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ateo poeta

cachivaches, deseos, derivas y garabatos con los que darle un masaje a la vida, para que ésta nos recompense con creces // autodesplanifica [arroba] gmail [punto] com

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Se muestran los artículos pertenecientes a Mayo de 2007.

Reggae en Roma

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El viernes tocó durante dos horas largas el grupo “Radici nel Cemento”. Fue en el Centro Social Okupado “Villagio Globale” (también llamado Ex-Mattatoio) de Roma. Según el cantante del grupo, el mejor espacio para conciertos de toda la ciudad. Seguramente se trataba de un elogio apropiado, y no sólo de la típica arenga a la afición local (no se dan cuenta muchos cantantes de lo desfasado que a menudo suena eso de “¿qué tal la gente de Vigo (o de la ciudad que corresponda)?” o “me encanta venir a esta ciudad…”, cuando cada vez hay más foráneos y nómadas acudiendo a los conciertos). El Villagio Globale es, ciertamente, enorme. Bajo la carpa del concierto acogería, de forma aproximada, a más de 5000 personas holgadas, y eso que durante la actuación central el público la llenaba a rebosar. En el edificio principal había varios espacios (biblioteca, habitaciones para talleres, bares, patio con mesas, etc.) y, entre ellos, otra sala acondicionada como “dance hall” con su DJ particular, algo más ecléctico en cuanto a las canciones que mezclaba, pero regresando a temas clásicos del reggae a cada poco. También antes y después del concierto amenizaron aquella noche sin fin magníficos DJs que hacían flotar al personal administrando sabiamente los efluvios de todas las cosechas del reggae. Radici nel Cemento debe ser un grupo bastante veterano en la escena alternativa italiana y, a juzgar por lo visto, moviliza a miles de seguidores por todo el país. Los tres de la sección de metales se lo pasaban en grande representando sus coreografías y el cantante principal bordaba las canciones. Entre una mayoría de melodías reggae introdujeron trepidantes ritmos skas y raggas (con algunos amagos rockeros a la sazón) que hacían vibrar a tantos fieles incondicionales. Y no podían faltar las exaltaciones de la filosofía pacifista, junto con otras llamadas a la “desobediencia”, a la libertad de un preso político kurdo y a la despenalización de la marihuana. Todo muy dentro de los cánones. Para mí, sin grandes innovaciones musicales con respecto a tantos otros grupos semejantes (y, en el género mestizo, a gran distancia de aquellos conjuntos tan imitados como Los Fabulosos Cadillacs o Mano Negra), pero con una puesta en escena sin mácula, armónica, contundente y bailable hasta la extenuación. Por cierto, mucha más mezcla étnica e interclasista en la audiencia que, por ejemplo, la que había (mucho más pija) en el festival de música electrónica independiente al que asistí en otro centro social (ya no okupado, aunque lo mantengan en el nombre, el Rialto). Y los precios en el Villagio Globale, bastante asequibles: la entrada, 7 € (5 si se llegaba antes de las 22,30 h.), y los zumos y botellas de medio litro de agua a 1 €. Las actividades musicales de los centri sociali de Roma aparecen en la guía del ocio semanal de venta en los kioscos: Roma c’è. Las de carácter más social y político, como la semana zapatista en el antiguo manicomio llamado Ex Lavanderia, hay que buscarlas por otros medios: un listado de websites, por ejemplo, se puede consultar en http://matteoroma.altervista.org/.

 

07/05/2007 09:31. ateopoeta #. otras inspiraciones artísticas No hay comentarios. Comentar.

sexualidades

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“Sexualidades” es el título que le han adjudicado en Portugal a la película sueca-danesa “A Soap” (Pernille Fischer Christensen, 2006). (La verdad es que en el cine-estudio del Teatro Campo Alegre de Oporto estábamos sólo tres personas en la sala. Me entristece pensar que algún día puedan cerrar este cuarto oscuro donde se proyectan tantas maravillas.) Los únicos escenarios en donde transcurre la acción son los dos apartamentos de Charlotte y Verónica, y las escaleras que los unen. Charlotte es propietaria de una tienda de cosmética y se ha trasladado a ese barrio modesto huyendo de su marido, un médico recién estabilizado y con el que iba a comprar una casa después de cuatro años de relación. Verónica es un joven transexual que ha huido de sus padres y que espera una carta en la que le autoricen a realizar la operación de cambio de sexo gracias a la que se podrá “ver” como una “auténtica” mujer. Ambos están sumidos en la tristeza y la confusión. Las visitas del ex-marido de Charlotte y de la madre de Verónica (a la que sigue llamando Ulrick) acentúan aún más sus penurias. Por medio de unos reveladores gestos y símbolos llegamos a entender el dolor y el atisbo de amor que surge, a trompicones, entre las dos vecinas. Charlotte vive en el piso de arriba y se ha entregado a un frenesí de encuentros sexuales con todo tipo de hombres que hablan y hablan sin que a ella le importen lo más mínimo. La mayor parte de sus enseres siguen empaquetados en cajas de cartón. Los reencuentros con el ex–marido suscitan una tensión in crescendo. A Verónica la visita regularmente su madre. Le trae patés y revistas. Sin embargo, acude de incógnito pues no quiere que lo sepa el padre de Verónica, mientras que ésta insiste en que se lo diga. La madre siempre se queda en el umbral de la entrada. Verónica, incluso, llegó a comprar un regalo para el cumpleaños de su padre. Mientras, ejerce ocasionalmente, y sin mucho entusiasmo, la prostitución, y sigue puntualmente una telenovela… Por esa desacralización de la sexualidad y por la ternura y comprensión que inspiran los personajes, me ha recordado a otra brillante historia que he visto este año, Shortbus (John Cameron Mitchell, 2006), aunque ésta última más colorida, lúdica y explícita. Pueden parecer típicas historias de amor para un público gay y queer (transgénero), pero la verdad es que también tienen la enorme virtud de cuestionar arraigados prejuicios a partir de conmovedoras experiencias cotidianas. Por cierto, la delicada música (Thomas Dybdahl, Antony and The Johnsons…), los flashes en blanco y negro con voz en off, y los recurrentes almendros en flor, son agradables aditamentos de la trama. Página oficial (sólo en danés): http://www.ensoap.dk/.

 

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hay ciudades tan saturadas de turistas

que me olvido de aquellas lecciones enciclopédicas

de los profesores de latín y de historia,

con sus sonrisas satisfechas de saber

y de saber que les prestaba atención con mi cándida

avidez, sin sospechar qué futuro me deparaban

mis extravagancias, esta constante ingenuidad,

la incredulidad, el solipsismo, no sé, este uso tan etéreo

de la ciencia, fijándome en la gente que vuelve a casa,

en las facturas sangrantes de los restaurantes,

en los ojos azules y el vino rojo como el comunismo

que nunca existió, respondiendo que necesito más tiempo

para entender los planos, y luego desaparecer

tras el rastro de otro nicho anónimo, de la esperanza

de amores verdaderos e imposibles, con la única

certeza de que sólo los desesperados viven sin prisa,

conocen la brutalidad a la vuelta de la esquina,

desconfían de los escaparates y del funcionario,

me hacen gracia, de verdad, todos esos turistas

agolpados junto a los monumentos, quemando

el tiempo, cumpliendo fielmente las rutinas,

ignorando los derechos, la vida minuciosa

entre frutas, vecinos y bicicletas, olvidando,

tras la última digestión, todas esas informaciones

inútiles que dictan las agencias de viajes y los

especuladores, y, sin embargo, echo de menos a aquellos

profesores a quienes interrogaba extenuante,

que no censuraban mis disensos, que escuchaban

a los inmuebles y conversaban con nativos y foráneos

en vez de de posar para fotografías de sobremesa,

tal vez es sólo un remordimiento de clase media,

querer renunciar a los privilegios, una intención vaga

de ser ciudadano, habitante, miembro de esa amalgama

contradictoria, no sé, me pierdo, es difícil poner

un punto y final, hay barreras por doquier

y formas de esquivarlas, de residir en la ausencia,

la proximidad siempre se halla perforada

por soledades intangibles y por tácitas confianzas,

pero esto no es un ensayo, ya está bien, sólo quería

declamar bien alto que el halo poético del consumo,

del urbanismo y que etcétera, etcétera

no conducen a nada más que a estos insulsos

arrebatos de vanidad y nostalgia en los hoteles

 

14/05/2007 09:49. ateopoeta #. mis poemas y otros textos (provisionales) No hay comentarios. Comentar.

las palabras justas

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Si Aki Kaurismäki se expresa así, no debería yo abusar del verbo al presentarlo. En Luces al atardecer (2006) como en sus anteriores películas (la otra que me emocionó sobremanera fue El hombre sin pasado, 2002), el finlandés usa guiones parcos en palabras. A cambio, llena la pantalla de abundantes colores y contrastes. Las emociones guían los hechos. Pero están congeladas detrás de personajes sobrios. Fuman y beben compulsivamente. Los perdedores miran hacia el horizonte. Koistinen, el guardia de seguridad protagonista, dice que su trabajo es temporal porque quiere crear su propia empresa de vigilancia. Pero los sueños de los subordinados se hacen añicos constantemente. La insania viene de muchos frentes. No sólo de los banqueros que no dan créditos a cualquiera. Ni de los empresarios que despiden sin contemplación basados en cualquier rumor. Ni de ladrones de guante blanco que encargan palizas pero que repudian el asesinato dentro de sus negocios. La soledad errática acaba cediendo ante cualquier tentación. Sobre todo si llega en forma de rubia despampanante. Y arrastra a las víctimas del capitalismo hacia un destino ya escrito en su origen. Cámaras fijas. Inmensos silencios. Sentimientos nucleares de amor y odio. Deja tiempo para pensar. Para pensar en cómo rebelarnos ante esos excesos de vacío que nos acechan.

 

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El término “pasión” comprende significados que se bifurcan hasta llegar a la contradictio in terminis. Por un lado, la pasividad, el retraimiento, la procesión por dentro, el padecimiento compungido. Por otro, la acción frenética, obsesiva, vivir con todas las células, enamorarse de los propios deseos, perseguir fielmente lo que nos inunda. Es cierto que lo segundo puede desembocar en lo primero, pero también que la etimología de “pathos” remite a estados de ánimo no necesariamente patológicos o dolorosos.

 

Del dolor se puede aprender, pero su cultivo parece propio de mártires y salvadores. Quienes viven todo desapasionadamente pueden parecer patéticos y robóticos, pero también aportan su dosis de necesario pragmatismo y sus dotes analíticas. Como decía Pessoa, más tontos son los que nunca se han apasionado por nada.

 

 

pasión.

 

1. f. Acción de padecer.

3. f. Lo contrario a la acción.

4. f. Estado pasivo en el sujeto.

5. f. Perturbación o afecto desordenado del ánimo.

6. f. Inclinación o preferencia muy vivas de alguien a otra persona.

7. f. Apetito o afición vehemente a algo.

 

17/05/2007 11:27. ateopoeta #. Hay 3 comentarios.

Dr. Calypso

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Precedidos del grupo Transilvanians, el sábado actuaron en Bueu los ya veteranos Dr. Calypso. Estupendas dosis de ska, rock steady, soul, funk, reggae y, cómo no, calypsos. Sonidos añejos. Melodías amables y bailables. Uno de los cantantes con su camiseta antifascista. El otro, con gafas de sol setenteras y tatuajes en medio torso. Humo, sudor y cervezas. La sal marina todavía adherida a mi piel. La noche calma, casi de verano. Embriaguez de un tiempo dulce e inexorable.

 

 

 

21/05/2007 04:58. ateopoeta #. las poesías de otros/as No hay comentarios. Comentar.

derecho al delirio

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Benito Zambrano me ha vuelto a deslumbrar y a arrancar las lágrimas de cuajo. No lo tiene fácil. Soy un incrédulo y un criticón. Los romanticismos pasteleros me suelen causar aversión. Pero Zambrano, como Julio Medem, Montxo Armendáriz, José Luis Borau y tantos otros, mide los silencios, protesta contra las opresiones, aclama la belleza de las pequeñas cosas, nos desempolva la indiferencia ante los dilemas esenciales de la vida. Años después de su inolvidable Solas (1999), ayer vi Habana Blues (2005) en la televisión (como tantas veces, de la mano conductora de Cayetana Guillén Cuervo, sabia, optimista, seductora ¡la adoro!). En su día rechacé ir a su estreno en el cine pues lo que decían los periódicos irguió en mí el prejuicio de “vaya, ahora le ha dado por hacer un musical con el simple telón de fondo de la emigración cubana y seguro que sin un atisbo de distancia a su filocomunismo”. Para buenas historias de emigración, exilio, aviación, travesía, disenso interior o como se le quiera llamar, ya había visto el premiado documental Balseros o la más tremenda y autocrítica Fresa y Chocolate. No esperaba encontrarme nada novedoso. Craso error. Los tres personajes principales de Habana Blues -Tito, Ruy y Caridad- se pelean a tres bandas. Sacan a flote todas sus contradicciones, y las de la isla. Se aman, discuten, se alejan, se seguirán amando. Sus gestos son verídicos y profundos. En el último concierto del grupo de música protagonista, Ruy lo presenta reivindicando un ambiguo “derecho al delirio y a la utopía” y la canción de la traca final recalca que “no seas cautivo de idiomas o ideologías”. El guión de Zambrano hace equilibrismos entre su devoción y sus sutiles críticas al régimen, y a la sociedad cubana. El racismo soterrado, el machismo, el hambre, las camas compartidas, los empresarios españoles desembarcando con sus contratos leoninos y su arrogancia, la prostitución masculina y femenina, los mercados clandestinos, los músicos contestatarios de la escena alternativa, la lucha por partir. Sutiles pero atrevidas. Además de aquellos edificios en ruinas y de las noches ancladas en el pasado, recuerdo de mi única visita a La Habana aquel enorme cine en el que vi, en sesión continua, Todo sobre mi madre, de Almodóvar. Al final de la película, en el coloquio, lo he vuelto a ver lleno de espectadores que veían Habana Blues. Y en ese juego de espejos es imposible olvidarse de que somos parte de las buenas ficciones. Más en:

http://wwws.warnerbros.es/movies/habanablues/

 

 

escuela primaria

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Todavía duerme. Los domingos por la mañana nos gusta remolonear. A veces, como hoy, me despierto la primera y me quedo unos minutos pensando. Pongo un libro en mi regazo, por si se despierta. Hago como que leo. Para que no me pregunte en qué pienso. Es una pregunta irritante. Los pensamientos vienen y van mientras la luz vespertina se intuye tras las cortinas. En verdad, son los pensamientos los que me desentumecen bruscamente. Como si te asestaran un golpe de conciencia. Un golpe de timón: esta es tu vida, eres feliz, pero cuidado, todo lo que llega a inundarte se puede esfumar a la misma velocidad. Los domingos como hoy me gustaría ir a dar un paseo largo por un bosque fresco y húmedo. Pero vivimos en pleno centro de Madrid. Y, además, cuando Juan se despierte seguro que hacemos el amor. Como dos cachorritos que se van arrebujando mutuamente, con toda naturalidad. Sólo tengo que esperar a que los rayos de sol empiecen a herir sus párpados. Es el día de la semana en el que el tiempo es más lánguido, se estira y no consulta el reloj de mis pensamientos.

 

A lo que más vueltas le doy es a la idea del destino. Bueno, por llamarla de alguna manera. Algo así como: ¿Por qué estoy aquí, con este hombre maravilloso a mi lado? ¿Cómo voy a vivir lo que viene enseguida, en unas horas, mañana, en los próximos años? No siento pánico, ni mucho menos. Por mi edad aún podría permitirme ser arrogante y desafiar el futuro. Casi cuarenta, en lo mejor de la vida. Aunque desde niña sé que en cualquier momento la vida puede ser traicionera y todo puede acabar de repente. Soy precavida, incluso en el refugio de mis meditaciones. Es un milagro que esté aquí, ese cuerpo mecido por los sueños. Pero cualquier día puede dejar de estar. Por eso me gusta deleitarme con cada instante.

 

Juan ha sido un regalo reciente del destino. Hace sólo un año que vivimos juntos, pero nos conocemos de toda la vida. Es como si te reencontraras contigo misma, con todo lo que has sido. O, mejor, con todo lo que podías llegar a ser cuando tan sólo eras una niña. Juan iba a mi clase hasta sexto curso de primaria. En séptimo, sus padres se mudaron a León y lo hicieron desaparecer de mi infancia llena de pájaros en la cabeza. Casi no me di ni cuenta. Era lo normal, los niños venían y se iban, como los días, los cursos, los pensamientos y la regla, poco después. De Ponferrada, aquella pequeña ciudad de provincias con montañas de carbón amontonadas en cualquier lado, yo también me fui unos años más tarde. A estudiar sociología en Madrid. Pero regresaba regularmente a aquel vergel de cerezas resplandecientes y recuerdos de libertad. Juan había sido uno de aquellos niños con los que nos escapábamos con las bicicletas cruzando puentes y ascendiendo colinas. Terribles cuestas que hoy veo demasiado empinadas y lejanas. Aunque ahí siguen, inamovibles.

 

Con diez años ya jugábamos a darnos besos en los servicios del colegio y hasta en la capilla de aquel curioso colegio de monjas donde tuvimos nuestras primeras clases de educación sexual gracias a un profesor seglar que tocaba la armónica y parecía un santo. Eran unos besos inducidos. Fruto de un “a qué no te atreves”, “te toca besarte con Juan”, “se trata de besarse en silencio porque como nos pillen se nos cae el pelo”. Beso, verdad o consecuencia. Nunca me olvidaré de aquel cosquilleo entre las piernas y haciendo temblar todos los poros de mi cuerpo. Hasta que la sangre se concentraba en los pómulos sonrosados y ardientes como los de caperucita roja. En una de las excursiones campestres que se hacían para celebrar el magosto recuerdo que el guión marcado en el juego exigía besos con y sin lengua, breves y de varios minutos de duración, acompañados o no de caricias en aquellos muslos desnudos apenas cubiertos por nuestras faldas a tablas. Los días y los años transcurrían a velocidad de vértigo. Igual de fluctuantes eran los niños que te gustaban. Juan había estacionado en mis deseos por algún tiempo de aquel inestable transcurrir. Y un verano se evaporó de repente, aunque supongo que sus huellas seguían ahí varadas, inamovibles como aquellos gigantescos cucuruchos de carbón.

 

Más que suponerlo, hoy tengo la certeza de que nuestro reencuentro hace poco más de un año desanudó aquellos miles de cosquilleos de la infancia. Las miradas en clase. Los juegos a pillar en el patio. Los escondites entre las habitaciones perfumadas y prohibidas del colegio. Sus padres habían alquilado durante décadas la casa que dejaron en Ponferrada hasta que hace cinco años Juan volvió a ocuparla. Se había convertido en ingeniero agrónomo y los cerezos, los castaños o las vides del Bierzo, constituían una porción de su paraíso perdido que había decidido recuperar. Me dijo que había preguntado por mí a alguna compañera de escuela. Lo cierto es que ya no conocía a casi nadie y la misma ciudad, con nuevas zonas urbanizadas, se había tornado irreconocible y un poco extraña incluso para él que la tenía grabada en cada estría de su cerebro, categoría alevín. Quizás me lo dijo para halagarme. El día del reencuentro, con aquel fogonazo. Durante esos años yo casi no iba a visitar a mis familiares a Ponferrada, pues el trabajo me obligaba ya a bastantes viajes, cuando no me reclamaban mis amigas madrileñas para otros viajes o para curarnos mutuamente las heridas de la edad. Todas insistían en que la vida es corta y el mundo muy grande. Hay mucho que ver y “tú no puedes dejar de lucir tus ojazos de vampiresa”, me decían con su habitual picardía. Tenían razón. Romper con mi pareja después de una larga década de estéril noviazgo no sólo me había dejado unos kilos de más, realimentados en gran parte por los sucesivos viajes fundamentalmente gastronómicos. También una cierta sombra de desesperanza en la mirada. Alguien tendría que soplar lejos esos polvos de maquillaje.

 

A Juan le gustaba andar por el monte y los campos de cultivo. Curtiendo su piel al sol. O bajo la lluvia torrencial del otoño. En ese medio parece una suerte de zahorí, atento a cualquier signo de la naturaleza para contrastarlo con su libro secreto de taxonomías o para llevarse algo al paladar. En la ciudad, sin embargo, parece un niño grande y perplejo. Algo despistado. Así me lo encontré sentado en la terraza de una cafetería en la plaza de la Encina. Enfrascado en un libro, rodeado de varios periódicos y revistas desperdigados por la mesa. Quizás nos habíamos cruzado ya en varias ocasiones a lo largo de los años que él llevaba ya instalado en Ponferrada. Hasta podíamos habernos sentado antes espalda contra espalda en la misma plaza donde nos reconocimos después de tantas travesías. Quién sabe. Aunque me estremece sólo el pensarlo. Cuántos instantes le habríamos sacado de ventaja a los milagros de la vida. En cualquier caso, llegó para no marcharse. Y yo le ofrecí otra estancia en las ruinas de mi castillo, todavía con aquellas almenas de carbón en el fondo de un pasado cada vez más borroso y alejado. Nada en él destacaba especialmente. Sin embargo, no tuve ninguna duda de que era el viento que necesitaba, el abrazo seguro a una felicidad aletargada durante mucho tiempo.

 

Está a punto de despertarse. Las cafeteras de los vecinos silban a coro. Una aspiradora. Ambulancias. A veces me arrepiento de haberle extirpado de la ciudad de sus sueños. Aquí, el pobre, ha acabado trabajando en una editorial. Pero supongo que los dos nos necesitábamos. O, por lo menos, necesitábamos a alguien que replicase aquellos amores sencillos, descuidados y escalofriantes de la infancia. Nada más. Y no nos valían sucedáneos. En eso hemos sido intransigentes. O así me gusta pensarlo. O será que ahora, ante cualquier deriva o zozobra, sólo nos queda la esperanza de amarrarnos a nuestro pasado. Al que nos proporcionó la más salvaje sensación de dicha. No sé. Ya hemos andado mucho. Muchas aventuras y tentativas. Ahora tenemos este nicho. Sólo los domingos por la mañana parece que me doy cuenta de su verdadero valor. Luego, todo vuelve a desvanecerse en la rutina. Mientras, él sigue aquí. Ya empieza a rebullir. Se despereza. Posa sus dedos en lo más alto de mis muslos y me dice que hoy iremos a dar un largo paseo por un bosque fresco y húmedo. Y entonces me siento nadando en la abundancia.

 

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Meriendo algunas tardes:

no todas tienen pulpa comestible.

 

Si estoy junto a la mar

muerdo primero los acantilados,

luego las nubes cárdenas y el cielo

-escupo las gaviotas-,

y para postre dejo las bañistas

jugando a la pelota y despeinadas.

 

Si estoy en la ciudad

meriendo tarde a secas:

mastico lentamente los minutos

-tras haberle quitado las espinas-

y cuando se me acaban

me voy rumiando sombras,

rememorando el tiempo devorado

con un acre sabor a nada en la garganta.

 

Ángel González

 

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cómo podemos vivir

inmunes

a todos esos crímenes

ahí fuera,

cerca, lejos,

ubicuos,

y dormir en paz,

aspirar

este delirio de flores,

desear sin culpa

un nuevo trance

 

nuestras islas

y clanes

siempre a punto

de extinguirse

 

no sería tan absurdo

claudicar

ante este absurdo

 

si no fuera

por la aurora

de esos domingos

en que no abrimos la prensa

 

 

31/05/2007 09:43. ateopoeta #. mis poemas y otros textos (provisionales) No hay comentarios. Comentar.

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