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ateo poeta

cachivaches, deseos, derivas y garabatos con los que darle un masaje a la vida, para que ésta nos recompense con creces // autodesplanifica [arroba] gmail [punto] com

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Se muestran los artículos pertenecientes a Abril de 2008.

Al otro lado

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La premiada película “Al otro lado” (Fatih Akin, 2007) es un magnífico relato de tres relaciones padre-hijo (dos, más exactamente, de madre-hija) con sus atractivos entrecruzamientos y casuales coincidencias. De fondo se halla un interrogante crucial acerca de la segunda generación de emigrantes turcos en Alemania y las relaciones con Turquía desde las contradicciones internas de este país y de todos los personajes que componen la trama. El padre de Nejat, Ali, ha salido adelante en Alemania pero al final de su vida se encuentra solo y la forzada relación que mantiene con una prostituta, Yeter, provocará su expulsión a Turquía. Su sombra de soledad y abandono se cierne sobre su hijo que ha abandonado las clases en la universidad, hacia las que no sentía especial devoción, abriendo una librería alemana en Estambul. Nejat llega a esta ciudad con la excusa de ayudar a la hija de Yeter, Ayten, de la que apenas sabe un par de cosas. Lo mismo que ella con respecto a su madre, a la que imagina trabajando en una tienda de zapatos y a la que acude a buscar huyendo de la policía turca por causa de su militancia política. Pero Ayten será pronto extraditada y encarcelada en Turquía, desatando que su amiga alemana, Lotte, vaya a buscarla, y, tras ella, la madre de ésta, Susanne. Estas búsquedas mutuas y desesperadas, y los consiguientes desencuentros dejan una sensación de angustia constante, acentuada por las muertes, o su acecho, que se van sucediendo. Sin embargo, la atmósfera luminosa y cálida es engañosa, presentando esas pérdidas de forma inesperada, pero como si fueran naturales de acuerdo con el marco de inseguridad que atraviesa todo el ambiente en Estambul y en la Alemania en que viven los turcos. La intensidad de cada gesto y de cada plano ayudan a sumergirse en un crisol en el que el azar ha repartido injustamente la supervivencia. Y no todos los supervivientes tienen tiempo para reconocerse.



01/04/2008 18:13. ateopoeta #. otras inspiraciones artísticas No hay comentarios. Comentar.

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hoy necesito regalarte algo:

una brizna almibarada de silencio,

fe en tus cartílagos y articulaciones,

aquella peonza bravía que nos arrebató

hasta los abismos prodigiosos,

pongamos por caso


dirán que son presentes volátiles,

calenturas de la imaginación, borlas

ornamentales, lenitivos de la ausencia,

qué sé yo


hoy sólo son una forma de agasajar

tu verbo cósmico, tu sed nuclear

por entender, la lumbre eterna de las cerezas

y algas que detienen la velocidad,

nuestra mutua digestión


(y te ofrezco mis excusas

por los excesos y defectos ocasionados)



La inmortalidad

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El libro de Milan Kundera “La inmortalidad” lo voy a subir a uno de mis altares literarios porque ha logrado agitarme e inquietarme con sus preguntas, jugar con la ficción y con la realidad, mantener la intriga del argumento y desvelar la incómoda situación del lector cuando ya dispone de todas las claves de la historia y, sin embargo, todavía le queda mucho por leer. La preocupación por la inmortalidad nos la presenta Kundera como propia de aquellas personas que con sus obras de arte, o con su proximidad a los artistas, son conscientes en vida de que muchas otras personas hablarán de ellas una vez que hayan muerto. El hecho cierto de la muerte de cada uno y del recuerdo que dejará en nuestro círculo más próximo o, en algunos casos, en otros círculos más amplios, se proyecta de alguna forma sobre toda nuestra vida. Nos obliga a pronunciarnos: persiguiendo abiertamente esa trascendencia, declarando abierta y obscenamente la angustia ante la seguridad de que no existirá, o rumiando silenciosamente los días como si sólo la paz interior y la más radical soledad pudieran proporcionar la única trascendencia realmente valiosa, la que acontece antes de la muerte.


El propio Kundera habla en este libro como Kundera, escritor de “La insoportable levedad del ser” y otras novelas: como un personaje más. En sus encuentros con el profesor Avenarius va revelando cómo ha acccedido al conocimiento de la vida de Agnes y de su hermana Laura. Ambas nacieron en Suiza y se mudaron sucesivamente a París por razones diferentes. Agnes, como un paso más en su huída interior hacia los perfumes y el sosiego del alma. Laura, en pos de su hermana y de la pasión de su cuerpo siempre insatisfecho y en lucha contra el no retorno. Reincidiendo en una imagen predilecta de Kundera, la primera aparición de Agnes es en una piscina llena de cuerpos entre vapores, lirismo y cruda realidad. El modo en que Agnes contempla a otras personas y sus gestos sobrios y gráciles conducen a los dos observadores a reconstruir la muerte melancólica y austera del padre de Agnes, a distintos episodios de su vida sentimental y a la relación con su hermana, su marido y su única hija. ¿Podemos volcar nuestras aspiraciones a la inmortalidad en el enamoramiento efervescente, en el amor apacible o en la sexualidad intempestiva? Aunque el primer don apenas parece agraciar a los personajes de este relato, con el resto de sus experiencias de cariño o deseo nos quedamos sospechando que es más el miedo a la muerte, y a la muerte en vida, lo que motiva sus respectivas atracciones.


En raros momentos de la novela, además, encontramos una nítida unidad de acción. El autor experimenta con narraciones colaterales y con anécdotas, más o menos inventadas, de artistas universales hasta desembocar de nuevo en el desvelamiento de algunos de los tipos de inmortalidad que, como una niebla, parece que nos susurran a todos con sigilo. Goethe y Hemingway, por ejemplo, conversan una vez muertos acerca de sus avatares. Y la vida erótica de un pintor frustrado, llamado Rubens, nos ayuda a entender por qué Agnes tuvo un amante con quien sólo se reunía dos o tres veces al año. Kundera dice en un capítulo que gracias a esta programada ruptura del relato tal vez ningún director de cine se atreva a hacer una película del mismo y, así, se garantizaría la singularidad inimitable de la novela, su necesidad para una civilización decadente. La novela tendría la virtud de diseccionar las vivencias y valoraciones personales de tal modo que el autor puede sugerir y filtrar subrepticiamente su propia visión del mundo a través de las palabras de variados personajes: sus marionetas, a fin de cuentas. Es una tentativa, por lo menos aquí, de construir una ética polifónica, de urgirnos a que no sucumbamos al vacío circundante. Por ello, quizás, a menudo sobran en esta obra tantas generalizaciones sobre la naturaleza humana, aunque de algunas nos deslumbre su clarividencia. En todo caso, quizás no existan otros medios tan placenteros como las novelas para aproximarnos a entender la vida de nuestros semejantes, aunque nos separen muchas cosas de los hábitos de los personajes aburguesados que las suelen poblar.



cancioncita del día

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Crossin' the river in a big old boat,

With a dollar bill in my hand.

Gonna go fishin' in the afternoon,

Got a simple plan.

Oh yeah, baby.

 

 

I got to hold on,

I got to be strong,

I got to live long,

And be with you.

 

 

Lonely nights and lonely days,

When I'm not with you.

Learned to trust and I learned to give,

Found a love that's true.

Oh yeah, baby.

 

 

I got to hold on,

I got to be strong,

I got to live long,

And be with you.

 

 

Girl it shouldn't be too hard,

To live with you.

It's really not complicated,

Until I get the blues.

 

Come on over and sit right down,

Let me take your hand,

I got a love gonna fill you up,

Take you to the promised land.

Oh yeah, baby, oh yeah.

 

 

I got to hold on,

I got to be strong,

I got to live long,

And be with you.

 

 

Be with you baby,

Be with you baby,

I got to be with you babe.

Be with you baby, oh alright.

 

Lonely nights, lonely days,

When I'm not with you babe.

Learned to trust and I learned to give,

Found a love that's true, babe.

Oh yeah, baby.

 

 

I got to hold on now,

Got to be strong now,

To be with you.

Be with you baby,

Be with you baby.

 

Neil Young

 

boomp3.com

 

 


09/04/2008 16:58. ateopoeta #. las poesías de otros/as No hay comentarios. Comentar.

melancolía

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La realidad siempre me sorprende más que la ficción. Ahoga toda la fantasía. Estalla ante mis ojos como una explosión inesperada. Por eso, a menudo dejo que mis sentidos se empapen en la contemplación de seres ajenos. Como si las escenas que componen dieran sentido a mis propios sentimientos, como si los guiaran de una forma inconsciente y colectiva. Así se disipan mis tristezas y me parece que soy un especimen más entre una multitud a la deriva, con mis rarezas y corduras, como cualquiera. Sin mayor preocupación por la belleza o futilidad de lo que transcurre. Sólo palpando su materialidad con mi mirada, desde mi interior, como si yo fuera una parte más del engranaje. Cuanto más te metes en la piel de los otros, más se contaminan tus nervios de toda esa humanidad híbrida, y menos necesidad sientes de erigirte en un primate privilegiado. Todos podemos morir en cualquier momento. Pero sólo el miedo aisla, individualiza, te mata prematuramente por asocial.

 

Hoy coincidí en el metro con tres personajes, entre las varias decenas que sólo dejaron esas raspaduras fugaces en la memoria. Una chica joven, de más de treinta, se subió en la última estación de la línea 8, en la T-4 del aeropuerto. Llevaba una tarjeta al cuello que la identificaba como personal de alguna tienda del aeropuerto y enseguida empezó a hablar por teléfono con una compañera de trabajo gesticulando como una actriz profesional. Al parecer una cámara había registrado cómo introducía su mano en una caja registradora y su jefa la acusaba de haber sustraído dinero de la misma. “A mí no me trata nadie como una ladrona. Si me acusan de algo, que lo hagan en la comisaría.” No miraba a ningún viajero del vagón, pero hablaba alto y claro sin importarle que todos se dieran por enterados. Y movía sus manos como si la caja registradora estuviera allí mismo, en el aire. Y se retorcía en el asiento incomodando a su vecino, cruzaba las piernas con sus zapatos de puntera afilados y arrojaba con rabia el móvil en su bolso negro y voluminoso cada vez que se cortaba la conversación. Entre llamada y llamada, también retomaba como una autómata una de esas novelas de casi mil páginas en letra pequeña y con las tapas blandas y alguna horrible portada. En la misma línea, en la estación de Colombia, una pareja de jóvenes veinteañeros se daban un beso parco de despedida antes de que ella se subiese al vagón. Pero antes de que se cerrasen las puertas, se asoma entre ellas, interpone su bota montañera y le llama a él con voz deseperada: “¡Nacho!” Pero el aludido parece que ya se marchaba de la estación y ella regresa a su asiento casi sollozando, sin que sus cuatro rastas pudieran ocultar un gesto de desolación. Como si en cuestión de segundos hubiera cometido un error definitivo. Como si hubiera acelerado una separación irreversible. Mientras, el chico se volvía con la vista fija en el tren que se alejaba de la estación. Y ella recibe al poco una llamada que, sin embargo, no aplaca su intranquilidad. En el vagón adyacente y hasta que llegamos a Nuevos Ministerios viene un joven próximo a la treintena escuchando música bajo unos cascos de esos que cubren los pabellones auditivos y medio cogote con su alta fidelidad. Lleva pantalones vaqueros de pitillo, calzado de voleibol con una “x” dibujada y una hortera camisa de manga larga con cuello y botones a rayas azules cielo y fucsia. La barba desaliñada contrasta, sin embargo, con un pelo lacio, abundante y con una melena larga que le llega hasta la espalda. Buena parte del camino lo pasa agarrado a una columna de acero del vagón, golpeándola y bailando con ella como si estuviera poseído por los espíritus de Jimi Hendrix o de Led Zeppelin. Su cara arrugada al compás de las guitarras eléctricas que se intuyen rugiendo en su aparato reproductor de música digital, es todo un poema. Parece entusiasta.

 

Otros días me encuentro parejas maltratándose, rusos que salen de jornadas extenuantes de trabajo o los inextinguibles músicos tocando y pidiendo con urgencia estomacal. Pero hoy sólo me detuve en esos tres cuentos de soledades y compañías fantasmas. Como decía el director de documentales Lech Kowalski, al final te das cuenta de que tú eres todos y cada uno de esos personajes en los que te has fijado, con los que te has mezclado. Arriesgándote a estar, construyéndote mientras te sumerjes en las escenas. Desde tu vacío, tu melancolía, tu desnudez. Lo fácil es bajarte en tu parada y cambiar de tren. Y así, otra vez, hacia ninguna parte.

 

Amor idiota

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Por hastío de historias románticas simplonas e insulsas, el título de esta película siempre me había parecido repulsivo y en el video-club lo esquivaba sistemáticamente. Pero anoche caí rendido en el sofá después del trabajo y en Versión Española (los viernes, en La 2) proyectaron esta formidable cinta. “Amor idiota”, dirigida por el siempre agudo y sutil Ventura Pons, no hace justicia a la etimología griega de la palabra “idiota” (los ciudadanos que, pudiendo, no querían participar en la gestión de la res pública, en la política), pero la verdad es que no podemos sino resignarnos ante la degeneración del término después de siglos de uso su vulgar y de la aplicación a todo tipo de especímenes humanos. Pere Lluc, el protagonista de la historia, sin embargo, se siente orgulloso de su idiotez y se recrea en ella hasta tal punto que puede llegar a conquistar la complicidad de quienes lo observamos. Es sólo un simple idiota enamorado de la forma más idiota posible y escéptico militante, a sus 35, a raíz de todas sus aventuras amorosas pasadas y frustradas. Pero como no se avergüenza de su recaída, comienza a perseguir y a espiar a Sandra, una vallisoletana emigrada a Barcelona y que está casada con el dueño de una empresa dedicada a la colocación de banderolas en postes y farolas de la vía pública.

 

No sabe cómo acabará, no le importa, casi no se atreve ni a hablar con Sandra las primeras veces que se cruzan sus miradas, no deja de hacer tonterías que podrían dañar a terceros o a sí mismo. Hace poco ha muerto su amigo argentino Nicco Zenone, un actor de personalidad arrebatadora que compensaba entrañablemente las lagunas de Pere Lluc. De hecho, en medio de su afligimiento etílico es cuando tropieza con una de las escaleras que usa Sandra en su trabajo nocturno. Pero el recuerdo incisivo de esa muerte y de esa amistad también le ayuda a Pere Lluc a buscarle un sentido a la vida. Sus dos otros amigos en la academia donde imparte clases, Alex y Jordina, conforman otro excelente contrapeso a sus excentricidades. Alex, felizmente casado, opina que el amor es una invención burguesa y condenada a su extinción, más o menos prematura. Jordina, separada y con una hija a su cargo, está enamorada de Alex y acaba aceptando los encuentros sexuales esporádicos que éste le ofrece. Da la impresión, por lo tanto, de que Pere Lluc nada entre esas dos aguas. Ni siquiera al final podemos suponer otra cosa. La amistad es lo que tiene: tus amigos te convencen, casi sin quererlo, de las virtudes y miserias de la vida (se erigen en tus consejeros metafísicos); tus amores te pueden dar una cierta estabilidad emocional y una confianza temporales (cuando se transforman en convivencia cotidiana); tus amantes tan sólo podrán agasajarte con altas y fugaces dosis de fantasía (más o menos encauzadas por la piel y otros artefactos corporales).

 

Ninguna respuesta es definitiva. Nadie se ofrece como ejemplo. Pero no podemos vivir solos. Ni dejarnos arrastrar por el absurdo que nos rodea. Somos un poco funambulistas y, entre número y número, nos agarramos a nuestras reflexiones y convicciones más radicales, las que sólo podemos escudriñar con un ejercicio activo de insumisión. La sexualidad, abundante y sugerente a lo largo de toda esta película, es sólo una vía más por la que circula nuestro tren de necesidades. Y cuando pensamos que ya sabemos descodificar el camino, resulta que ya empezamos a aproximarnos a la estación de destino. ¡Qué sarcasmo es esto de vivir! No es de extrañar que a menudo todos nos sintamos un poco idiotas, que no sepamos cómo hacer sencilla la vida y degustar los placeres y los días (gracias, Ramón, por evocarme a Cernuda la otra noche en Malasaña), y destejer, con fascinación infantil, los enigmas del mundo y las estúpidas imposiciones de la rutina.

 

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con este haz de ideas abigarradas

y sentires afligidos rondando la memoria

no sé qué hacer

 

cuando se truncan el tallo y el vuelo

apenas restan fuerzas y sólo amas el letargo

y los trazos quiméricos de horizontes

 

es muy tarde, infinitamente tarde, para rectificar

 

no teníamos un plan para lo sinuoso

ni para los cuidados paliativos, ocupados

en engendrar savia rebosante hasta las cimas

y espíritus solares

 

soldar el tiempo, amamantar a esa criatura

que vindica su centro -no sé qué hacer-

resucitar y transgredir

las señales de la ausencia -no sé-

 

siempre acabo como un amanuense:

escribiendo catálogos efímeros y tretas

para anestesiar la melancolía, tretas

y espacios en blanco, márgenes, refugios

 

como en esos centros urbanos

por los que paso desapercibido:

siempre es tarde, sólo amas los bálsamos

 

 

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