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ateo poeta

cachivaches, deseos, derivas y garabatos con los que darle un masaje a la vida, para que ésta nos recompense con creces // autodesplanifica [arroba] gmail [punto] com

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Se muestran los artículos pertenecientes a Febrero de 2008.

una guerra más...

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El domingo pasado volvieron a proyectar en el CCCB (Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona) un nutrido grupo de documentales sociales y políticos. Bajo el título de “Exodus: Los márgenes del imperio”, rememorando el eterno clamor de Bob Marley, nos ofrecieron una muestra más de multitud de experiencias y voces críticas ante las demencias incesantes de este mundo. Es sorprendente y alentador que en ese lugar se abran a tanta gente estos trabajos y su acceso, además, sea gratuito. Los archivos también pueden consultarse fuera de los días de proyección pública y merecen toda la atención de video-activistas dispersos por doquier: http://www.desorg.org/. El documental que más me conmocionó fue “Cartas desde Beirut: La guerra de 33” (Big Noise Films, 2007). Quizás porque, incluso en los momentos de mayor impotencia ante las bombas, desprendía ese sentido poético de la vida que me alienta cada día. El rostro compungido, pero firme, de la periodista Hanady Salman que va leyendo las cartas enviadas a un blog cualquiera (http://beirutjournal.blogspot.com/), enviadas modesta y sinceramente al aire del ciberespacio tras cada ataque israelí el pasado verano de 2006. La vida cotidiana en las playas o en su oficina, alternando con un adolescente rebuscando entre los escombros de los edificios bombardeados o con una niña hospitalizada que había perdido a toda su familia. Las manchas de aceite y los colores difuminando las figuras al cambiar de escenarios. El pulso templado de los acontecimientos dolorosos. No es sólo una crónica desesperada de la masacre y de las complicidades internacionales, de nuestra pasividad, sino un ejercicio de resistencia solitario. Una forma de confiar en los detalles y en las pequeñas solidaridades que alumbran las ganas de vivir, a pesar de los pesares. Por eso son conmovedoras estas cartas, escucharlas de viva voz, pausadas, dignas, conminándonos a decir y a hacer algo a cada uno de los que estamos delante de la pantalla... En fin, una guerra más, un horror más con la venia y la complicidad interesada de quienes mandan. En una cadena musical he visto hoy el vídeo de Green Day haciendo una versión de otra canción clásica de aquellos músicos utópicos que ya no parecen abundar: “Working class hero”, de John Lennon. En las imágenes intercalaban crudas declaraciones de supervivientes de otro genocidio contemporáneo, el de Darfur (en Sudán). Entonces, de nuevo consternado, recordé que entre los documentales del pasado domingo se proyectó uno muy didáctico y agitador de tantos sentimientos de pequeñez, “Desobediencia” (Patricio Henríquez, 2005). Un desertor del ejército israelí, otro del ejército estadounidense (un joven que es, vaya paradoja, el hijo de aquel viejo sandinista nicaragüense, Carlos Mejía Godoy, que también cantaba en tiempos revolucionarios frente a la agresión militar de Estados Unidos) y un alto mando militar chileno que se negó a ejecutar los asesinatos sumarísimos impuestos por la cúpula militar golpista de 1973. Eran elocuentes en su mensaje: una guerra más -injusta e innecesaria como todas- y un soldado menos.



cosmos y vidas

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Cuanto más me irritan los discursos religiosos en boca de jerarcas eclesiásticos y líderes mesiánicos de todo pelaje, más tiendo a refugiarme en la literatura científica más dura a mi alcance. “A mi alcance” significa que sea digerible, intrigante y cargada de esa belleza que te desborda cuando sientes que vas descubriendo una racionalidad oculta en el mundo. En el campo de las ciencias naturales mi osadía no suele pasar del nivel de la divulgación científica y el interés suelo alternarlo con otros géneros, según el ciclo de vida en el que me encuentre. Por distintas razones, en los últimos meses he adquirido varios libros sobre cosmología, darwinismo, energías y cibernética. El año pasado ya me había incursionado en el campo de la paeloantropología y, como quien no quiere la cosa, voy atando cabos de materias en las que a veces reconozco a mis hijos adolescentes más duchos que yo. Por eso al principio compro los libros pensando en seguir alimentando sus curiosidades, pero antes de regalárselos prefiero cerciorarme yo mismo de lo que acontece en sus páginas y acabo tan enganchado en su lectura como con la poesía y la prosa más refinadas.


El último que he finalizado se titula “Aves, maravillosas aves. Los diálogos entre el cielo y la vida” y su autor es Hubert Reeves. Aparte de enriquecerme con hipótesis acerca de la complejidad en la naturaleza y de seguir tentándome a encontrar sustanciosas analogías con lo que ocurre en la sociedad, me han parecido fascinantes los hechos que enlaza entre la evolución del universo y la evolución de las especies en este planeta finito en el que moramos. El científico que se mete a divulgador suele dar rieda suelta a sus pasiones y va colando trozos de su biografía en un relato en el que pretende equilibrar el entretenimiento y la explicación científica de hechos relevantes. Así que Reeves, en este sentido, domina bien este arte de la comunicación ya sea para hablar de la migración de las aves o de las erupciones volcánicas. Para mayor deleite, cada dos páginas te acompañan una o más ilustraciones esclarecedoras: mapas, esquemas, grabados y hasta líricas fotografías.


En los primeros capítulos reconstruye los instantes iniciales del universo y la formación de nuestra galaxia, del planeta Tierra y de su satélite lunar, según las teorías más aceptadas. Todo proviene de estallidos y amalgamas de materiales dispersos. El cosmos está lleno, además, de piedras volantes que siguen chocando entre sí. De ahí esa imagen de la Luna plagada de cráteres. Lo curioso es que la Tierra ha recibido igualmente millones de impactos a lo largo de su historia: del impacto de un asteroide gigante se expulsó tanta materia al espacio que ésta se reunió entre sí para formar la Luna; por el impacto de un meteorito gigante en el Yucatán mexicano se extinguieron la mayoría de los dinosaurios y de los pocos que quedaron surgieron después esas miles de aves que parecen tan dulces y plenas en su dominio de los cielos. Y de “ahí fuera” siguen cayendo objetos, aunque los más grandes vienen cada más tiempo (cientos de millones de años), mientras que los más minúsculos caen con mayor frecuencia de la que nos imaginamos (miles de ellos cada año); pero nunca dejan de venir, de caer, de erosionar y de interrumpir la “apacible” vida terrestre. Todo está vivo, todo se mueve. Del mismo modo, las órbitas de los planetas de nuestro sistema solar no son absolutamente regulares, sino que van acumulando modificaciones que dentro de miles de millones de años pueden dar lugar a cataclismos planetarios, aunque ahora parezcan un portentomde estabilidad y orden.


Y, sin embargo, el universo se expande, se enfría y se dirige a una muerte térmica segura, al estado de máxima entropía y equilibrio... Reeves encuentra múltiples indicios de cómo la materia y los organismos vivos se resisten, no sabemos hasta cuándo, a esa tendencia. El cambio es constante en el universo. Y, curiosamente, todos los fenómenos y seres que lo sufren están sujetos tanto a unas pautas de regularidad y convergencia, como a accidentes fortuitos y decisivos para que, por ejemplo, sobreviva una u otra especie. Los gatos y las serpientes perciben, “ven”, la radiación infrarroja; algunas aves, incluso las ultravioletas; el ojo humano tan sólo entiende una pequeña fracción del conjunto de ondas electromagnéticas entre las dos anteriores... En fin, sólo son algunos recuerdos de los primeros capítulos; imaginad todo lo que queda en un libro así para seguir seduciendo ese afán de saber que tantos profesores truncaron indolentemente durante los años de encarcelamiento escolar (mi homenaje, no obstante, para aquéllos pocos que me enseñaron a usar el espíritu científico para animar a romper las rejas y a ejercer el libre albedrío con “conocimiento de causa”). La humildad y la hermosa perplejidad que te inundan leyendo libros así, en todo caso, no tienen precio. Por desgracia, esta maravillosa comprensión del mundo no parece haber sensibilizado mucho a tanto predicador, comerciante de almas y arengador militar a la vista de su triste abundancia.



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Te amo por ceja, por cabello, te debato en corredores
blanquísimos donde se juegan las fuentes de la luz,
te discuto a cada nombre, te arranco con delicadeza de cicatriz,
voy poniéndote en el pelo cenizas de relámpago y
cintas que dormían en la lluvia.
No quiero que tengas una forma, que seas
precisamente lo que viene detrás de tu mano,
porque el agua, considera el agua, y los leones
cuando se disuelven en el azúcar de la fábula,
y los gestos, esa arquitectura de la nada,
encendiendo sus lámparas a mitad del encuentro.
Todo mañana es la pizarra donde te invento y te dibujo,
pronto a borrarte, así no eres, ni tampoco con ese
pelo lacio, esa sonrisa.
Busco tu suma, el borde de la copa donde el vino
es también la luna y el espejo,
busco esa línea que hace temblar a un hombre en
una galería de museo.
Además te quiero, y hace tiempo y frío.


Julio Cortázar, Último round



15/02/2008 13:41. ateopoeta #. las poesías de otros/as No hay comentarios. Comentar.

Buñuelos y Rosas (un cuento de Polikárpov)

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No pasamos juntos más que unas pocas tardes. Algunos besos a destiempo y nada más. Después distancia, años, silencio. Sin embargo, desde los remotos mundos que habitamos, mandábamos a veces una carta.


Cambiamos de ciudades, de dirección, de casas, casi de vida. Cambiamos nosotros, las líneas de nuestro cuerpo, la forma de mirar el mundo o nuestra propia voz. Pero nunca rompimos el invisible hilo de las palabra. De vez en cuando, de año en año, tú seguías escribiéndome. Pocas veces nos vimos, siempre en lugares casuales, nunca solos. Quiero pensar que aplazamos el momento de volver a tocarnos, creo que por timidez más que por el temor de descubrir que ya éramos de verdad otros.


Nuestra cultura nos enseña a esperar, aplazar, dejar para el futuro, creer que el tiempo es una línea larga y recta. Tarde descubrimos que ese aprendizaje es la forma más perfecta de aniquilación. Eso pensé aquella madrugada en la que nos vimos en la calle Libertad. Nos echaron del bar y no encontramos ninguno más abierto. Madrid también ha cambiado. Me llevaste a tu casa. Ni siquiera al entrar encendiste la luz.


La oscuridad, cuando apenas faltan dos horas para el amanecer se puede comer, dicen que es alimento de fieras y alimañas, también de aquellos que han descubierto que comer, la risa, los cuerpos, el agua, el bosque, una ciudad, son las únicas patrias que nos hacen humanos. Sobre todo la risa y la sonrisa en la oscuridad de esa madrugada primera y de otras muchas. No puedo decir que me guste cocinar, no puedo decir que me guste escribir o amar. Gustar no es la palabra. Cocinar, escribir, leer, amar, son la cultura, la humanidad entera en cuatro palabras. Y son mi vida.


Esa era también tu especialidad, pasar a palabras las mil formas que los hombres y las mujeres han adoptado para vencer al paisaje o mecerse en él. Cansada de la llamada antropología urbana estudiabas desde hacía veinte años la íntima relación entre la humanidad y las plantas: etnobotánica llaman a esa extraña ciencia. Venga antropóloga lista, ¿cómo nombrar en dos palabras lo que tiene de cultura nuestra cocina?. Y tú, en un segundo, encuentras dos palabras, igual que has encontrado en dos minutos la forma de volverme loco. Dos palabras sólo para definir lo que tiene de cultura la cocina sin caer en Marvin Harris o Levy-Strauss. Aceite caliente. Me susurras al oído. Ahí está entera nuestra civilización en una sartén de aceite de oliva caliente a la espera de freír cualquier vianda. Esa fue mi tesis doctoral.


Habías pasado muchos años lejos, en selvas llenas de bichos y de barro, herborizando lianas y probando brebajes y elixires inmundos. Cada día descubría en tu piel nuevas cicatrices, señales por las que nunca me atreví a preguntar. Sin embargo tu cuerpo seguía teniendo esa apetecible delgadez, dureza, color de adolescente sana y cuidadosa. Aceite de oliva caliente.


Yo por el contrario trabajaba en un despacho, aplicando la antropología al consumo, el marketing, la publicidad. Visitaba los hogares de extraños que se prestaban a ello cámara y cuaderno de notas en ristre como si estuviera viviendo entre pigmeos o yanomamis. Analizaba el orden de sus neveras, la disposición y uso de la cocina, la casa o la forma de hacer la compra en el súper con los ojos alucinados y llenos de prejuicios de esos antropólogos locos que cogieron la malaria, una diarrea o unas buenas purgaciones en los Mares del Sur o el Amazonas. Microondas y plástico<, esas hubieran sido mis dos palabras para definir nuestra cultura hasta que tú apareciste.


Yo no traje nada de mi vida a tu casa y tú ni siquiera abriste las cajas que guardaban la tuya recién llegada a la ciudad. Cocinábamos despacio, como viejos amantes jubilados que han aprendido a dejar el deseo para el postre, pero comíamos el postre como niños glotones y golosos. ¿Qué somos sino aceite caliente? Olivares, aceituneros altivos, almazara, fritura de pescado, buñuelos, churros. Se notaba que hacía mucho tiempo que no pisabas esta tierra. Pero yo no era quién para nombrar la verdad.


Te gustaba que te hiciera rosas o buñuelos para desayunar. Aceite caliente.


Es un placer volar rápido por el cielo con la palanca del gas a tope o tirarse en bicicleta por la larga cuesta que baja de Yuste sin parar de dar pedales hasta que llega ese punto en el que el viento te impide ir más y más deprisa. Pero es un placer cocinar y amar muy despacio cuando han pasado veinte años del último beso. Metes tu dedo en el aceite y me das a chuparlo. A eso saben cinco mil años de cocina. Pero a mí no me sabe tan antiguo, sólo a presente, a pasear entre los olivos y asustar a los zorzales que se preparan ya para viajar a Siberia, sentir el tacto de tu mano, besar tus cicatrices de niña de la selva, abrir con cuidado tus álbumes de plantas y escuchar cómo era el lugar donde las recogiste, qué poder esconde su savia o desde cuándo el hombre descubrió sus secretos.


No sé cuándo te irás. Solo sé que te gustan los churros y las rosas de sartén que te hago en el aceite caliente y espero que te engorden un poco como engordan los pequeños malvices antes de cruzar volando toda Europa. Tú cruzarás el Atlántico y te perderás otra vez en el corazón de las tinieblas, en esa floresta peligrosa de la que arrancas sus secretos a cambio de que ella te arranque a ti también jirones de piel y te muerda. Y te pierda.


Pero no pienso en volver al trabajo o a tu ausencia. Ahora estás aquí y sólo somos aceite caliente en donde hago filigranas con la masa de los buñuelos y sumerjo el hierro extraño empapado en la masa líquida que por arte de magia se convierte en una rosa crujiente. Me miras siempre en silencio cuando hago la masa de los buñuelos. Es muy fácil, te digo, mitad de agua y de leche templada, un pellizco de sal y luego sólo hay que ir echando la harina en el pequeño puchero de barro con el agujerito al lado. Echar harina y remover para que no se hagan grumos hasta que la masa esté a la vez pastosa y líquida. Sólo entonces añadimos media cucharadita de bicarbonato y seguimos removiendo hasta que el aceite está caliente y humea. Inclinas con cuidado el puchero y sale por el agujero una cuerda fina de masa líquida que se cuaja al instante al caer en el aceite. Formamos pequeñas roscas concéntricas en la sartén que cuando están doradas por un lado damos la vuelta y sacamos después, en pocos minutos, a un plato en donde tú las decoras con hilo fino de miel que dejas caer desde lo alto. Los haré a donde vaya y me acordaré siempre de tu sabor cuando me meta un pedazo de buñuelo con miel en la boca.


La masa de las rosas es un poco más difícil. El hierro parece un extraño y antiguo instrumento de tortura, algún invento maléfico para marcar a fuego a los proscritos. Pero es hierro de paz. Sólo sirve para dar forma a la masa frita de las rosas. Se hace también una masa semilíquida con dos huevos, leche, un chorrito de anís, una pizca de flor de vainilla machacada y poco menos de doscientos gramos de harina. Cuando la masa está fina y sin grumos, fluida pero no líquida, sumergimos el hierro que ya estaba en el puchero de aceite en la masa y volvemos a sumergirlo en el aceite. Nace al instante la rosa que se separa del utensilio y navega sola por el burbujeo hirviente. Cuando están apenas doradas las sacamos sobre un papel absorbente y sólo en el momento justo de comerlas las rocías con miel. Miel salvaje, ganadería de los insectos. Dices. Y seguro que las rosas son un invento de algún árabe listo del año setecientos. Seguro. Y después muchas generaciones hasta llegar aquí, a tus labios y a mis manos. No te digo el secreto. Tampoco te cuento mi decisión. Más adelante sabrás que me voy contigo a la selva a perseguir plantas sagradas y beber juntos zumo de liana. No me importan las escolopendras blancas, ni las víboras, ni los jejenes, ni las rayas o las pirañas de los igarapés. Me fascinaron de niño Quiroga y Kipling, sé cazar y pescar, pero, sobre todo sé hacer buñuelos y rosas de sartén. Hacer dulces sobre el aceite caliente y secreto de tu cuerpo.



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