejores galas y bailan o flirtean con los pakistaníes o hindúes que las cortejan. A fin de cuentas, los tiburones que merodean por las playas, sometidos a un escrutinio profesional por los vigilantes de las mismas y alejados de la carne fresca de los bañistas gracias a las mallas metálicas que (en teoría) los repelen, quizá no sean tan peligrosos.

 

 

Fotografía: Miguel A. Martínez

 

Peces de colores,

de muchos colores,

atrapados en sus peceras

con sus aguas finitas y

transparentes.

No entienden por qué

son fruto de admiración,

por qué inspiran sentimientos

de elevada generosidad

o de una paz oceánica,

y qué pueden significar

tales exclamaciones.

Tan solo están ahí rodeados

de unas algas simbólicas,

de los ojos atónitos y pasajeros

y de un mundo incomprensible,

refractario, lleno de colores,

de muchos colores,

y de otro tipo de peces

de distinto grosor

morando en peceras

de un tamaño tal vez

algo diferente.

 

 

Ilustración: Henri Matisse

 

 

 

Otra generación, cincuenta años más repitiendo los mismos gestos, construyendo artefactos, logrando que se abran lagunas de sueños en el áspero imperio del asfalto. Aquel hombre que regentaba el taller de bicicletas con la solera de su oficio y su inglés básico pero riguroso en los términos, logró arrancarnos un hilo de ternura. Lo había heredado de su padre, desde la infancia, nos dijo. Apenas dos huecos en una fachada con tiendas anónimas y envejecidas. Dos minúsculos cuchitriles colmados de herramientas e ingenios almacenados casi hasta el techo. El precio del metro cuadrado manda más que nada en esta urbe. Una autopista elevada, uno de esos corredores de alta capacidad que conducen directo al aeropuerto, justo enfrente, haciéndole sombra. Cincuenta años delante de esos pilares de cemento y de millones de coches cruzando por sus pupilas inmunes, concentradas en los engranajes, los rodamientos, el aceite lubricante. Ningún mueble era nuevo, no había ni la más mínima concesión a objetos decorativos y superfluos. Y, sin embargo, cada cosa tenía su lugar. El trabajo afanado, constante, hábil y templado, sin excesos de optimismo ni de tristeza, iluminaba más que todas las lámparas. Su hijo, aún adolescente, observaba las operaciones y supongo que admiraba cada obra. La mujer se acercó a nosotros con una calculadora plastificada para mostrarnos el precio sin lugar a dudas. Al final de la transacción, después de conversar, fue cuando remarcó que llevaba cincuenta años en el negocio, aunque esa palabra -"negocio"- ni siquiera se asomó a sus labios. Nos fuimos contentos, con todas las articulaciones de la bicicleta ajustadas y engrasadas, ya al filo del crepúsculo. La ciudad, al final, no está tan llena como registran en bruto las estadísticas, siempre quedan algunos espacios más diáfanos que otros. Como si descubrirlos y recorrerlos fuera lo que nos concede alguna identidad posible. Y pedalear por ellos es el regalo de tiempo que nos entusiasma y levanta el ánimo cada día.

 

 

Fotografía: Carmen Acero

 

 

Desplazarse entre una multitud

que se ciñe a las infinitas causas

del silencio.

Invocar lazos minúsculos,

la brusca parálisis

del tiempo ajeno.

 

Una bebida dulce de crisantemos.

Funerales con el lapso probable

de las estaciones que se manifiestan,

aún en su levedad.

 

¿Por qué siempre pongo a prueba

la aleación?

¿Por qué aceptamos lo extraño

como si el temblor fuese a llevarlo

todo a la cresta de una ola?

 

 

Fotografía: Miguel A. Martínez