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ateo poeta

cachivaches, deseos, derivas y garabatos con los que darle un masaje a la vida, para que ésta nos recompense con creces // autodesplanifica [arroba] gmail [punto] com

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Se muestran los artículos pertenecientes a Julio de 2008.

aniversario y anti-definiciones

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Este es un “blog” donde doy rienda suelta a algunas de mis inquietudes artísticas. No es un blog autobiográfico, aunque está lleno de vetas por donde, a menudo, fluyen mis estados de ánimo y los de quienes leen y comentan las lecturas. Es, sobre todo, un regalo para quienes siento cerca, aunque la distancia física o mis torpezas en la comunicación más directa indiquen, por desgracia, lo contrario (que están lejos...). Un regalo de pequeños fragmentos de imaginación y realidad, expresados a través de la literatura, la música, el cine o la meditación de distinta índole discurriendo por sus entrañas. Ateopoeta es un palíndromo que nació de la perplejidad ante las sorpresas, terribles o hermosas, que se presentan en la vida. Y, por ende, busca desesperadamente a sus congéneres a lo largo y ancho del planeta, aunque sean pocos y dispersos. En fin, que es mi segundo cumpleaños virtual y el trigésimo octavo carnal, y que quería celebrarlo con vosotros/as, siempre jóvenes.

 

Ah, por cierto, al objeto de desentrañar la críptica clasificación de los contenidos en secciones, valgan las siguientes aclaraciones (o anti-definiciones):

 

Otras poesías: casi siempre, versos y canciones que van cruzándose en mi camino y que le ponen la guinda a un día o a una semana; ocasionalmente, algunas novelas, películas o experiencias que parecen dialogar contigo en ese lenguaje reflexivo, empático y cargado de belleza y emociones que te saca de la rutina hacia lo único y extraordinario.

 

Trans-fronterizos: algunos comentarios o extractos de los libros y creaciones cinematográficas que me ayudan a viajar por todos los países, culturas, sueños, individuos, terrenos de fantasía y de sentimientos universales, miserias humanas y límites arbitrarios; o sea, una auténtica e inexcusable pérdida de tiempo en leer, observar, escuchar y comprender a todos aquéllos que nos circundan, aunque sea a través de tantas mediaciones.

 

Léxico íntimo: sección casi huérfana y minoría relegada por desnutrición, aunque vio la luz entusiasta a raíz del estímulo de un “diccionario ilustrado” de la editorial Media Vaca (cuyo lema es “libros para niños ¡no sólo para niños!”) que se titula Mis primeras 80.000 palabras y con el que me agasajó Uxía en uno de mis aniversarios (el libro, si recuerdo bien, lo adquirió en una selecta librería del barrio de Monte Alto, en La Coruña); otro inquietante y cartográfico libro titulado The Atlas of Experience (de Louise Van Swaaij y Jean Klare) que compré en Chicago y que releía en Pekín con Xuefei cuando este blog se estaba gestando, contribuyó, no menos, a inaugurar este cofre del tesoro con algunas de las palabras que siempre me han deslumbrado; sirva esta prolífica justificación para persuadir a los incrédulos del futuro renacer de esta sección con más esplendor si cabe (se admiten sugerencias, claro; las conspiraciones, mejor colectivas: conspirar es respirar juntos).

 

Exhibicionismo: modestia aparte, aún no sé cómo me he atrevido aquí a castigar a mis amistades con la exhibición de los textos con pretensiones literarias que se me ocurre inventar de vez en cuando; digamos que son sólo fruto de una necesidad inefable, no de una profesión ni oficio suficientemente cultivados (otras obligaciones más prosaicas, de mera supervivencia, suelen interferir en las exigentes operaciones de sacar lustre y limar asperezas a las ficciones para que sean verídicas y sugerentes); pero ahí están, a falta de otra proyección en la industria editorial o en los premios de postín y alto copete, para que, al menos, lleguen a oídos de mi bienquerido público cautivo y poco dado a la crítica desalentadora en general.

 

Por supuesto, a quienes os habéis enredado conmigo en este espacio de lecturas libres, os agradezco sinceramente los comentarios y la complicidad, que espero seguir compartiendo. Eso sí, ¡ojo! Como decía el refrán: “primum vivere, deinde philosophare”. O, como ironizaba un poeta en un pin que regalaba en su recital: “leer os hará libros”.

 

 

01/07/2008 17:49. ateopoeta #. No hay comentarios. Comentar.

Gran Vía

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“De hacerme algún día tarjetas de visita, debajo de Bernardino Suárez Atanor, de profesión, pondría paseante. No sé hacer otra cosa más que pasear y a eso me dedico, a pasear con ojo de águila serpentina y memoria fotográfica. Me encargan que localice algo, a alguien, lo que sea aunque sea abstracto, y yo lo localizo pateando la ciudad, en particular la Gran Vía y su alfoz, es mi territorio. Hay encargos de mal agüero pero que acepto por su extravagancia, soy de natural curioso y no me gusta repetir de oficio, como dijo en esa de aventuras Clark Gable o Paco Rabal, uno de ellos o quizá otro, ’nada peor que un sueldo’, porque el sueldo es la suprema repetición. El de aquel cuadro era un pésimo augurio pero más insólito imposible, al menos para mí. La pintura no era grande, medía 0,75 x 0,40, pero sí era un laberinto al óleo: tres franjas horizontales de azules diferentes, pongamos del mar al cielo, salpicadas de redondeles de todos los colores, pongamos a modo de lunares o planetas. Parecía la bandera de un país africano, de esas que sólo vemos por la tele cuando desfilan en los Juegos Olímpicos. Me lo encargó Tino, el de Astorga, un maragato bien instalado en el Círculo Mercantil, lo suyo es el naipe. Me dijo:

-Dino, tienes que localizarme a un coleccionista al que le chiflen estas rarezas, por lo visto este adefesio es un almasola, cosa fina.

Lo pregunté como el periodista al que le encargan un artículo de opinión pregunta si a favor o en contra de un asunto del que no tiene ni puta idea.

-¿Almasola pintor o Almasola título?

-Ni puta idea, por eso te voy a dar el doble de comisión.

El cuadro se lo había ganado al póquer a un guirigay, un turista milanés medio pardela, medio exquisito. A cambio de las cien mil pelas que ya no podía pagarle. El guiri le convenció con el cuento de la lechera: el cuadro no se cotizaba en las galerías de arte, pero por toda Europa pululaban adictos admiradores de esa pintura, coleccionistas fanáticos y secretos, capaces de pagar millones por una tela tan bien conservada con, por lo no visto, un gran encanto simbólico. Tino se dejó convencer porque ya le había exprimido lo suficiente y no merecía la pena hacerle un chirlo en la jeta, más sacaría con el adefesio si de verdad era antiguo y, si no lo era, como quien se pasa en la propina.”

 

Raúl Guerra Garrido, La Gran Vía es New York

 

 

Este libro es una auténtica joya de 500 nutridas páginas. Podría dejarlo aquí, lacónico, y bastaría con echar un vistazo a su exquisita prosa para apreciar la desbordante imaginación que Guerra Garrido despliega a partir de los más recónditos espacios de esta arteria única de Madrid. Diré, tan sólo, que es una literatura tan verosímil que no dejas un minuto de sospechar cuánto hay de documentación histórica, de indagación urbanística y de recreación ingeniosa acerca de las decenas de personajes rocambolescos que deambulan por sus páginas. Durante las semanas que he estado hipnotizado por esta soberbia lectura, volvía una y otra vez a la Gran Vía tratando de identificar los edificios, carteles, cines, restaurantes y mobiliario aludidos en el texto. Esperaba, tal vez, cruzarme con los camareros o con los guardias de seguridad o con los buscavidas de cuyas anécdotas no dejaba de sorprenderme. Muchas de las historias están ambientadas en el pasado, como aquélla tristemente heroica del correveidile de Arturo Barea (el autor de aquel mítico ’La forja de un rebelde’) cuando éste censuraba para la República, desde el edificio de Telefónica, las noticias que enviaban los corresponsales internacionales sobre la sangría fascista. Otras veces, cualquier excusa es válida para reconstruir los lugares, genealogías y periplos provocando que un militar acabe hospedado en la zona o una heredera suicida regente un hotel. Los lustrosos ejercicios de estilo no desmerecen ni se desequilibran al relatar las vidas de médicos o de prostitutas, de los fundadores de la Casa del Libro o de trileros de tres al cuarto, del pacifista Gonzalo Arias y su utopía inédita por derrocar al dictador o de un dibujante de La Codorniz. En fin, una auténtica delicia para los que tenemos veleidades sociológicas incrustadas en todos los sentidos.

 

 

 

La edad de la ignorancia

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El protagonista de La edad de la ignorancia (Denis Arkand, 2007) es un hombre maduro, funcionario, casado, con dos hijas y una vida de lo más normal. Precisamente esa normalidad anodina, alienante y patética es la fuente de sus desgracias. La sexualidad con su mujer se ha evaporado, sus hijas sólo escuchan sus propias músicas y pensamientos, su jefa ejerce de policía con manía persecutoria de sus retrasos por la mañana, de sus pitillos a escondidas y hasta de su lenguaje políticamente incorrecto. La rutina diaria es un suplicio diario. La única mujer con la que todavía tiene un vínculo de ternura, su madre, está moribunda, sola e ida en un hospital. Lo único que le queda para evadirse de esa vida absurda es la fantasía y, sobre todo, las fantasías eróticas: con una modelo-actriz, con una periodista que le entrevista cuando -en su imaginación- gana un premio literario, cuando es elegido candidato del partido quebecquois... Esas evocaciones con todo lujo de detalles y su mezcla constante con episodios cotidianos no menos absurdos (como cuando conoce a una pirada que se cree una princesa medieval) van plagando la historia de un humor delirante, de ese de reír para no llorar. Sublime es, en especial, la escena en la que una comisión laboral juzga al protagonista por haber usado la palabra “negro” y una experta jurista señala que ¡ha sido suprimida del diccionario de Canadá! Todas las frustraciones que desfilan magistral y sarcásticamente por este sainete no ocluyen, sin embargo, el esbozo de unos leves visos de esperanza para que este hombre dimita de todo lo que le hace infeliz.

 

 

 

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Implacable desprecio por el arte

de la poesía como vómito inane

del imberbe del alma

que inflama su pasión desconsolada

de vecinal nodriza con eólicas voces.

 

Implacable desdén por el que llena

de rotundas palabras, congeladas y crasas,

el embudo vacío.

 

Por el meditador falaz de la nuez foradada,

 

por el que escribe ¡ay! Y se pone peana,

 

por el decimonónico, el pajizo, el superfluo, el obvio,

 

por el que anda aún entre seres y nadas

flatulentos y obscenos,

 

por el tonto tenaz,

 

por el enano,

 

por el viejo poeta que no sabe

suicidarse a tiempo debajo de su mesa,

 

por el confesional,

 

por el patético,

 

por el llamado, en fin, al gran negocio,

 

y por el arte de la poesía ejercido a deshora

como una compraventa de ruidos usados.

 

 

José Angel Valente, El inocente

 

 

 

14/07/2008 10:56. ateopoeta #. las poesías de otros/as No hay comentarios. Comentar.

Mala gente

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Al parecer, llevamos unos años (aproximadamente, desde 1996, sexagésimo aniversario del Golpe de Estado de Franco y sus secuaces contra el gobierno de la República española) de gran afluencia de libros en quioscos y librerías sobre aquella infame época de la mal llamada Guerra Civil y su “larga noche de piedra” subsiguiente. Nunca la obscenidad fue tan rampante. Después de tanto silencio, tanta desmemoria, tantas humillaciones oficializadas y tan insultante reproducción de las mismas fortunas y élites sociales, parece que ya se puede hablar, que hay libros para todos los gustos y que la “reconciliación nacional”, final y naturalmente, se da en ese inocente mercado literario y pseudohistórico. ¡Qué vergüenza que tantas generaciones hayan pasado por la escuela con ese vacío ignominioso en sus planes de estudios! ¡Y qué raquítica la legislación que ni siquiera ha venido a paliar un ápice todo ese terror infligido sistemáticamente por ese fascismo longevo y sanguinario que gobernó con plena impunidad internacional durante cuarenta años! Los que olvidan su historia, dicen, corren el riesgo de volver a repetirla...

 

Mala gente que camina (Benjamín Prado, 2006) era una más de ese montón de publicaciones que ya casi no tenía ganas ni de consultar, después de años de hacerme preguntas y escarbar por mi cuenta en algunos de esos pozos intocables, según nos indujeron a pensar. Pero ha sido un regalo de cumpleaños oportuno y gratificante (gracias, Cristina), con una buena historia que me ha intrigado desde el principio, aunque no es difícil adivinar su desenlace desde la mitad de esta voluminosa novela. Algunos personajes quizás están desarrollados y presentados un poco excesiva y formalmente, y la abundante información documental también abruma y hasta hace un poco pedantes algunos diálogos, pero el tono de denuncia política y la trama son interesantes. El narrador es un profesor de instituto que aparenta usar esta novela para contar en forma de ficción lo que no le permiten hacer en forma de ensayo histórico y filológico. Dedicado a estudiar la literatura de posguerra y, en particular, la de autores sutilmente díscolos con el Régimen del dictador como Carmen Laforet y Luis Martín-Santos, descubre a una escritora frustrada y olvidada que, sin embargo, fue astuta y tenaz en denunciar el rapto de hijos republicanos por el Estado y la Iglesia. El autor-narrador estima que más de 30.000 niños habrían sido extirpados de sus madres y familias, o repatriados forzosamente, después de fusilar o encerrar perpetuamente a sus progenitores. Y salpica la narración con las numerosas atrocidades a las que fueron sometidas las mujeres encarceladas por el Régimen e, incluso, las que sufrieron miles de aquellos niños en su vil trueque cuando no perecieron por pura alevosía de aquellos “cristianos” fundamentalistas. Apasionantes resultan también los excursos que hace para mostrar cuántos falangistas se intentaron reconvertir en paladines de la democracia después de haber escrito auténticos panfletos terroristas, y cuántos escritores exitosos secundaron aquella complicidad sin el menor remordimiento. De lo que se trataba era de mantener el poder, medrar, estar con los vencedores y hacer culpables a las víctimas. Y muy pocos fueron capaces de nadar y guardar la ropa, o de nadar entre dos aguas. En fin, como decía otro verso de Antonio Machado también citado en el libro (“mala gente que camina” es uno): “una de las dos Españas ha de helarte el corazón”.

 

 

 

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del letargo farragoso, incluso,

puede renacer la preciosa

corriente de ofrendas cristalinas,

oro líquido de tus manos a las mías,

de piel a piel, templo transparente,

reptando lenta, derritiendo nieve,

mi todo, pleno de luz, multitud

a grandes sorbos y bocanadas de aire

y dones siempre manando

crasos, fermentos jubilosos

a pesar de esta fe en nada,

de mi sol efímero, de nuestras derrotas,

de los cadáveres andantes, las letanías

y los sermones, qué sabemos, mi vida,

sino darnos sin mesura

ni cuentagotas, sólo regateos

de acuerdo a las leyes de la infancia,

somos su esqueje, un brote más

de ilusoria inmortalidad, somos

si nos entregamos las alas y aromas

del amanecer, el alumbramiento,

la conversión de hierbas en lenguaje,

la panacea, el poder ser,

por eso, mi astro danzante, esta celebración,

este presente de ternura,

este clamor

 

 

 

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