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ateo poeta

cachivaches, deseos, derivas y garabatos con los que darle un masaje a la vida, para que ésta nos recompense con creces // autodesplanifica [arroba] gmail [punto] com

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Se muestran los artículos pertenecientes a Abril de 2009.

fusiones

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Unas últimas semanas llenas de turbulencias y desplazamientos me habían distraído de la memoria de los placeres sublimes. En particular, de las emocionantes fusiones jazzísticas que me atravesaron el último mes en algunas de las mejores salas de Madrid (El Junco, Tempo y El Sol), y también del magnífico concierto de Le Punk, con su rock melancólico y lleno de vientos y metales afrutados en La Fábrica de Chocolate (en Vigo). Los grupos encarnados entre las penumbras madrileñas: Ajjo A Banda, Dead Capo y Speak Low. Sólo con el último repetía el trance de funk-jazz después de unos años, y sus nuevos temas elevaron aún más el listón del mestizaje a través del boogaloo o el soul radiantamente entonados por Julián Maeso (http://www.myspace.com/speaklowfunk). De los primeros, los murcianos, sólo decir que tanto la aparente locura transitoria del teclista como los lamentos aflamencados, jondos e intermitentes del cantante, segaban el aliento de cualquiera (http://www.myspace.com/ajjoabanda). Dead Capo siguen igual de inclasificables después de unos cuantos años transgrediendo géneros y sonando tan cinematográficos, pero a mí me dejaron estupefacto sus versiones surf con un contrabajo y un guitarra excepcionales (http://www.myspace.com/deadcapo). A los madrileños de Le Punk me los fui a encontrar al atlántico, con su estela no menos ecléctica y de rotundo oficio en el escenario. Tan pronto parecen que te sumergen en un tango como que te arrancan jirones de desamor a lo Calamaro (http://www.lepunk.es/). Todos sembrando estrellas danzantes en nuestros pies. Haciéndonos vivir sin fecha ni pusilánimes pesares. Algunos ansiosos por apurar un cigarrillo entre canción y canción. Otros mirando con insistencia al técnico de sonido para que corrija un irritante acople. Algunas novias de los músicos quemando el tiempo en la barra, otro fin de semana más en aeropuertos o restaurantes de autopista. Seguidores incondicionales en primera fila que leen los papeles donde se apunta a mano, todavía, el orden de los temas y de los bises, o que les piden, como souvenir, sus púas a los músicos sudorosos y ebrios de adrenalina al final del concierto. Todas esas horas de ensayo en cuartos oscuros para que en unos instantes sintamos que tocamos el cielo, que las ciudades albergan pedazos de dicha.

 

 

 

11/04/2009 00:11. ateopoeta #. otras inspiraciones artísticas No hay comentarios. Comentar.

Encuentro en Sils-Maria

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“La ciencia no es una fiesta del espíritu, sino una especie de abyección, que exige el sacrificio de todo impulso de amor. El científico está condenado a eliminar el pálpito. (…)

 

La montaña es mi ’método’ y el alpinismo mi manera de imaginar. La montaña es una musculatura que revela fuerzas y densidades, rencores acumulados de rocas oprimidas. Y si las ondulaciones de los altozanos son un canto de victoria, un talud y un derrumbadero son, en cambio, derrota y melancolía. (…)

 

Del caos y de la desarmonía del comienzo del tiempo brotó la maravilla del deseo y sobre la espalda desnuda de la muerte viviremos el eterno retorno del deseo. (…)

 

Hoy día hay que aprender tanta geografía que los geógrafos ya no tienen tiempo ni ganas de viajar. Es posible que si toda la tierra desapareciese, ellos seguirían produciendo libros de geografía y sin enterarse. (…)

 

Haciendo girar el manubrio con el gesto hastiado de un hombre que se sabe superior, piensa que la esperanza es un veneno. Pero, por desgracia, él no tiene nada mejor.”

 

Luis Martín Santos, Encuentro en Sils-Maria

 

 

¿Cómo sería un encuentro entre Freud y Nietzsche? Esta fue una de las especulaciones teóricas y literarias del profesor de filosofía y sociología Luis Martín Santos al que no tuve ocasión de conocer por muy poco, ya que falleció casi cuando yo ingresé en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología. Pero sus libros de un singular marxismo fenomenológico no dejaron de intrigarme cuando era estudiante, y entre sus novelas deslumbrantes tenía este volumen aún estancado en casa, a la espera de un momento propicio para su lectura. Al volver de Viena hace unos días y recapacitar sobre mi ignorancia previa en torno a aquella ciudad, el libro me llamó de nuevo la atención y ha sido mi alimento durante unos días de asueto. Viena era la ciudad originaria de Freud, aunque en ella yo preferí visitar la casa inspirada por las obras de arte de Hundertwasser en lugar de encerrarme en el museo que honraba al pionero psicoanalista. ¿Qué explicación daría Freud a esa aversión -ocasional- por los museos? La verdad es que el pasado imperial y burgués de Viena me hizo recordar, fugazmente, el carácter políticamente conservador de Freud (¿cómo explicaría él mismo su aversión por las revoluciones?), pero un geógrafo me comentó allí que más de la mitad de la vivienda es pública, con lo cual pensé que Austria es hoy, en esta materia, más socialista incluso que muchos países nórdicos. Con respecto a la novela, ninguna objeción reseñable, excepto que el encuentro entre las dos figuras intelectuales es más parco de lo que uno va anhelando. Por el contrario, la prosa refinada y lírica de Martín Santos posee una maestría que uno no espera en un sociólogo (bienvenido, pues, a mis selectas excepciones). La metáfora de la montaña y de sus cumbres como lugar para llevar el pensamiento occidental a sus máximas alturas históricas, se puebla de una palpable materialidad, al igual que ocurre con los ademanes y detalles tangibles de las vidas acomodadas de quienes se van mezclando con los protagonistas. Aunque de un forma muy tangencial, no podían faltar las alusiones al tercero de los llamados “teóricos de la sospecha” (Marx, Nietzsche y Freud) y al fantasma del comunismo que recorría Europa a finales del siglo XIX. La novela, como cualquier otro viaje, sólo ofrece respuestas a las preguntas que nos hemos hecho durante mucho tiempo. Por eso a veces no deseas salir del hotel ni de los libros en que te internas, aunque te encuentres en lugares desconocidos o rodeado de decenas de personas. Sin preguntas, sin sospechas, sin “causas finales”, no viviríamos ninguna realidad plena y virtuosamente. Pero incluso estos básicos axiomas éticos se nos olvidan con frecuencia y pensamos que cada ciudad, cada libro, cada persona, nos va a ofrecer algo nuevo y acumulable sin poner nosotros nada en ese espacio sináptico. ¡Cuántas ilusiones, cuánto silencio!

 

 

 

Intimidad

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La colección de películas “eróticas” que acompañan a un periódico desde hace semanas está cuajada de obras prescindibles, predecibles y menos excitantes que una muñeca (o muñeco) hinchable (aunque para gustos... perdonen el símil los/las fetichistas del género). Entre las que se salvan, la última entrega titulada Intimidad (Patrice Chéreau, 2001) plantea un dilema intrigante y clásico: ¿cuál es el límite de tolerancia al llevar el deseo sexual por el otro hasta sus últimas consecuencias? En este caso, es una mujer casada con un taxista y con un hijo la que siente el despertar de su deseo con un amante con el que apenas se habla. El hombre, divorciado y también con un hijo de la misma edad (unos ocho años), acepta la cita semanal sin palabras, pero anhela una relación más estable y comienza a indagar en la vida de ella. A esos vectores aparentemente opuestos se unen las frustraciones personales de ambos personajes: ella, profesora de teatro y actriz ocasional; él, camarero en un pub nocturno tras abandonar su carrera musical, pero siempre pensando en cambiar de vida. Otros personajes secundarios -un joven y homosexual compañero de trabajo del pub, el mejor amigo de él con múltiples problemas y adicciones, el taxista filósofo de billar y su hijo- ofrecen el contrapunto dramático al pacto de silencio y sexualidad a punto de quebrarse. Las escenas de coitos son como lánguidos bodegones, intensos y fugaces. Como si algo esencial se perdiese en ellos (o se alcanzase de forma tan evanescente que se olvidase al instante). La verdad del deseo y su independencia de llevar una vida en común (una casa, las facturas del gas, educar a los niños) son memorables, lo que en el fondo te deja mudo.

 

 

 

Alamedadosoulna

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Otro grupo de Madrid, y del mismo barrio que Le Punk, que me encuentro en Vigo, en la misma Fábrica de Chocolate. Otro grupo que derrocha energía y sentimientos a cara descubierta. Alamedadosoulna (http://www.alamedadosoulna.com/) ejercen los ritmos skatalíticos y mestizos más que el soul (sus voces, por desgracia, no alcanzan altas cumbres), pero sus poderosos cinco metales y vientos crean una verdadera fiesta. Diez músicos no caben en cualquier escenario, pero la experiencia y el buen humor del que hacen gala les lleva a no parar de jugar, agacharse, tirarse por el suelo, intercambiar sus lugares, mezclarse, lanzarse el sombrero. O sea, divertirse con armonía coreográfica e inteligencia. Y tratar del mismo modo a su devoto público, reírse con él, haciéndole cómplice de su amor a la danza y al teatro. Sólo una pasión tan generosa con la música puede explicar tantas dádivas.

 

 

 

27/04/2009 12:48. ateopoeta #. otras inspiraciones artísticas No hay comentarios. Comentar.

dependencias

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Mi padre era un alcohólico.

 

Han pasado casi cuarenta años

y todavía me despierto a las cinco de la mañana

enunciando esa frase.

 

¿Un simple desasosiego, una clarividencia, un hecho?

Después de meditar un rato sobre la causa de mi desvelo,

decido masturbarme para volver al descanso.

Al día siguiente se lo relato a mi hermana

(el desasosiego, no las fantasías inducidas para la eyaculación precoz).

Quizás lo que era ya no es, me dice,

o no era igual para ella que para mí, o para mamá, o para otros.

Ahora ya es viejo, no hay nada que temer.

 

Los siguientes días repaso todo lo evocado

por ese cráter en mis sueños.

“Mi padre era” hasta que decidí que dejara de ser.

Sin ceremonias, alejándome con parsimonia.

Y aunque nunca matas esa sombra de una vez por todas

ni la fratria conspiradora puede disolver el tabú,

el olvido es oxidante y corrosivo.

 

Mi hermana dice que ya no es tanto,

pero yo sólo veo a mamá en retrospectiva. Sus armarios

llenos de medicamentos, sus dietas, sus vacíos.

Y nuestras mudanzas precipitadas, la ausencia de raíces

excepto en aquellos largos veranos de sol mesetario y regadío,

sumido en mis cábalas, con todo el tiempo del mundo por delante.

 

“Un alcohólico”, sigo sistematizando como aquel niño aplicado

que acababa los deberes antes de llegar a casa

para luego respirar a pleno pulmón la libertad de las tardes

y el cine de los domingos.

El alcoholismo es una enfermedad. Punto. Y el tabaquismo,

y la mala vida. Allá él si no quiso poner remedio.

Era uno más, una víctima más de su tortuosa filosofía infantil:

no hay nada que hacer, sólo consumirlo todo.

Y de un país de abundancia para tanto funcionario sin rumbo:

qué fácil era llenarse la boca de izquierdismo

y maltratar a su mujer, arruinarla, suicidarse lentamente.

 

Yo no probé el alcohol hasta que empecé a sacudirme

esa memoria mortecina. Siempre construyendo una réplica inversa

a aquel escombro de paternidad, inventando una desde la nada.

El odio puede alimentar la creatividad, puede,

aunque camine y corra sobre un suelo de melancolía.

Mis hijos me lo repiten en el coche: esas canciones, papá, son tristes,

da igual el estilo de música, su olfato es perspicaz y atinado.

Yo, subyugado por mi narcisismo, me niego a reconocerlo:

soy feliz, soy feliz, soy el arquitecto satisfecho de mi vida,

he superado metas, danzo, bebo alcohol con moderación.

Hasta que hace mella la tregua terrible de las obligaciones,

la soledad propiciada y oracular.

Hasta que te das de bruces con el nihilismo:

¿cómo esclarecer el fin de tantas carreras?

¿qué culpa tienen mi padre y su alcoholismo de mi estética nómada?

¿de mi tímido izquierdismo? ¿de mis sentimientos escépticos?

¿de esa obscena voluntad de poder?

 

Han pasado casi cuarenta años

y, afortunadamente, a efectos estadísticos, la mayor parte de las noches

no padezco pesadillas.

 

 

 

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