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ateo poeta

cachivaches, deseos, derivas y garabatos con los que darle un masaje a la vida, para que ésta nos recompense con creces // autodesplanifica [arroba] gmail [punto] com

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Se muestran los artículos pertenecientes a Noviembre de 2006.

punto de ruptura

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Los vi mientras esperaba en la cola de la caja número dos. No los había deseado antes. Ni siquiera había reparado en su existencia cuando, en otras ocasiones, hacía la compra con hastío y disciplina por igual. Aunque en las últimas semanas la irritación de la garganta iba a más, la opción de tomar caramelos de eucalipto estaba lejos de mis cábalas acerca del remedio más adecuado. Un destello fugaz en la memoria me retrotrajo a aquellos domingos de la infancia en los que matábamos el tiempo eligiendo y degustando golosinas de variadas texturas y colores. Y estos dos paquetes de caramelos, por favor, añadí al silencio rutinario y a los códigos de barras antes de abonar mi avituallamiento semanal.

 

El fin de semana anterior había sido propicio para echar candados y soltar lágrimas. Nos habíamos dejado. Es un eufemismo, ya lo sé. Ella te deja, yo lo dejo, nosotros nos dejamos, y no sabemos ni el qué, ni el porqué. Es como un fenómeno meteorológico más, imprevisto, pero necesario, natural. Por alguna extraña razón, los fines de semana se prestan a ese tipo de escenas: vamos a hablar de lo nuestro, pero si no tenemos nada de qué hablar, es que tengo dudas, pues lo dejamos y ya veremos más adelante. Durante los días laborables todo fluía con menos turbulencias. El trabajo nos parecía sagrado. Como un templo a salvo de llamadas de teléfono de cariz amoroso. Y, cuando las había, eran mínimas y concisas como la pólvora a punto de incendiarse. Y, cuando llegaba la noche, cada humano animal calculaba con tiento y astucia los deseos propios y los recíprocos, o cerraba los ojos plácidamente.

 

Los caramelos mentolados esos me entretenían como si de una droga del olvido se tratase. Jugaba a trasladarlos de un carrillo a otro. Forzaba su adherencia a las encías y me divertía creando prominencias perceptibles desde el exterior. Entrenaba la mandíbula, ensalivaba con frecuencia y hasta me sentía más ligero y ocurrente. Comprobaba en los espejos, en cuestión de segundos, si mi nueva imagen podía competir con la seguridad misteriosa que parecían transmitir los fumadores empedernidos. En todo caso, las decenas de ingredientes no identificados que constaban en el envoltorio de mis caramelos no inspiraban, que se diga, una gran tranquilidad.

 

Enseguida descubrí el punto de máximo placer e inquietud. El momento justo en el que pasas de saborear una unidad clara y distinta, para encontrarte de bruces con una miríada de pedazos en tu paladar. Poco a poco, empecé a paralizar mi lengua todo lo posible antes de que se resquebrajase la última lámina frágil en la que se había convertido el caramelo. Como si de un rito tántrico se tratase, de esos en los que se inmoviliza mentalmente la eyaculación al objeto, dicen, de prolongar el éxtasis. En realidad, más que descubrir tales divertimentos, tan sólo reconocía con más atención lo que alguna vez ya había sentido. Nada es nuevo, pero hasta lo más viejo te puede volver a sorprender. Ese punto de ruptura reclamaba toda mi concentración, se transformaba en un estado mental de lucidez. Era como el umbral desde el que asomarse perplejo a la vida siempre a punto de quebrarse, al mundo, siempre lleno de cristales rotos. Como esos domingos de la infancia, como ese domingo en que dejamos de lamernos las heridas.

 

canciones

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687 kilómetros conduciendo pueden ser una eternidad o una simple etapa de un viaje hacia no se sabe dónde. Poco después de pasar Haro hay dos señales que indican distancias a numerosas ciudades, todas muy alejadas de Logroño, mi punto de destino. 693 kilómetros a Alicante, decía. Y me acordé de mis amigos allí y de los amigos de otros amigos y de quien se pasa la vida en la carretera de un lado a otro. Es curioso, todo continúa. ¿Qué señalizaciones excéntricas habrá en Alicante: Huelva, Faro, Port Bou, Ámsterdam…?

 

El domingo había amanecido radiante en Galicia. Un domingo templado, otoñal, imprescindible. Desde que se inició el crepúsculo del día, adelantado ahora a poco más de las seis de la tarde por mor de los designios tecnocráticos, una luna llena, repleta, saciada y sublime, se dejaba vislumbrar entre algunas nubes veloces y regalaba, por su cuenta, toda su luz a raudales. Durante todo el viaje, como siempre, me dediqué a rastrear músicas entre las bolsitas de los “cds” y a adivinar en qué momento y con qué frecuencia se resintonizaría de nuevo “radio 3” después de Ourense, antes del Padornelo, entre Benavente y León, el vacío mesetario al atravesar Palencia, 94.3, 99.9, 101… Otras veces, cuento y recuento velocidades medias, minutos por kilómetro, kilómetros entre ciudades, sólo para no dormirme.

 

Después de escuchar viejos temas de los Doors, Fela Kuti, Lou Reed y Van Morrison, me pasé a la sección de skatalíticos y alter-latinos, desde Los Fabulosos Cadillacs, Manu Chao y Amparanoia, hasta otras cancioncillas de grupos menos conocidos como Ki Sap, Nen@s da Revolta, Os Diplomáticos de Monte Alto y los inimitables, e irrepetibles, Hechos contra el Decoro. Sería por la luna, sería por las meditaciones que provoca todo viaje, dos canciones me laceraban las cuerdas vocales, como si las estuviese inventando yo mismo. Como si el tiempo no les hiciera mella: “Antídoto” de Potato y “La huella sonora” de Juan Perro.

 

06/11/2006 01:40. ateopoeta #. otras inspiraciones artísticas No hay comentarios. Comentar.

antídoto

 

Ten cuidado, si te descuidas caes en manos de él

Poderoso es el pasado, para perderse en él

Bien lo sabe el vendedor de nostalgia

 

Pasa del vendedor de nostalgia

Sé forjador de sueños vivos

Mirando atrás, mirando al frente

Pisando en el presente, firmemente

Mirando atrás, mirando al frente

Pasando de uno a otro, sin quedarte

 

Ten cuidado, siempre caro es su precio

Pues te revende tus recuerdos a precio de futuro

Pinta sueños muertos el vendedor de nostalgia

 

Pasa del vendedor de nostalgia

Sé forjador de sueños vivos

Mirando atrás, mirando al frente

Pisando en el presente, firmemente

Mirando atrás, mirando al frente

Pasando de uno a otro, sin quedarte

 

El futuro es un veneno

Si no tienes el antídoto del pasado

El pasado es un veneno

Si no vives el presente

Mirando atrás, mirando al frente

Mirando atrás, mirando al frente

Pisando en el presente, firmemente

 

Potato

 

06/11/2006 01:42. ateopoeta #. las poesías de otros/as No hay comentarios. Comentar.

la huella sonora

 

Alabados sean los pies del viajero

La huella sonora que persigo yo

Que se aleja y vuelve en alas del viento

Pájaro del ánima del pensador

 

A la media luna giró la fortuna

A la noche entera que el viento cambió

Y asoma la luz por la décima espera

Y besa la nube rosal trepador

 

Ay de mí morena que soy un espectro

Somos renegados, cautivos los dos

Y aprueba la luna su filo en el cielo

Oscura cadena, dorado eslabón

 

A la media luna giró la fortuna

A la noche entera que el viento cambió

Y asoma la luz por la décima espera

Y besa la nube rosal trepador

 

Bajo la muralla de Palma del Río

Hermosa cautiva me diste tu amor

Y soñamos hijos psicodélicos

Plaza de los tópicos utópicos

Peleando con los tiempos críticos

Ebrios del aroma de la eterna flor

 

A la media luna giró la fortuna

A la noche entera que el viento cambió

Y asoma la luz por la décima espera

Y besa la nube rosal trepador

 

 

Juan Perro

 

06/11/2006 01:44. ateopoeta #. las poesías de otros/as No hay comentarios. Comentar.

un mundo sin memoria

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El hombre tranquilo había aprendido a sobreponerse al estruendo ambiental. Tras unos años de juvenil desconcierto y de dar tumbos entre las múltiples obligaciones miserables que le imponía su medio social, comenzó a depurar sus ideas, a tomar decisiones contundentes con el firme propósito de hacer su vida más fácil y plena. Su recogimiento ascético pronto le apartó de bodas, despedidas de soltero, comuniones, bautizos, entierros, comidas protocolarias, partidos de fútbol y demás eventos sociales en los que sentía un tedio profundo, aunque sin animadversión alguna por todos cuantos se dejaban arrastrar por su inercia.

 

No confió su malestar a ningún dios ni a ninguna ideología al uso. Prefirió inventar su propio camino, lo cual conllevaba, inevitablemente, una actitud de desconfianza ante el atisbo de estar compartiéndolo con embaucadores de cualquier calaña. El hombre tranquilo necesitaba vaciarse de toda aquélla rémora de palabras ideales -‘felicidad’, ‘orden’, ‘amor’, ‘bien’, ‘libertad’- que desde la más tierna infancia habían pretendido inocularle. No obstante, fue creando su propio mundo interior, sembrándolo de dudas y meditaciones que apenas musitaba ni, por supuesto, osaba intercambiar con extraños. Para qué echar más leña al fuego de un mundo tan caótico y lleno de encendidas iras y beligerancias por doquier.

 

En su periplo, lento e imparable, aprendió a deshilvanar una realidad a la que no le encontraba más sentido que el de las leyes que regían la naturaleza del resto de seres y cosas no humanos. Así, sin dejar de vestirse ni de utilizar la luz eléctrica, cada vez más sus gestos se turbaban con afán reflexivo en pos de formas de vida más austeras que le librasen de la esclavitud del comercio y de las agresiones de otros hombres. Al cabo de unos años de perseverancia, el hombre tranquilo consiguió despedirse de la gran mayoría de personas con las que había intimado en alguna ocasión y apenas constaban unos pocos renglones en su agenda de contactos. Sólo esa mínima expresión en su agenda lo consideró como un gran mérito, pues era fácil percibir que muchos otros de sus coetáneos habían adquirido un semejante grado de soledad sin habérselo propuesto y, en consecuencia, se sentían irremediablemente desdichados.

 

Sus empeños por acrecentar esa esfera de paz que le iba inundando poco a poco, lejos de adormecerlo, avivaron su astucia y pragmatismo. Resuelto a no trabajar más que lo estrictamente necesario y a no someter el trabajo de nadie a sus caprichos o ambiciones, descubrió en un país lejano la existencia de un filón de primitivas criaturas fosilizadas cuyas inverosímiles figuras constituían un preciado objeto de deleite artístico para algunos de sus congéneres humanos. Se dedicó a su extracción y venta a coleccionistas de todo el mundo, siempre manteniendo un extremo sigilo y discreción pues, de hecho, era una actividad modesta que practicaba una sola vez al año. El viaje era preparado con toda delicadeza, enrolándose en algún barco de mercancías las más de las veces, y recogiendo entre los fósiles sólo un ejemplar minúsculo y deslumbrante cada vez. Después elegía el lugar del mundo que visitaría para desprenderse de la ansiada roca y, al poco, regresar a su morada. Aunque su retraimiento le había llevado a instalarse lejos del barullo urbano y a autoabastecerse en una gran medida, con el dinero conseguido por aquella insólita transacción anual cubría de sobra cualquier otra necesidad material o cultural que pudiese surgir. Como contrapartida, cada uno de aquellos desplazamientos le proporcionaba texturas más complejas a su ya acusado silencio. Las líneas profundas de su rostro y su mirada inquieta se iban alimentando de todas las gentes, lenguas, casas y parajes que inspeccionaba, pero se resistían a devolver nada. Ni una opinión, ni un consejo, ni una preferencia; nada que pudiera, por acaso, empeorar su vida propia o la de sus acompañantes eventuales.

 

El hombre tranquilo era consciente de que su modo de vida no estaba exento de riesgos. Podría sufrir un accidente o enfermar gravemente. Podrían impedirle o gravarle de forma insostenible su secreta actividad espeleológica. Una guerra o una catástrofe medioambiental también podrían obstaculizarle el acceso a sus acantilados de tesoros naturales. Podría ser expulsado de su casa por una nueva carretera que la atravesase en dos sin contemplaciones. Podría enamorarse.

 

Sin embargo, nada de ello le preocupaba en exceso. El miedo se había disipado como la niebla el mismo día en que había decidido tomar las riendas de su vida. Pocos imaginaban que aquel hombre tranquilo un día sentiría vértigo al recordar todo lo que había cambiado y lo mucho que le quedaba por hacer.

 

Piazza d'Italia

 

El día anterior había visto “Bombón, el perro”, una película tierna y emocionante de Carlos Sorín, con actores no profesionales. Gente con muchas historias que contar, un director que les da palabras e historias, historias que necesitan personas para enriquecer nuestras vidas. Pero, sobre todo, poesía: un ritmo, unos gestos, unos trazos de color que abren en flor nuestros sentidos. Y parecía una película. Volví a la vida prosaica. Carretera, metro, un avión a una ciudad donde nunca he estado, otro avión a una ciudad más al norte, más trenes, frío polar. Los momentos perfectos para leer y dormir a plazos, sin acabar nunca de descansar. Escogí “Piazza d’Italia”, de Antonio Tabucci. Uno de esos libros viejos que nunca pasan de moda porque, tal vez, nunca lo estuvieron. Y volvió la poesía envuelta en guerras espeluznantes en las que siempre mueren los pobres, en rebeldes que dejan huellas y también llenan los cementerios, en dramas que parecen mágicos e inexplicables cuando la cosecha y la primavera han sido fructíferas. Las metáforas y símiles que usa Tabucci son deslumbrantes y simples, como si las hubiéramos pensado ya alguna vez en nuestra vida. Los saltos en el tiempo son juguetones como nuestra memoria, como los cachorros que se mordisquean. La Historia, con mayúsculas, es envuelta en historias de esperanzas y perdedores, en poesía. Y parecía una novela. En fin, ya he tomado la ración semanal que me exige mi dieta, en cualquier latitud del mundo. A ver qué sorpresas me reserva para el viaje de vuelta ese libro de Panero que parece poesía.

 

27/11/2006 08:03. ateopoeta #. las poesías de otros/as No hay comentarios. Comentar.

hace frío en Örebro

 

¿Adónde vais en esta noche helada,

camaradas de subvenciones europeas,

qué os desvela a vuestra edad de tortugas?

Vamos a coger el avión de las vibraciones infinitas

en otro vaso de orgasmos flotando

en espumas de icebergs y ojos hambrientos.

Nos lo ha dicho Governor Andy, ese doctor

que nos ha inoculado reggae como anestesia,

durante horas de sudor y de ojos hambrientos.

Enseguida nos reconocimos, la sangre caliente

como lobos esteparios, la risa floja, basta de dioses

y de intelectualismos, brindemos por la ciencia.

En cada aeropuerto te espera una ración de danza

hasta la extenuación, mi cómplice, mi dulce

trance vagabundo, recuerda a los Speak Low

en Madrid, a los del Mojo Project en Sevilla, a aquellas

negras soberbias en Pekín. Lárgate de esos

frígidos aeropuertos, vamos a buscar los ojos

negros y hambrientos y afilados como el tiempo

que sólo quieres quemar pronto. ¿Ya habéis

encontrado la piedra filosofal de la eterna juventud,

eh, vosotros, los viajantes, los rumiantes inquietos?

Tan sólo hallamos redes inalámbricas, la memoria

efímera y colectiva de la próxima masturbación

y la vida apretada con fuerza en un puño

como la piedra que lanzarías hacia arriba.

Ahora es fácil traducirnos, cambiarnos de lugar,

mimar nuestras frágiles esencias, el baile las moldea

y la noche comienza a las tres en el círculo polar.

 

27/11/2006 08:04. ateopoeta #. mis poemas y otros textos (provisionales) No hay comentarios. Comentar.

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