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ateo poeta

cachivaches, deseos, derivas y garabatos con los que darle un masaje a la vida, para que ésta nos recompense con creces // autodesplanifica [arroba] gmail [punto] com

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Se muestran los artículos pertenecientes a Noviembre de 2008.

El cuerno de la abundancia

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Me gustó el título de esta película: tantas ideologías y religiones han prometido paraísos, tanta sangre derramada por una vida sin ninguna dependencia de la naturaleza. Y supuse enseguida que tratándose de Cuba, habría mucho de reír para no llorar (no sé por qué, pero sospecho que la misma expresión me vino a la mente con Habana Blues y con Guantanamera). Como en las viñetas de Quino, pero con más hilaridad y desesperación. Porque entre la picaresca caribeña y el hambre post-revolucionario caben infinitas prosas. Como en otras hermanas isleñas del mismo género cómico, aquí se recurre a la parábola para retratar a una comunidad. Una comunidad con sus más y sus menos. Con sus líderes y sus aprovechados. Con los que se quedan y los que se van. Estos últimos, por varios e inescrutables caminos. La parábola: no importa de dónde venga el maná si al final llega para aliviar nuestras penurias. Es curioso que las monjas y piratas del pasado, o los bancos que han perdurado secularmente como sanguijuelas y en los que fue a recaer la herencia en disputa del cuento, no sean objeto de mayor debate. Y eso que no cejan de debatir y hablar y pelearse y fornicar (o intentarlo) y vivir con tanto sol y pasión que en nuestro paralelo parecemos osos polares. La técnica narrativa en círculo y la banda sonora aderezada por Lucio Godoy aderezan más que dignamente esta lograda tragicomedia de Juan Carlos Tabío (2008).

 

 

 

Epístola

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¿Has oído el rumor de esas aguas subterráneas nuevas:

las que absorbe la edad, las que oxigenan los filamentos

que enhebran la cordura con la locura -ahora, que sobrevivimos?

 

¿Y el canto del invierno arremolinándose en las fisuras

de celosías y paramentos blindados? ¿Como los acantilados

contiguos a tu sed de amor, siempre objeto del látigo:

firmes, indigentes, dueños de esa luz de mar primitivo?

 

Nunca nos consignamos a efemérides apenas. Vagamos

entre veredas minadas de imperativos kantianos y girasoles

quemados por la impotencia utópica.

 

(Aprendimos a designar los refugios para sustraernos al ostracismo.)

 

Necesitaba tus reflejos -tantas veces cristalinos y severos-

para mis preguntas cubistas. Y permanece nuestra savia inconforme.

Ese laxante cómplice a través de largos meses y kilómetros

de silencios.

 

Ha pasado mucho tiempo. El ser humano es diletante:

añora explicaciones, toma aire y se sumerge en un magma

de arrebatos pasionales. Hay quien se ocupa de los manjares.

 

Algunos van olvidando a quién interpelar con coraje

-porque el tiempo y las algas los envuelven y arrastran lejos.

Nosotros sobrevivimos, empero.

 

(Cuanto más políglota, más descubro el idioma de mi infancia.)

 

 

 

04/11/2008 09:18. ateopoeta #. mis poemas y otros textos (provisionales) No hay comentarios. Comentar.

hundimientos

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Hay alguien que escucha muy cerca de aquí,

espera, retiene el aliento.

Dice: Es mi voz la que habla.

 

Nunca más, dice él,

va a estar todo tan tranquilo,

tan seco y cálido como ahora.

 

Se escucha a sí mismo

en su cabeza burbujeante.

Dice: No hay nadie más.

 

Aquí. Ésta tiene que ser mi voz.

Espero, retengo el aliento,

escucho. El rumor distante

 

en mis oídos, antena

de carnes suaves, no significa nada.

Es tan sólo el latido

 

de la sangre en las venas.

He esperado mucho tiempo

con el aliento retenido.

 

Rumor blanco en los auriculares

de mi máquina del tiempo.

Sordo zumbido cósmico.

 

Ni un sonido, ninguna llamada de auxilio.

La radio permanece muda.

O éste es el fin,

 

me digo, o es que

ni siquiera hemos comenzado.

¡Aquí sí! ¡Ahora!

 

Se oye un rasguido, un crujir, algo

que se desgarra. Aquí está. Una uña helada

que araña la puerta y se queda quieta.

 

Algo cruje.

Un lienzo largo e interminable,

una inmaculada tela blanca

 

que se desgarra, lentamente al principio

y luego más y más deprisa,

se rasga en dos pedazos con un silbido.

 

Esto es el principio.

¡Escuchad! ¿No lo oís?

¡Agarraos bien!

 

Y regresa el silencio.

Sólo se oye un sutil tintineo

en los aparadores,

 

el temblor del cristal,

más y más tenue

hasta desaparecer.

 

¿Quieres decir que

eso fue todo?

Sí. Todo pasó.

 

Eso fue sólo el principio.

El principio del fin

es siempre discreto.

 

A bordo son ahora

las once cuarenta. Hay una grieta

de doscientos metros

 

en el caso de acero,

bajo la línea de flotación,

abierta por un cuchillo gigantesco.

 

El agua corre

hacia las escotillas.

Emergiendo treinta metros,

el iceberg pasa silencioso,

se desliza junto al barco resplandeciente,

y se pierde en la oscuridad.

 

 

Hans Magnus Enzensberger. El hundimiento del Titánic

 

 

 

24/11/2008 17:41. ateopoeta #. las poesías de otros/as No hay comentarios. Comentar.

hundimientos

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Otra noche más, intempestiva. Hurtándole al sueño la paz reparadora que demanda desde hace semanas. A la hora convenida, el turno de vigilancia. La calle Atocha es larga y fría. Con viandantes variopintos, incluso bien entrada la madrugada. Borrachos y coches de policía son los móviles más frecuentes. El frío, la somnolencia espumosa, la mirada perdida a uno y otro lado de la calle, aunque simulando interés y alerta. Los pasillos tenebrosos. Los salones señoriales, fantasmagóricos, con sus decoraciones pomposas y desteñidas, sus techos altísimos y las molduras doradas. Atravesarlos a media noche o al alba era siempre como una despedida. Y tropezar con todo tipo de cachivaches y mobiliario dispuesto para las barricadas o para el abandono definitivo.

 

Esperar un desalojo es más desolador que heroico. La disciplina militar que se acuerda en las interminables asambleas, se disipa a medida que nos envuelven la noche y las pesadillas. Es como esperar a un fantasma más de estas ruinas, aunque proceda del exterior. Nadie sabe cuánto seguiremos así. Velando esta fachada esplendorosa y decadente, pero que se ha preñado de tantas vidas durante estos meses. Aguardando el hundimiento de este barco. O será el otro barco más general, ese que dicen que está en crisis, el que de verdad va a la deriva. Es curioso que una noche me encontré entre las cajas volcadas y los libros añosos desperdigados por el suelo, aquel viejo poemario de Enzensberger: El hundimiento del Titanic. También un voluminoso tomo bilingüe de Walt Whitman, aquel gran oso lírico. Los hojeé con una sonrisa escéptica, como quien se encuentra con entrañables amigos al cabo de mucho tiempo y reconoce que la complicidad esencial permanece.

 

Nos hundirán otra vez, es posible. Pero se seguirán hundiendo sus transatlánticos podridos de explotación y avaricia hasta atragantarse. O eso nos gustaría pensar: amenazarles, demostrarles cuán libres podemos respirar cuando nos unimos, cuando entramos en sus lujosos inmuebles y levantamos el velo de sus leyes taimadas. La calle Atocha suele estar concurrida y bulliciosa, por eso tardan tanto. En este mismo Palacio tenían un despacho los abogados laboralistas que asesinaron los facinerosos impunes al abrigo de la inercia dictatorial. Cada noche y cada mañana que me levanto de mi colchón provisional, se me hiela por un momento la memoria. Permanecer en estos balcones y sumar nuestra presencia, me da una templanza que no tiene precio.

 

“El iceberg pasa silencioso, se desliza junto al barco resplandeciente, y se pierde en la oscuridad.” Sé que algunos preferirían una narración más lineal, sin la ruptura del aliento que supone designar un verso. Pero a mí cada una de esas pausas me evoca mi propia vida. Incluso estas noches tan irreales, observando el horizonte vacío y luego saliendo pronto a trabajar, desatrancando ritualmente el portal magnífico de una madera gruesa y vetusta. Eso es lo que ocurre por las noches. El resto de los días se zambulle en la deliberación, en los cuerpos insurrectos y en la fiesta. La noche que lleguen desapareceremos hasta colarnos en sus insomnios, contemplando el hundimiento desde lejos, desde otra casa expropiada a los ladrones de guante blanco.

 

 

 

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