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ateo poeta

cachivaches, deseos, derivas y garabatos con los que darle un masaje a la vida, para que ésta nos recompense con creces // autodesplanifica [arroba] gmail [punto] com

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Se muestran los artículos pertenecientes a Febrero de 2007.

Jaione

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Apenas hay gente por los pasillos. Ya son casi las cuatro de la mañana. Me avisó un pelín tarde, es normal, pero hice lo posible por llegar cuanto antes. En esta planta no se observan tensiones. El personal parece tranquilo, aunque tampoco da la sensación de ser de noche. Hay tanta luz. Aquí no paran de trabajar, nunca es de noche. No sé cómo pueden estar así. A mí me dan ganas de morderme las uñas. La verdad es que no es para tanto. En algún rincón de mis tripas también comprendo esos gestos moderadamente optimistas. Los de los acompañantes y los de las enfermeras. No es la felicidad, pero sí una especie de inquietud comedida. Como si todos estuviésemos en un umbral. Sabiendo que estamos a punto de cruzar al otro lado, pero todavía en este. Imagino que hasta que no pasen a la habitación y escuchen los llantos de los bebés, no se apaciguarán del todo. O no. No sé. Es la primera vez. Y, encima, en estas circunstancias tan extrañas.

 

A Jaione no le han ido del todo mal las cosas. Acabó brillantemente la carrera en Deusto y después, sólo por gusto, comenzó el doctorado en un departamento de la universidad pública. No lo soportó ni tres meses. En cuanto se cercioró del veneno que se lanzaban unos a otros (hunos, solía recordar con sorna), se puso a preparar oposiciones a Hacienda. Y enseguida se colocó, para mayor satisfacción de sus padres. Era de una familia acomodada de Bilbao. Siempre habían confiado en ella, así que siempre le dejaron hacer a su modo. Hija única, eso sí. Un mundo que a mí, en todo caso, me quedaba muy lejos. Yo había llegado a Logroño casi de casualidad. Tuve una oferta laboral en un gimnasio y una buena excusa para abandonar los humos de Madrid. Venía del barrio de la Concepción, nada más y nada menos. Con todas sus calles de vírgenes, y yo siempre tan recalcitrantemente ateo. Pero que más da ahora. La primera vez que supe de la existencia de Jaione fue charlando en un bar con una amiga suya, Nuria. Habían estudiado juntas en Bilbao y se seguían encontrando varias veces al año. Nuria me gustó desde el primer día en que conversamos en el gimnasio. Pero Nuria acababa de ser mamá y sus hijas tenían a su papá, y ella tenía un nombre demasiado normal y todo un porte bien arraigado en la trama social de esta pequeña ciudad, que no me incitaron a arriesgarme. Así que tapamos todos esos deseos con mucha paja de agradable amistad.

 

El nombre de Jaione me resultó exótico desde el primer momento. Y de Bilbao sólo tenía lejanas reminiscencias de un viaje familiar en mi infancia. Humos, niebla y una ría ennegrecida en el centro. Nada que ver con la primera visita consciente de hace ya casi un año. Edificios esplendorosos y el mismo hormigueo del metro que en Madrid. Tal vez un poco menos cosmopolita. Me pareció. Eso sí, los ojos verdosos y el pelo agresivamente castaño y arrubiado de Jaione me dejaron sin aliento desde el primer instante. Ella nunca quiso decir qué le parecía yo. Era parte de su declaración de independencia. La había cultivado con mimo. Nadie se la arrebataría. Tenía treinta años recién cumplidos e iba tomando sus decisiones una a una. Sin prisas. Lo celebramos hasta bien entrada la noche. Las calles, encharcadas, recibiendo la primavera. Al llegar a su casa, Nuria se despidió sin dilaciones. Jaione, tentadora y firme como una diosa, me invitó a su habitación. Para qué perder el tiempo bebiendo un par de horas más.

 

Comenzamos a encontrarnos de forma sistemática, casi rutinaria. Cada semana o cada quince días. Eres un lobo solitario, y peligroso, fue casi todo lo íntimo que me dijo. Pero ella no quería ataduras. Yo tampoco. Ocho años emparejado me habían dejado mella. En Madrid me había negado a tener hijos. No era el lugar. Se respiraban los cuchillos en el aire, la velocidad en las venas. Al final, mi antigua compañera encontró a un hombre menos pesimista, con su cuenta corriente más saneada, más sibarita, qué se yo. Jaione me estaba rescatando de mi pozo de máquinas de fitness, mancuernas y una mayoría de usuarios monótonos, siete horas al día. Pero después de quedarse embarazada ya sólo nos vimos en un par de ocasiones. Para ultimar los detalles.

 

Cuando Nuria me habló de la posibilidad de ser algo así como un “padre de alquiler”, me sorprendió. Y me hizo reflexionar. ¿Cómo lo haría, si es que lo haría? Desde luego, Nuria tenía chispa. Nunca te aburrías con ella, siempre excitaba tu curiosidad, tus principios éticos. Yo puse mis condiciones. Aquel día, entre risas y con una incipiente complicidad. No quería convertirme en un padre anónimo. Desaparecer. Es un derecho conocer a quien, finalmente, a pesar de los pesares, has decidido crear. Asumir tu humilde dosis de autoría y de ejemplaridad en este mundo. Y al decirlo, se me desató un ancestral nudo en el estómago. Jaione quería el niño para ella sola. Para ser ella la responsable, la sustentadora principal, como dicen los abogados. Tampoco quería un padre anónimo, extraído al azar de un banco de semen. Le parecía repugnantemente industrial. Así que nuestro trato fue transparente. Yo podría visitar al niño, o la niña, un día cada tres meses, pero nada más. Y ella respetaría los deseos del niño, o la niña, por estar más tiempo con su padre, a medida que creciera. Nada más. Pero Jaione sería la única que ejercería de madre y de padre a la vez. Esa era su constitución. Y debió confiar en mi juramento.

 

No sé si hay niños preciosos o no. Todo en ellos está por decidir. Son como muñecos con muchas vidas que se bifurcan. Sigo nervioso. Jaione sí que estaba preciosa, como siempre. Menos mal que no han venido sus padres. Nos hemos puesto a sonreír y a llorar como dos magdalenas. Todo ha ido bien. Era de esperar, dado el brillante currículo de Jaione. Me sorprende que la libertad dé estos frutos. No he podido evitarlo. Después de balbucear varias frases sin sentido, la he abrazado y le he dicho un tímido “te quiero”. Era la primera vez. Luego, me he marchado. Con una mezcla de jugos en las entrañas. No es la felicidad, pero no está mal. Hay poca gente por los pasillos de la planta. He llamado a Nuria, para que avise a los padres de Jaione. Esto sí que es un umbral. Ahora no albergo ninguna duda. Cumpliré mi juramento. Esas dos hermosas criaturas se lo merecen todo.

 

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Me alimento con las hierbas del olvido

y queso azul como un examen de analogías.

Remite la fiebre como si de fondo danzaran

las espadas arcanas en sus quimeras de ingenio.

Husmeo la primavera en el futuro imperfecto

que delatan los ánimos volubles y la menta.

Salto con pértigas por las calles. Aún es febrero,

hay témpanos y ese aroma a café tostado

que viene de la fábrica del río. Veo tu torso

desnudo y playas lánguidas en mis ojos.

Deseo acurrucarme en mi infancia, ese océano

de medicinas naturales sin domicilio.

Es hora del vientre que forjará armonías tenaces

y un firmamento donde se esparcen fortunas.

 

 

14/02/2007 10:36. ateopoeta #. mis poemas y otros textos (provisionales) No hay comentarios. Comentar.

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1

Febrero nunca acaba.

 

Largas jornadas sin dueño y sin resuello,

ya consumidas antes de mediodía,

que me acaparan sin tenerme en cuenta.

 

Por encima

de la superficie:

le sobran entre tres y cinco millones de personas

a nuestro sistema productivo

y nuestro sistema productivo le sobra al mercado mundial.

 

Un buen adiestramiento, incluso uno mediano

puede hacer de cualquiera un asesino

profesionalmente eficiente

y ya no queda nadie que lo ignore.

 

Leviatán es idealista y hedónico, se muscula

en gimnasio, invierte en Bolsa, babea

su liturgia grasienta, su hierro de exterminio:

mientras que de momento el confort no disminuye

más que uno o dos grados sobre el nivel del mar

en las ensangrentadas capitales del Imperio.

 

Por debajo

de la superficie:

estás herida de muerte

y herida de la vida impredecible

 

mientras febrero

no acaba nunca.

 

2

La piel persiste intacta; mas bajo ella

el tajo es muy profundo.

¿Qué ojos, dedos, labios

escrutarán ese abismo de qué cuerpo?

 

 

Jorge Riechmann, Febrero interminable

 

19/02/2007 19:24. ateopoeta #. las poesías de otros/as No hay comentarios. Comentar.

la esquela

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Aquella mañana de domingo no dejó de sonar el teléfono. Con voz indecisa y apocada, transmitían sus más sentidas condolencias familiares, amistades y, con gran afluencia, gente del gremio: profesores, escritores y algunos cargos públicos con quienes el fallecido mantenía oscuros vínculos. Mantenía y seguía manteniendo, pues el finado sólo lo era a efectos periodísticos. A este lado del periódico, el supuesto fiambre contemplaba atónito la broma de mal gusto y, una y otra vez, se repeinaba con sus manos los mofletes y el pelo canoso con la ira del estafado y la obsesión de un cirujano plástico. Alguien con perversa ojeriza había insertado en la edición dominical una esquela con su nombre, su flamante cargo académico y toda una retahíla de sentidos pésames por parte de sus familiares y allegados. En realidad se trataba de tres esquelas, pues el autor de tan falsas plañideras lo había planificado todo con sumo cuidado. Una, firmada por la familia; otra, por compañeros de su departamento universitario; otra, por la asociación gallega de arte dramático a la cual “habría enaltecido” el difunto con sus “inolvidables piezas teatrales”. La retórica, no por convincente, debía faltar a la verdad, arguyó agazapado en su modesta ocurrencia el auténtico emisor y pagador –nunca mejor gastado, se reafirmó- de aquellos rectángulos ominosos. Recordaba al respecto un buen número de dramáticas reuniones de departamento insultantemente ensayadas y escenificadas por cada uno de los figurantes que le rendían pleitesía al ahora ya ex-director para tantos colegas de profesión que ni siquiera consideraron necesaria la llamada de rigor, pero a cuyo funeral no dudarían en asistir –¡menudo acto social, no se puede faltar! Él siempre daba sus órdenes antes de la función: con palabras parcas pero con todos los gestos de su cuerpo anunciando el chantaje de turno. A buen entendedor… solía recalcar con su cara de póquer. Pero ese domingo, aún con las legañas vigentes de buen padre de familia, las tostadas con mermelada se le habían atragantado. Nunca imaginó tamaña venganza. Sobre todo ahora, justo cuando su hija mayor, aún universitaria pero a la que todos le auguraban ya la misma senda de éxitos literarios y académicos marcada por su progenitor, había contraído una súbita e implacable parálisis facial.

 

Me cago en su padre, se lamentó con su exquisita educación de ilustre familia burguesa. Será hijo de perra, regurgitó ya con los ademanes que le caracterizaban cuando se disponía a descuartizar a una de sus humildes presas: aspirantes a profesor, en su gran mayoría; aunque una docena de ingenuas becarias –siempre jovencitas, sólo mujeres, son las más listas- también habían sentido en sus carnes la presión de aquella personalidad trituradora. Rápidamente hizo un repaso de todos los malnacidos a los que se les podría haber ocurrido aquel atentado contra las leyes de la demografía. La lista era larga, muy larga, muchos años de ejercicios de cintura para mantener en alto el buen nombre de la institución que representaba, su propia imagen de intelectual comprometido y llegar, por fin, a la cumbre: a la cátedra, primero, que ya pronto dejaría de resistírsele, y a alguna vicerrectoría, después, en un futuro no muy lejano. Entre un manojo y otro de nombres entonaba su rutinaria letanía de hombre sensato: si hubieran sabido negociar y trabajar en equipo no se tendrían que haber marchado, aquellos niñatos eran ambiciosos y mimados, no tenían ni idea del trabajo duro que nos ha tocado padecer a algunos para abrirnos camino… lo que nadie podrá negar es que he conseguido consolidar un grupo bien majo de profesores donde hace veinte años tan sólo había un desierto… La universidad española es así. Dura lex, sed lex. Sólo que una ley de hierro no escrita: tramar alianzas, reunir acólitos, transaccionar con favores, despedir a los díscolos, y, sobre todo, contratar a dedo. ¿Por qué habrá tanto filólogo con ansias de celebridad pero tan analfabeto y poco razonable con las cosas cotidianas? Así no van a ir a ninguna parte -esos integristas, me cago en su estampa-, tarde o temprano daré con él, será alguno de los que recurrieron en tribunales. Aunque todos perdieron, se tranquilizó por momentos con su típica satisfacción alexitímica. Ahora, muchos de aquellos que fueron expulsados del departamento se dedicaban profesionalmente a la literatura, tenían sus bitácoras en internet o habían logrado colocarse en otras universidades, repartidos por medio mundo. Alguna pista le delataría, ya caerá.

 

Lo que era evidente es que el daño ya estaba hecho. Y no podría contraatacar con esas mismas armas tan sucias. Ni tampoco perdería el tiempo ni el prestigio en preguntar en el periódico. La red de soplones es amplia, ya llegaría la revancha. Más que nada, para que aprenda de una vez, que escarmiente por el bien de todos, así no se puede ir por la vida, qué ejemplo vamos a dar. Lo peor de todo fue comprobar que muchos de quienes llamaron por teléfono aquella mañana dominical no hacían más que cumplir con el ritual esperado de interesarse por cualquier anomalía que les sucediese a sus colegas, como si de una cuenta corriente o de inversiones en Bolsa se tratase. Amigos, lo que se dice amigos, sólo le quedaban al difunto virtual los más ligeros de cascos, los que nunca departían acerca de las entrañas ni discutían sobre los trapos sucios, allá cada cual con los suyos. Esa barrera moral sin atisbo de conflicto entre las caravanas del camping de costumbre, sin una palabra de afecto más altisonante que otra. Esos moribundos en vida que se acompañaban cada fin de semana bebiendo vino y comiendo pulpo con los carrillos sonrosados. Los que siempre estarán ahí. Los que te dejan en paz para leer tu novela favorita, porque eres un tipo sensible, de eso no cabe duda, alguien importante que ha dado lo mejor de sus letras a la nación, a la organización universitaria, a una espléndida descendencia filial, ya quisieran otros. Y, de repente, se vio en el trance de improvisar una especie de discurso de despedida, haciendo balance, poniéndose nota, con las mismas artimañas que siempre le habían dejado bien parado en todo enjuiciamiento público, pero con los latidos acelerados, con una fuerte angustia en el pecho como si le fuesen a desconectar del oxígeno asistido de un momento a otro. Maldita la sombra que le parió.

 

20/02/2007 02:19. ateopoeta #. mis poemas y otros textos (provisionales) No hay comentarios. Comentar.

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Antes de que nuestros signos se tornen fósiles

y comulguen con la extinción de las especies.

 

Antes de que las garantías procesales urdan

una mueca armada de sentencias implacables.

 

Es preciso negociar nuestro método hipotecario.

Por una razón de salud pública. Las epidemias

de vanidad son las amantes más fieles.

 

El método, pues: interrogantes como ¿para qué

quieres vivir? Preceptos como: te doy distinto

a lo que me das (si es que sabemos lo que nos damos).

Sueños: derecho inalienable (Freud dixit).

 

En mi página en blanco he escrito: no estoy conforme

con los animales bivalvos ni con las rémoras.

 

Quiero las perlas y los latidos en mi paladar,

y los quiero ahora. No me importa el interés.

 

21/02/2007 10:52. ateopoeta #. mis poemas y otros textos (provisionales) No hay comentarios. Comentar.

la vida de los otros

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Berlín Este. 1984 (no por casualidad). En un periódico, bien avanzada la narración, aparece Gorbachov. En otro momento, unos intelectuales críticos de la República Democrática Alemana simulan escribir una obra de teatro conmemorando los 40 años del régimen socialista. La película: La vida de los otros (Florian Henckel von Donnersmarck, 2006). El protagonista, Wiesler (Ulrich Mühe), es un diligente mando de la Stasi, la siniestra policía política. Su misión: vigilar individualizadamente, uno por uno (aspiración totalitaria no exenta de incertidumbre), a toda la población potencialmente sospechosa de desafección a la razón de Estado. Los interrogatorios, torturas, encarcelamientos, asesinatos, delaciones, confidencias y ultrajes de todo tipo constituían los “procedimientos”, su manual de uso. Muchos estaban tentados a saltar al otro lado del muro, o a arriesgarse a las ráfagas de metralleta si los descubrían escondidos en los bajos del coche. En lugar de mostrarnos abiertamente toda esa crueldad, el director opta por sugerirla tangencialmente. A cambio, nos ofrece, de forma más explícita, una historia más apasionante: el proceso de resensibilización del protagonista. Por su propia iniciativa y por su sagacidad para detectar personajes sospechosos, se le encarga el seguimiento y control de un escritor que vive con una atractiva actriz y que se codea con un nutrido y bohemio círculo de artistas. El escritor y su mujer se aman profundamente. Además, eran admirados como intelectuales del pueblo y respetados por el Partido.

 

Wiesler en su anodina vida como espía de esas vidas ajenas, comienza a emocionarse, a identificarse con sus ideales (la perfectibilidad humana, la capacidad de cambiarse a uno mismo y a los otros…) y a comprenderlos. Comienza a cuestionar su propio trabajo y, en un desliz de su férrea formación policial, a intentar ayudar a la pareja. Pero sus ayudas incrementan las calamidades que todos van a padecer. En la trama del relato, un ministro de cultura perseguirá y chantajeará a la actriz. El escritor se implicará en la redacción de un artículo publicado en el Oeste denunciando que en el Este no hay estadísticas de suicidios, a raíz del que acaba de cometer un director de teatro primero ensalzado y después censurado por el Partido. La engrasada maquinaria represiva del Estado se encarna en sucesivos personajes robotizados, en una cadena de obediencias, ambiciones y recíprocas suspicacias que se vienen a romper, precisamente, por el eslabón del protagonista. Wiesler muestra las contradicciones y la fragilidad de un sistema que no deja títere con cabeza. A todo el que criticase no sólo al gobierno, sino a cualquier instancia del Estado, se le preguntaba el nombre. Las bromas políticas eran un pasaporte seguro a las mazmorras o a la degradación profesional. Una mirilla de la puerta de una vecina. Un niño con un balón en un ascensor. Un experto en máquinas de escribir. Unos sótanos donde se registran las cartas. Un cielo de invierno con ramas desnudas. No hay una sola escena que deje de emocionarte y de envolverte en esa atmósfera de “gran hermano”. Al final, la reunificación de las dos Alemanias no cesa de inquietarnos al comprobar cómo continúan dichas y desdichas desigualmente repartidas.

 

La película brilla con luz propia al mostrar de una forma sutil y elegante los distintos flancos desde los que se criticaba, desde dentro, al régimen socialista o, también llamado, capitalista de Estado. Y cuida magistralmente el suspense, los detalles escénicos y las semillas de humanidad que se destilan entre tanta vida gris. Más de dos horas sin pausa para preguntarse por las relaciones entre la política y nuestro sistema nervioso.

 

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Ahora contemplo el mar. No tengo miedo ni esperanza.

 

(Antonio Gamoneda, Libro del frío)

 

23/02/2007 18:52. ateopoeta #. las poesías de otros/as No hay comentarios. Comentar.

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Hoy ha sido un buen día. He descubierto

que todas las tristezas son pasajeras y yo

sólo un polizón a bordo. Que no pierdo nada

por seguir aspirando a una vida sublime.

Y que el mar está lleno de peces que se besan

infinitamente sin la más mínima irritación.

Qué envidia, sí señor. Y qué ejemplo: sumergirse,

tener agallas, hacer gorgoritos, gimnasia pasiva.

No sé cuánto durará este optimismo ultramarino, pero

congelaré una ración para tiempos de escasez.

Ayer sólo deseaba ternura. Es cursi, ya lo sé.

Podría decir: un masaje después de sacar músculo,

o caricias de calentamiento. Pero prefiero ternura.

Es más inconmensurable, infinita, no irritante.

Y de momento no la anuncian por ahí, que yo sepa,

a la venta en cápsulas rojas de atractivo placebo.

Así que cerré los ojos y le pregunté a Ángel González,

ese poeta que cita su propio nombre en los poemas

y que se parece, en lo prosaico, al mío: Miguel Martínez.

Ojalá fuéramos alter egos. Le volveré a preguntar

la próxima vez. Mientras esperaba las respuestas

hoy he descubierto que era el funk de James Brown,

sonando por la radio, lo que aplastó del todo

mi crisis existencial. Bien pensado, también es un nombre

prosaico. Qué paradoja, pues: esos locos prosaicos

inventando sustancias para la inmortalidad, trances

psicoactivos, soles de amor propio en almas reacias

a la soledad. Hoy se ha disipado el dolor.

Como las nieblas del aeropuerto y esos bonos regalo

de miles de kilómetros. Y te abrazo toda la noche

aunque también te desvanezcas como el humo,

maldita mi suerte, un buen día cualquiera.

 

28/02/2007 13:13. ateopoeta #. mis poemas y otros textos (provisionales) No hay comentarios. Comentar.

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