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ateo poeta

cachivaches, deseos, derivas y garabatos con los que darle un masaje a la vida, para que ésta nos recompense con creces // autodesplanifica [arroba] gmail [punto] com

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Se muestran los artículos pertenecientes a Diciembre de 2008.

Ciudad sin sueño (Nocturno del Brooklyn Bridge)

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No duerme nadie por el cielo. Nadie, nadie.

No duerme nadie.

Las criaturas de la luna huelen y rondan las cabañas.

Vendrán las iguanas vivas a morder a los hombres que no sueñan

y el que huye con el corazón roto encontrará por las esquinas

al increíble cocodrilo quieto bajo la tierna protesta de los astros.

 

No duerme nadie por el mundo. Nadie, nadie.

No duerme nadie.

Hay un muerto en el cementerio más lejano

que se queja tres años

porque tiene un paisaje seco en la rodilla

y el niño que enterraron esta mañana lloraba tanto

que hubo necesidad de llamar a los perros para que callase.

 

No es sueño la vida. ¡Alerta! ¡Alerta! ¡Alerta!

Nos caemos por las escaleras para comer la tierra húmeda

o subimos al filo de la nieve con el coro de dalias muertas.

Pero no hay olvido ni sueño:

carne viva. Los besos atan las bocas

en una maraña de venas recientes

y al que le duelo su dolor le dolerá sin descanso

y el que teme la muerte la llevará sobre los hombros.

 

Un día

los caballos vivirán en las tabernas

y las hormigas furiosas

atacarán los cielos amarillos que se refugian en los ojos de las vacas.

Otro día

veremos la resurrección de las mariposas disecadas

y aun andando por un paisaje de esponjas grises y barcos mudos

veremos brillar nuestro anillo y manar rosas de nuestra lengua.

 

¡Alerta! ¡Alerta! ¡Alerta!

A los que guardan todavía huellas de zarpa y aguacero,

a aquel muchacho que llora porque no sabe la invención del puente

o a aquel muerto que ya no tiene más que la cabeza y un zapato,

hay que llevarlos al muro donde iguanas y sierpes esperan,

donde espera la dentadura del oso,

donde espera la mano momificada del niño

y la piel del camello se eriza con un violento escalofrío azul.

 

No duerme nadie por el cielo. Nadie, nadie.

No duerme nadie.

Pero si alguien cierra los ojos

¡azotadlo, hijos míos, azotadlo!

Haya un panorama de ojos abiertos

y amargas llamas encendidas.

No duerme nadie por el mundo. Nadie, nadie.

Ya lo he dicho.

No duerme nadie.

Pero si alguien tiene por la noche exceso de musgo en las sienes,

abrid los escotillones para que vea bajo la luna

las copas falsas, el veneno y la calavera de los teatros.

 

 

Federico García Lorca, Poeta en Nueva York

 

09/12/2008 11:26. ateopoeta #. las poesías de otros/as No hay comentarios. Comentar.

melodías obsesivas

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Muchas veces me ocurre que una canción se incrusta en mi cerebro y suena una y otra vez, una y otra vez, durante días. Me gusta esa sensación. La melodía suele ayudarme a sentir con más clarividencia mi estado de ánimo. I’ll bet you thought I’d never find you de Jon Hendricks (http://media.putfile.com/Ia-ll-bet-you-thoug), tiene esas cualidades propias de una oruga en el cerebro. Combina sabiamente esas dosis de alegría y de tristeza que precisas para mantener el rumbo en aguas turbulentas. Una especie de astrolabio sonoro, un refugio íntimo. Cuando la obsesión hubo amainado, busqué sin éxito el texto exacto de la composición. Pero en internet debe haber tanta sobrecarga y redundancia de convenciones como en nuestros contornos más inmediatos.

 

Fui tarareando aquella canción muchas noches y mañanas, de camino al Malaya. Al pasar habitualmente por la Plaza del Ángel vi que en uno de los cafés actuaba todas las noches, durante una semana, otro de los magos del jazz, Ben Sidran. Recordé, de súbito, su concierto para García Lorca (http://media.putfile.com/aint-necessarily-so_Ben-Sidran http://media.putfile.com/Ben-Sidran_Look-here). El disco lo había grabado en mi ordenador cuando lo descubrí, hace unos años, en la casa de una amiga alemana en Amsterdam. Y me había conmovido e hipnotizado desde la primera audición. Más melodías arrebatadoras para los tiempos muertos. Creo que las entradas eran de un precio abusivo, veinticinco euros o más, y mi economía no está para excesos. Además, la experiencia casi surrealista y poética de defender aquel palacio centenario de las garras de los especuladores inmobiliarios, aún a costa del sueño sagrado, me resultaba mucho más enriquecedora.

 

El Malaya fue desalojado el primer día de diciembre por los lacayos policiales y judiciales a sueldo de mafiosos o, cuando menos, cómplices de sus hurtos y tretas. A mi edad ni siquiera siento rabia, lo analizo con frialdad, pero, irremediablemente, acabo cambiando de sintonía mental. La noche del desalojo ya no estaba sumergido en aquella niebla de fantasmas. Me había encerrado unos días en casa, lejos de Madrid, a finalizar varios trabajos que ya no podían demorarse más y a estar con mis hijos. Entonces es cuando Ben Sidran vino a visitarme de nuevo. Esa elegía alegre, esa memoria de la injusticia envuelta en blues y humo. En su homenaje, el viejo jazzman nos hace revivir el optimismo del poeta en Nueva York, lo que nunca muere por mucho que maten los cerebros embotados de vacío y mercenarios.

 

Siempre me ha sentado bien escuchar música o la radio mientras trabajo. Para tomarme un respiro, o para desconfiar de esa concentración enajenadora a la que te arrastra todo esfuerzo intelectual, por mucho que te gratifique a su vez. Comporte clarividencia o sensaciones más pasajeras, es asombroso cómo se entrecruzan todos estos hilos. (Claro que esto no sé a quién le puede importar un pimiento -¿a un posible torturador, quizás? Pero es que es domingo por la tarde, espeso y encapotado, y el trabajo no anda muy ligero. Así que me aprovecho de este espejito para dar rienda suelta a la búsqueda de cómplices en la perplejidad. Disculpen las molestias.)

 

 

 

Tokio

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Haiku, karaoke, origami, hatcho miso... pero también harakiri y kamikaze. Al llegar a Tokio comprendes que el japonés no es un dialecto del vasco, y que sus cinco vocales son nítidas y cristalinas como las nuestras. La memoria de las palabras perdidas siempre facilita la inmersión.

 

Tras la paz milenaria del bambú

se yerguen gélidos rascacielos de luz.

 

A vista de pájaro, la melancolía.

En la multitud: buscar una salida.

 

No se agota la fuente

que se nutre de las tormentas.

 

Circulan al contrario, por la izquierda. Leen los libros al revés, o de arriba abajo. Otro tanto pensarán de nosotros.

En sus mapas, sus islas aparecen en el centro del mundo. Un poco al norte. También hay países del sur que dibujan los mapas invertidos. Pero no se alteran las demás coordenadas.

 

Tokio es la ciudad global más densa del mundo. Y la que menos trabajadores inmigrantes admite. Apenas alzan la voz en exceso. Y miran absortos a sus cachivaches electrónicos. Se saludan inclinando gentilmente la cabeza, algunos incluso sonriendo. Formalismos, seriedad y el metro a reventar en las horas punta. (¡Por cierto, el gesto de la cabeza es indefectiblemente contagioso!)

 

Las mujeres se rebajan el volumen de sus cejas y se maquillan abundantemente. Algunas imitan la inocencia de los dibujos animados. Los hombres son lampiños, mayoritariamente. El pelo negro y liso de casi todos sólo muda con las canas y con los teñidos color caoba.

 

¿Por qué tendrán las tasas de suicidios más altas del planeta? ¿Tan difícil es encontrar tu lugar en el mundo? Toda cultura esconde su secreto inconsciente.

 

En la rueda de la fortuna

encuentras la templanza de un haiku.

 

Un amor en construcción, sin canon,

sólo se deja habitar por libélulas.

 

Ahora se desdibujan nuestros caminos.

Seguiremos anhelando melodías inspiradas.

 

 

 

17/12/2008 14:27. ateopoeta #. mis poemas y otros textos (provisionales) No hay comentarios. Comentar.

Gigoló

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Algunos aviones transcontinentales ofrecen ahora un amplio menú de películas para que cada pasajero elija en su propio asiento. Los de Air France, además, hacen gala de patriotismo cultural allá donde van y la cuota de películas francesas disponibles compite dignamente con las producciones hegemónicas (indias y norteamericanas). Otra admirable cuota de cosmopolitanismo te permite acceder a varios títulos de todo el mundo que hacen el maratoniano viaje más placentero, dentro de lo que cabe. Aunque mi primera selección -El Show de Truman, una magnífica parodia ácida de los reality shows- requeriría por mérito propio todo un análisis sociológico que postergaré posiblemente sine die (como acontece con tantas otras exposiciones a las que sometemos nuestros sentidos), dedicaré ahora unas líneas a glosar una estupenda obra francesa, con un ritmo y guión no muy alejados del estilo de algunas series televisivas y películas norteamericanas, aunque con una perspectiva de clase obrera quizás más europea y, para mí, imprescindible: Cliente (Josiane Balasko, 2008). Ante todo, decir que las interpretaciones, los ambientes y los detalles secundarios merecen, sin duda, todo mi elogio (como simple lego aficionado).

 

El argumento se erige sobre los problemas económicos que tiene un joven matrimonio residente en un piso pequeño de una barriada francesa pobre. En el mismo piso cohabitan múltiples miembros de toda una familia extensa y los roces de la convivencia hacinada no hacen más que saltar la chispa de los insultos y las disputas, aunque también hermosos detalles de solidaridad y cariño mutuo. Marco, el protagonista, comenzó a ofrecerse como gigoló a través de una página web en el momento en que su mujer estaba a punto de perder la modesta peluquería en la que se había embarcado junto a otras socias. Por supuesto, su mujer no sabe nada del asunto y todos en la familia agradecen las generosas aportaciones para pagar el alquiler y la comida, y los regalos que regularmente aporta Marco. Las tensiones, no obstante, no dejan de aflorar a ritmo de raps crudos y descarnados. Marco y su mujer, además, se aman apasionadamente y cuando Marco es descubierto, tras el río de lágrimas vertido durante días, su mujer le propondrá continuar con el trabajo pues sus apuros económicos están otra vez al límite. Pero ella no puede soportarlo y llega incluso a visitar a la clienta favorita de Marco (una presentadora de televisión que anuncia productos variopintos y que tiene engatusada a la abuela de Marco que no se pierde su “teletienda”) para restringir las cláusulas del contrato (acabar antes de la hora de la cena y los fines de semana libres). Todo vuelve a estallar de nuevo y a derivar en más dolor e incertidumbre para todos. La presentadora de televisión, Judith, nos muestra, en paralelo, el otro extremo de la escala social. Ha tenido éxito en su carrera profesional, vive acomodadamente y desde que tiene necesidad, contrata gigolós un par de veces al mes. Ha superado ya la cincuentena pero sigue siendo una mujer atractiva y activa sexualmente. Está divorciada desde hace cuatro años y dice que nunca tuvo hijos con su marido por falta de tiempo. Vive con su hermana en un piso espacioso y lujoso del centro urbano, y comparten juntas cada día sus cuitas acerca del amor y el sexo, sin ponerse nunca de acuerdo, naturalmente. Ambas trabajan en el mismo estudio de televisión, donde también emergen claramente las desigualdades de clase, las desaveniencias, los desamores y las peleas ocasionales. Un extravagante invitado al programa (una especie de “toro sentado”) acabará seduciendo a la hermana de Judith y la arrebatará de tal modo que ésta lo dejará todo (y a la propia Judith que la tenía como su mejor amiga) para irse a vivir a Arizona. Mientras, entre todas esas turbulencias, Judith y Marco continúan citándose; a veces, sin transacción monetaria por medio.

 

Por una parte, esta historia pretende mostrar que todos los personajes aspiran al “amor de su vida” o, por lo menos, son capaces de experimentarlo en alguna ocasión: tanto el joven matrimonio subsistiendo a salto de mata en el apretado habitáculo familiar, como la hermana de Judith que dice “ahora o nunca” y se lanza al amor en cuanto oye sonar sus campanas, así como la propia Judith encariñada con el tierno jovencito a quien sólo paga para sentirse una “mujer libre” pero a quien aceptaría sin dudarlo como compañero a largo plazo. Todo eso está muy bien pero nos hace sospechar que hay gato encerrado. La simpatía que se puede sentir por alguien que paga por sexo y conoce la situación de miseria en la que se encuentra la prostituta o el prostituto, sin hacer nada por remediarlo, es nula. Produce incluso más repugnancia moral que en otras situaciones de explotación laboral porque a la prostitución se suele llegar por desesperación más que por selección entre varias opciones equiparables en esfuerzo para ganarse el sustento (nada se podría objetar, por el contrario, a los casos más aparentemente voluntarios de Belle de Jour, el clásico film de Buñuel, y, más recientemente, el de Diario de una ninfómana). No obstante, la presente narración juega a hacernos sentir simpatía por todos, incluida Judith por causa de su desesperación y porque, aparentemente, es una mujer inteligente y pragmática que se administra su propia terapia a través del mercado del sexo (aunque sigue desesperada, after all). Es cierto que Judith paga bien y que ella misma entrega parte de su amor y confianza como muy pocos clientes de prostitutas harían jamás. Es su necesidad de amor, no sólo de regulares dosis de sexo, la que está en trance de manifestarse. Por eso adopta un talante paternalista, como hacen muchos empresarios con sus empleados. También es cauta y discreta, intentando evitarle daños mayores a Marco, aunque a menudo es consciente de su egoísmo y de tratarlo como una mera mercancía. El hecho de que se arrepienta, a ojos del espectador privilegiado de su intimidad, no le añade ningún mérito.

 

Pero dijimos que es Marco nuestro desgraciado “héroe de la clase obrera”. Con una belleza salvaje, de latino mediterráneo, y, a veces, poses dignas de James Dean (pero con un fondo más melancólico), se ha casado con la chica más escultural del barrio que trabaja jornadas extenuantes en una peluquería. Su amor mutuo es igualmente salvaje y sólo aspiran a poder tener su propio piso, aunque sea en el mismo vecindario marginado y periférico. Sólo llevan cuatro años casados, así que, quizás, lo peor todavía está por llegar, si es que no ha sido ya bastante dura la experiencia laboral de la prostitución de él. Aquí el narrador parece querer llevarnos a la treta de culpabilizar a Marco porque hace bien su trabajo, disfruta con él e incluso llega a sentir ciertos conatos de enamoramiento por Judith (y, cómo no, por la vida cómoda y dadivosa con la que ella le agasaja). El drama, pues, está bajo control. No hay robos ni asesinatos que nos mostrasen más sangrantemente la violencia que se esconde en todas estas relaciones. Nadie sale ileso de sus luchas por el amor, pero el sufrimiento está contenido en la simple reproducción de las condiciones de clase de cada cual. Como en tantas novelas naturalistas del pasado, lo que no puede ser, no puede ser. La Cenicienta es sólo una burla de la lucha de clases. El amor sólo es una fuerza maravillosa, como en esos culebrones de Garci, hasta que te das cuenta de las relaciones de poder (recordad al profesor de Elegy, de la Coixet), económicas (¿cómo hostias vamos a pagar la hipoteca? ¿podemos vivir juntos cómo queremos y donde queremos?) y culturales (en Mongolia, en Suráfrica, o en Dubai, varían un buen trecho los parámetros de “lo deseable” aunque se sientan coas parecidas) que lo envuelven y constituyen sin remedio. Y están, por último, las diferencias personales de cada ser humano: nuestras manías, nuestras aspiraciones, nuestras dudas y convicciones, nuestros deseos variables, el largo camino por constituirnos como seres dignos, dichosos, virtuosos, capaces. Todo ese fondo de incertidumbre que acecha también a cualquier proyecto “para toda la vida”, a cualquier declaración de amor. Por eso es mejor dejar que nos conduzca ciega y temerariamente, o de lo contrario, nos volveríamos tan prácticos y torpes como Judith y Marco. En la torpeza, de todos modos -unos más que otros-, es fácil caer por muy enamorado que se esté. Así que, paracaídas y gafas de sol. Y lo voy a dejar aquí porque estos vuelos infinitos sobrevolando Siberia dan para ensayos proporcionales a la distancia del viaje, y no es plan de aburrir al personal.

 

 

 

22/12/2008 19:16. ateopoeta #. otras inspiraciones artísticas No hay comentarios. Comentar.

Ostiones

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“-¿Pero no ve usted papá que esa mujer le roba el dinero? ¿Es que está usted ciego para no ver que usted no le puede gustar, que sólo está con usted por su dinero y que si usted no fuera rico ni siquiera miraría en su dirección si se caía muerto?

El padre de pronto sintió su vejez. Algo se encogió en su interior, pero fue sólo un instante. Dio una última chupada expansiva al tabaco antes de apagarlo en el cenicero y preguntar a su vez:

-Dime una cosa, Eddy. ¿Cuál es mi plato favorito?

-Los ostiones -respondió el hijo en seguida.

-Bien. Veo que todavía te acuerdas de mis preferencias.

El hombre hizo chasquear un dedo y llamó:

-Eusebio, la cuenta.

Demoró su respuesta hasta que le trajeron la cuenta y la firmó. Entonces se puso en pie y le dijo al hijo, su cara frente a la otra:

-Las ostiones. ¿Y le he preguntado alguna vez a las ostiones si yo les gusto, para comérmelas?”

 

Guillermo Cabrera Infante, Así en la paz como en la guerra

 

 

Como se puede deducir fácilmente, el caso cubano aquí retratado con cierta hilaridad por Cabrera Infante ilustra una variante de la prostitución, manifiesta en la pareja o matrimonio de conveniencia. Es decir, en la prostitución con un cliente fijo que deriva en pacto de convivencia duradero, hasta que el miembro mayor y más adinerado fallezca o clausure el contrato, pues es él quien tiene la sartén por el mango. Evidentemente, también se trata de una de las variantes más voluntarias de prostitución por parte de quien sólo posee su cuerpo como medio de subsistencia, pues si su juventud y belleza están bien cotizadas culturalmente, al menos podría cambiar de pareja en el corto plazo. En todo caso, no dejaría de mudar una situación subordinada por otra ya que siempre carecerá del capital para comprar el cuerpo que desee o para unir a él su patrimonio de una forma mutuamente rentable (o, cuando menos, no dependiente uno del otro). Si no existe una cierta igualdad material entre los miembros de una pareja, el contrato tiende a adoptar una de las modalidades de prostitución (o, si se prefiere, de servidumbre consentida). Aunque sería lamentable que una sociedad se organizase de forma generalizada sobre esas bases, como durante siglos ha ocurrido cuando la mayoría de las mujeres carecían de posibilidades para controlar sus propios medios de subsistencia, sería un error considerar toda relación amorosa o sexual desigual como una falla moral. Hasta cierto punto, el anciano personaje que se deleita con las ostras en este cuento o la Judith de la película “Cliente”, no hacen más que distribuir parte de los frutos de su trabajo de una vida (otra cuestión sería valorar los medios que han seguido para acaudalarse de esa manera) con alguien menos afortunado excepto en algo que para ellos es escaso y casi imposible de obtener con una cierta calidad (por eso prefieren comprar amor y sexo permanentes una vez que han definido nítidamente su preferencia). En el caso del profesor de “Elegy” podríamos pensar que abusa de su posición privilegiada como impositor permanente de ideas sobre sus alumnas (el prestigio encarnado en una rutina de atención a su palabra sagrada) y como evaluador arbitrario de su formación superior (rara vez el poder de poner notas es colegiado). Eso le abre un gran abanico de oportunidades relacionales en comparación con otras profesiones o con las que tienen sus estudiantes. Por lo tanto, es altamente probable que las aproveche para saciar los huecos de su vida matrimonial o para iniciar nuevas parejas con jovencitas (aunque menos probable, nada nos impide apreciar la misma lógica a la inversa -entre profesoras y jovencitos-, como bien prueba el caso de Judith y Marco). Lo que ocurre también es que muchas de esas jovencitas no venden barata su fuerza de trabajo, su cuerpo ni su alma, pues pueden provenir de clases sociales semejantes a las del profesor (o, incluso, superiores) o tener amplias posibilidades de ganarse la vida de forma independiente. Por ello, en muchas ocasiones se aprecia aquí una cierta ansia de aventura o de transgresión por ambas partes que no redunda necesariamente en un contrato típico de prostitución. De hecho, el término resulta capcioso o confuso en todas esas situaciones en las que la relación no es puntual y la transacción directamente monetaria. Desde un punto de vista poético, más que moral, pocas de esas relaciones resultan tan vitalmente enriquecedoras y revolucionarias como las que se producen entre amantes donde media el deseo con plena hegemonía. Pero sería también una ilusión limpiar de toda mancha económica, cultural o social a aquellos que se unen en una más aparente igualdad eventual. Sobre todo cuando escampa la conciencia de que, casi siempre, el delirio tiene también sus días contados, por mucho que nos cueste aceptarlo. ¿O será que es que tengo el día cenizo?

 

 

 

22/12/2008 19:30. ateopoeta #. otras inspiraciones artísticas No hay comentarios. Comentar.

Los hombres que no amaban a las mujeres

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Esta novela de Stieg Larsson (1954-2004), la primera de la trilogía Millenium, ha recibido numerosos y merecidos elogios. Cuando me la recomendaron (gracias por el consejo, Ramón y Marián) tan sólo me dijeron que era adictiva: sus casi 700 páginas te atrapan de tal manera que no puedes dejar aplazada la intriga ni un solo momento. Y corroboro que en unos días y noches pasas como un rayo por sus páginas. Quizás se deba a que no dejan de sugerirte dilemas, pistas falsas, quimeras acerca de las desventuras inmediatas de los personajes, códigos encriptados, hipótesis y contrahipótesis. Lo que no me habían comentado es que se trataba de una magistral novela negra con sus asesinatos, su suspense, una galería macabra de personajes sospechosos, y tramas políticas, económicas y sexuales que mantienen en vilo al más escéptico. Y, más aún, la sutil forma en que se van filtrando las preocupaciones del escritor acerca del nazismo, la corrupción de empresarios y políticos, el papel de los periodistas, y, sobre todo, la violencia contra las mujeres. Los dos protagonistas, el periodista Mikael Blomkvist y la excéntrica investigadora privada Lisbeth Salander, son sagaces, sensibles y temerarios, en la mejor tradición del género negro. No pude dejar de recordar a la pareja de detectives algo más convencionales (Bevilacqua y Chamorro) de las novelas de Lorenzo Silva, aunque ahora la ternura y las emociones fuertes que desliza Larsson por su obra inducen a una reflexión constante y saludable sobre muchos ángulos de nuestra sociedad. Supongo que, como mis amigos, yo también caeré en la tentación de las dos siguientes entregas de esta trilogía que, desgraciadamente, su autor no pudo ver publicada en vida.

 

 

 

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