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ateo poeta

cachivaches, deseos, derivas y garabatos con los que darle un masaje a la vida, para que ésta nos recompense con creces // autodesplanifica [arroba] gmail [punto] com

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Se muestran los artículos pertenecientes a Septiembre de 2008.

microantología (de cuatro) de Valente

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ACUÉRDATE DEL HOMBRE QUE SUSPIRA...”

 

 

En el centro de la ciudad o del mundo,

en su jadeante corazón,

en sus plazas,

en las brillantes avenidas

de Nueva York o París,

pulidos escuadrones

se suceden, discuten, empapelan

el destino del mundo.

 

También hablan de mí;

en ruso o en inglés

hablan de mí,

de mi miseria o de la guerra, dicen

que no quiero morir.

 

Yo muerdo una manzana,

escupo, estoy tranquilo,

allí me representan,

saben que no quiero morir.

 

En las asambleas, en los

congresos,

en las reuniones periódicas,

en la primavera o el otoño

los oradores se levantan.

No son hombres,

son los representantes

de América, el Polo Norte o la ciudad de Saint-Louis.

 

En las plazas,

en el centro de la ciudad o del mundo,

sobre su fragante corazón fatigado,

el reino de la voz que no descansa:

los que hablan en representación

de la tierra,

de la cultura occidental,

del Pacto Atlántico,

de los que tienen un solo ojo

o de los que tienen tres.

 

Allí y aquí me representan.

Todos me representan.

Soy feliz.

Muerdo mi breve fruto

o mi importante vida; ya no sé.

Estoy tranquilo.

Sueño.

Hay que salvar al hombre.

 

Me parcelan. Dividen mis derechos

y los defienden por igual.

Ellos, los poderosos

o los santos

o los profesores

o los poetas

o los arzobispos

o los políticos,

los que suelen hablar

en representación de todo el mundo

o quién sabe de quién.

En representación de mí,

que tengo hambre o como

o lloro (¿en representación de quién?),

de mí tan singular, tan oscuro y diario

que me toco, río y muero a la vez

y en representación de mí mismo solamente

amo la vida así.

 

José Ángel Valente, A modo de esperanza

 

 

 

ENTRADA AL SENTIDO

 

 

La soledad.

El miedo.

Hay un lugar

vacío, hay una estancia

que no tiene salida.

Hay una espera

ciega entre dos oleadas

de vida hay una espera

en que todos los puentes

pueden haber volado.

Entre el ojo y la forma

hay un abismo

en el que puede hundirse la mirada.

Entre la voluntad y el acto caben

océanos de sueño.

Entre mi ser y mi destino, un muro:

la imposibilidad feroz de lo posible.

 

Y en tanta soledad, un brazo armado

que amaga un golpe y no lo inflige nunca.

En un lugar, en una estancia -¿dónde?

¿sitiados por quién?

 

El alma pende de sí misma sólo,

del miedo, del peligro, del presagio.

 

José Ángel Valente, Poemas a Lázaro

 

 

 

LA SEÑAL

 

Porque hermoso es al fin

dejar latir el corazón con ritmo entero

hasta quebrar la máscara del odio.

 

Hermoso, sí, de pronto, sin saberlo,

dejarse ir, caer, ser arrastrado.

 

Tal vez la soledad, la larga espera,

no han sido más que fe en un solo acto

de libertad, de vida.

 

Porque hermoso es caer, tocar el fondo oscuro,

donde aún se debaten las imágenes

y combate el deseo con el torso desnudo

la sordidez de lo vivido.

 

Hermoso, sí.

Arriba rompe el día.

Aguardo sólo la señal del canto.

Ahora no sé, ahora sólo espero

saber más tarde lo que he sido.

 

José Ángel Valente, La memoria y los signos

 

 

 

 

SEGUNDO HOMENAJE A ISIDORE DUCASSE

 

Un poeta debe ser más útil

que ningún ciudadano de su tribu.

 

Un poeta debe conocer

diversas leyes implacables.

 

La ley de la confrontación con lo visible,

el trazado de líneas divisorias,

 

la de colocación de un rompeaguas

y la sumaria ley del círculo.

 

Ignora en cambio el regicidio

como figura del delito

y otras palabras falsas de la historia.

 

La poesía ha de tener por fin la verdad práctica.

 

Su misión es difícil.

 

José Ángel Valente, Breve son

 

 

 

Una palabra tuya

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El principal aliciente para ver Una palabra tuya (Ángeles González-Sinde, 2008) era, simplemente, una película anterior de la misma directora que me sorprendió en su día por muchas de sus virtudes (La suerte dormida, 2003). En esta ocasión desconfiaba inicialmente del tipo de historia que pudiera narrar pues la novelista de la que se ha surtido, Elvira Lindo, no es especialmente santa de mi devoción. Pero, la verdad, pocos novelistas y pocos directores se arriesgan a retratar a la clase obrera, con sus disyuntivas, apuros y anhelos. Y, sólo por eso, ya merece la pena asomarse a la ventana que le brindan las cámaras. (Sin concesiones, eso nunca, a la exigencia artística de conmoción y evocación.) En esta película dos mujeres acaban trabajando como barrenderas nocturnas en las calles de Madrid. Una de ellas, Rosario, incluso había comenzado una carrera universitaria y quizás fueron, más que nada, las frustraciones personales que vivió en su familia, al filo de la clase media, las que le condujeron a ese destino laboral. La otra, Milagros, procedía de una aldea montañesa y de una prematura orfandad que la llevó a vivir en la ciudad con un pariente taxista. Rosario padece una lacerante falta de autoestima y la carga sobrevenida de cuidar sola a su madre anciana, convaleciente y agriada. Trabaja, casi a escondidas, limpiando en el Banco de España. Milagros sobrelleva su soledad y su desconsuelo con una desinhibición exagerada, canturreando y bailando en cualquier lado. Conduce, un poco a lo loco y sin carnet, el taxi de su tío. Mientras la primera vive ensombrecida y amargada, la segunda esconde sus sombras y deseos con actitudes precipitadas... Es una pena que se resuelvan con torpeza y recurriendo a manidos tópicos sentimentales (la maternidad por azar o el emparejamiento-a-falta-de-algo-mejor) el dilema central: cómo se fraguan la amistad (y el amor unilateral), entre ambas protagonistas, con todo el lastre moral y de subsistencia personal que arrastra cada una. Como me ocurrió en su día con Mataharis (Icíar Bollaín, 2007) o con En un mundo libre (Ken Loach, 2007), pensaba obviar este comentario al no salir de la sala oscura con una sensación sublime, pero al ver otras películas realistas tan condescendientes con el despreocupado “encanto de la burguesía” (pienso en la destacable Caos Calmo -de Antonello Grimaldi, 2008- con todo un alarde narrativo minucioso que nos induce a comprender las vicisitudes de un alto ejecutivo), no tengo duda de hacia dónde orientar mis recomendaciones.

 

 

 

11/09/2008 14:19. ateopoeta #. otras inspiraciones artísticas No hay comentarios. Comentar.

contra las máquinas de la impaciencia

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¿Dónde la fuerza para la ignición vertical? ¿Dónde el arrojo más blanco para la desnudez?

 

¿De verdad no soportamos nada? Yo tengo que avanzar hasta aquel tajo, donde las cigarras asierran el vacío con tal denuedo que se pone en marcha el motor de lo imposible.

 

(Atención, existe también la coquetería del vacío y el narcisismo de lo imposible.)

 

¿Entonces? Azotar, quizá, con vara verde las nalgas del sistema simbólico.

 

(Sistemas, empalizadas: convocatoria al salto. Hay puentes para salvar el vacío, y puentes para saltar al vacío.)

 

Amigo, ¿no te está obsesionando demasiado la sequedad vocálica del otro? Mira cómo aquella cigüeña levanta lentamente la pata izquierda. En el instante preciso de comenzar a hablar, ¿dónde nos apoyamos?

 

La poesía, motor de vida. La vida, motor de sí misma.

 

Hilo: el que cose los párpados es, a veces, el mismo que guía fuera del laberinto.

 

(Atención, el tatuador soñaba con los esquemas del exterminio.)

 

Entre el polo del vacío y el de la senda exhausta, una enérgica deflagración libera fresca fuerza para el cambio.

 

Tatuaje u oración de la espesura: vivir con poco para amar con todo.

 

 

Jorge Riechmann, Conversaciones entre alquimistas

 

 

 

máquinas y almas

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En el Museo Reina Sofía (de Madrid) está todavía abierta (hasta el 10 de octubre) una curiosa exposición con toda clase de sorprendentes artilugios tecnológicos. Entre los que me han resultado más conmovedores me gustaría destacar “Listening Post” (Ben Rubin y Mark Hasen: http://www.earstudio.com/). Como se puede apreciar en el vídeo promocional (http://www.museoreinasofia.com/s-artistas-contemp/home.php) por encima de una melodía cadenciosa y casi nostálgica, se van vertiendo palabras y frases entresacadas de conversaciones que están teniendo lugar en todo el planeta a través de internet (eso sí, sólo las que discurren en inglés). Al mismo tiempo, todos esos fragmentos robados en el ciberespacio son visualizados con un verde fosforito como el de las primeras pantallas de ordenador, a lo largo de decenas de cajitas negras (231) alineadas hipnóticamente en filas y columnas. Un momento sublime para la contemplación de todas nuestras propias conversaciones, como si también estuvieran ahí, objetivadas y troceadas.

 

 

 

No Replay

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Vuelven a los escenarios los trajes negros con corbata de nudo flojo, y algún que otro sombrero a lo Blues Brothers. Vuelven músicos devotos a su público ávido de swing, rock steady y de alegría. Músicos reverenciales con clásicos del jazz o del pop italiano de hace cincuenta años. Jóvenes skatalíticos sin prejuicios y con muchos metales en la sección delantera. Nueve, nada más y nada menos, y con invitados intermitentes a los bongós y a las voces rapeadas. Sin parar de jugar entre ellos, saltando y acuclillándose. Quizás no son virtuosos implacables, quizás la multinacional que los apadrina acabe arañando su ingenua modestia. Pero sus conciertos elegantes y divertidos, dos en una misma semana en Madrid, no serán fáciles de olvidar. Por si queréis probarlos sin la nata del directo: http://myspace.com/noreplayorchestra

 

 

28/09/2008 12:30. ateopoeta #. otras inspiraciones artísticas No hay comentarios. Comentar.

Canción del despertar

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De mis brazos

pende el aliento,

el solitario humo

de tu vida. Observo

así el fugitivo nacer

de tu edad cada mañana,

el asombro de mi corazón

que teje en sábanas de invierno

la historia de dos

en el cotidiano duelo

de la carne. Te nombro

y abres más tus ojos.

¡Qué savia tu voz

en mi tronco! ¡Qué latido

involuntario te delata!

De mis brazos

brotan espigas y andamios,

dedos que buscan

la columna, la fiebre

entregada a su oficio

en el deseo. Mi voluntad

cruje como nieve

ante la huella callada

que tu mano deja

sobre el azul temor

de la mañana. Y tirito

ante tu aroma, y busco

la arquitectura de tu amor

en mis brazos, el proyecto

de tu sombra

en los límites de mi ciudad

sin forma. Así acojo tu aliento

en mi regazo, pronto,

antes de que el amanecer

sea reino único de las aves,

en la celebración primera del canto,

antes, para que la luz hunda

sus brazos en tu misterio salado.

 

Callada así para siempre

la noche en su triunfo

esculpirá nuestros brazos

como trenzas

sobre la piel de los tejados.

 

 

Alberto Santamaría, Notas de verano sobre ficciones del invierno

 

 

 

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