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ateo poeta

cachivaches, deseos, derivas y garabatos con los que darle un masaje a la vida, para que ésta nos recompense con creces // autodesplanifica [arroba] gmail [punto] com

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Se muestran los artículos pertenecientes a Febrero de 2009.

La clase / Entre les murs

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El autor de aquella inolvidable Recursos Humanos (Laurent Cantet, 1999), nos vuelve a sorprender con esta magistral cinta a medio camino entre el documental y el cine social de denuncia: Entre les murs (2008) (titulada “La clase” en español y ganadora del festival de Cannes de 2008). Esa transgresión de los géneros constituye una de las primeras provocaciones: todos los actores se interpretan a sí mismos, pero todo parece una representación (eso sí, verídica y auténtica si no sospecháramos que han tenido que repetir, recordar y mostrar escenas que en su día vivieron de otra manera, aunque intenten ser lo más fiel a sí mismos que les sea posible). Esa verosimilitud de lo que es una quimera imposible no deja de ser, no obstante, fascinante. Y llegamos a ser persuadidos del efecto de realidad: nuestras escuelas son algo parecido a eso que ahí se intenta presentar. Ahora bien, en cuanto se entra a debatir con profesores y otros espectadores de la película, lo que ahí se ha visto adquiere perfiles de lo más diverso. Donde alguien ve como héroe al profesor de secundaria lidiando en sus clases con la tozuda realidad propia de en un barrio lleno de inmigrantes de segunda generación, otros ven los muros asfixiantes, la jerarquía escolar arbitraria, la insensibilidad ante las diferencias culturales y el inconsciente trabajo docente orientado a construir profecías autocumplidas sobre el futuro de sus discentes. En este último caso, el héroe deja paso al bienintencionado policía de las conciencias que reparte ciegamente premios y castigos, que esconde con sigilo sus armas de dominación y al que, afortunadamente, esos adolescentes díscolos no dejan de revelarle, un día tras otro, lo absurdo de ese sistema de disciplinas y currículos diseñados en los despachos de los intelectuales de la nación. Todo depende de nuestra mirada. Al director le queda el arte del montaje para volvernos estrábicos, para hacernos dudar ante hechos equívocos. Unas ciertas dosis de profesores “quemados” y al borde de un ataque de nervios, una ración de madre africana que no sabe ni una palabra de francés, una cucharadita más de microviolencias en el aula y de alumnos expulsados vagando de un centro a otro. Todo bien montado y listo para abrir un boquete en el muro de unas aulas que guardan celosamente los mismos profesores y los inspectores y guardianes de una situación dolorosa y patética. Por eso tantos padres, madres y profesionales del gremio aplauden la película. No porque sus miradas denuncien lo mismo que el hábil montaje del director o lo mismo que tiembla en las miradas de esos niños y niñas que sienten como una batalla cotidiana su asistencia obligatoria a unos centros donde pocos, muy pocos, les entienden. Han pasado unas semanas desde que la vi y aún sigo temblando yo también al imaginar qué pensarían esos “actores” al sentir aquella cámara tan cerca de sus pieles y sus intimidades, qué desearían mostrar y ocultar, adónde irían sus vidas una vez que fueran públicas, cuántas puertas más seguirían cerradas a pesar de las luces y la apariencia de “acción” ante millones de mirones intranquilos, pero pasivos y condescendientes. Toda una lección de arte.

 

 

 

09/02/2009 12:25. ateopoeta #. otras inspiraciones artísticas No hay comentarios. Comentar.

Millenium II

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¿Es mejor esta segunda parte de la intrigante trilogía que nos ha legado Stieg Larsson antes de su prematuro fallecimiento? La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina, desde luego, no te deja indiferente en cuanto a sus adictiva trama y a los avatares que sufren nuestros detectivescos héroes. En esta ocasión es la tormentosa biografía de Lisbeth Salander la que se va diseccionando lenta y quirúrjicamente. La jugada literaria es un sugerente bucle: Lisbeth vuelve a ejercer de investigadora, es a la vez investigada y, finalmente, es el objeto de unas cuantas maldades dolorosas. Esa omnipresencia de la reflexividad y esa hegemonía de la astucia, superan cualquier ingenua vivencia de este mundo. Los corruptos servicios secretos del Estado, lo barato que resultan los asesinos a sueldo, o la extensa red de complicidades que sostiene a proxenetas y pedófilos en cualquier aparente democracia, vuelven a emerger descarnada y sangrantemente de las páginas y, lo que nos alarma más, de cualquiera de nuestros vecinos “normales” sin que casi nadie haga nada al respecto. Lisbeth, además, se muestra de nuevo transgresora y con todas sus debilidades. Lógico, después de haber desfalcado millones al estafador empresario que se murió en la primera parte (Los hombres que no amaban a las mujeres). Hasta aquí, todo igual de apasionante. Ahora bien, nuestro narrador ya no se entretiene tanto en desvelarnos facetas filosóficas de los personajes, recurre con cierto exceso a las redundancias y reiteraciones, tarda mucho -a veces casi hasta la desesperación- en conducirnos al meollo de los eventos esenciales de la historia, y al final nos lanza abruptamente a un abismo, como si no le hubiera dado tiempo a diseñar con todo lujo de detalles un desenlace difícil y presentado, con notable antelación, presumiblemente traumático (o como si sólo quisiera transmitirnos que ya no nos queda más remedio que leer el tercer volumen). Afortunadamente, en la mejor tradición del suspense, Larsson siempre reta nuestra capacidad de predicción y mueve sus fichas con enroques, despistes y trampas no aptas para lectores románticos o intransigentes desde su realismo simplificador. Los triángulos amorosos consentidos y la bisexualidad más natural, la lucha cuerpo a cuerpo (con ese típico guiño al boxeo y su ética virtual), el fracaso de la seguridad informática, o la ineptitud investigadora de la policía, son nuevos ingredientes que enriquecen el plato y la exhausta digestión de, otra vez, más de 700 páginas. Pero cuando a un mismo autor le leemos dos veces seguidas, parece que siempre le exigimos más, una vuelta de tuerca a lo que nos puede desvelar del mundo, de nuestra capacidad racional, de nuestros sentimientos empáticos. Y es en este punto donde mi meticulosa interrogante no obtenía respuesta, sólo una nueva satisfacción con la lectura, con la reflexión incitada, con la extrema sensibilidad de quien observa la complejidad de la vida sin complacencia ni perdón. Y ese regusto a venganza y a una difusa e imposible justicia, pone también en evidencia las propias debilidades del observador y nos deja con nuevas inquietudes ante la lamentable condición humana.

 

 

We Are Standard

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El grupo bilbaíno de pop-rock electrónico aterrizó el sábado pasado en la sala Mondo de Vigo, repitiendo las hazañas de The Blows hace dos semanas: hacer bailar al personal, inocularnos esas dosis de mágica psicodelia que precisamos para que no se acartonen nuestras máscaras rutinarias, para que se desintegren las corazas. Jovencitos y modernillos de nuevo, pero oficiantes de la caja de ritmos, la percusión multiplicada hasta la saciedad, los punteos funkeados. Otra noche para no dormir. Las ventanas a la seducción y a la música en directo pueden ser oscuras y noctámbulas, pero con maravillosa alevosía. http://www.wearestandard.net/

 

 

 

 

 

09/02/2009 12:59. ateopoeta #. otras inspiraciones artísticas No hay comentarios. Comentar.

Pornografías

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Este ensayo de Andrés Barba y Javier Montes, La ceremonia del porno (2007), era una de esas lecturas siempre postergadas pero, a la vez, siempre inquietantes. La pornografía, de hecho, es uno de esos géneros comunicativos perturbadores, de los que te dan más preguntas que respuestas. ¿Es arte? ¿Es una objetivación necesaria para nuestra salud psico y fisiológica? ¿Es tan sólo una industria más para consumar nuestra alienación? ¿Por qué es carne de cañón en tanto debate moral? ¿Qué tiene que ver con nuestros cuerpos, con nuestros deseos y con nuestra razón? Este ensayo tiene la ventaja de ser sugerente y atrevido. Otro cantar es su consistencia argumentativa y la capacidad comprensiva de toda esa amplia realidad social en la que se produce y consume la pornografía. Estos son los aspectos más flojos, a mi entender. Pero supongo que leemos ensayos porque tenemos pereza para investigar más a fondo por nosotros mismos, o porque, en caso contrario, nos preparamos el terreno con la compañía de terceros que ya están más metidos en harina, aunque sea especulando y filosofando alegremente. Advertencia para navegantes: que nadie espere excitación erótica de esta propuesta teórica -su tesis: lo porno sería sólo una ceremonia o ritual para provocar la excitación del espectador- porque se expone, sobre todo, con abundante seriedad y complicidad erudita con los autores (escritores ambos y Montes también crítico de arte).

 

“Para todos existe una pornografía que no puede mirarse sin inquietud, sin fascinación, sin excitación, sin miedo. (…) En la vinculación que se establece entre una película pornográfica y yo hay una tensión ininterrumpida que surge precisamente de mi compromiso y que muere con la resolución de aquello a lo que, como observador, me había comprometido.” (p.43) El lado salvaje de la vida no está más allá de cada uno de nosotros, y sus formas pueden ser bastante variadas. Es posible que la pornografía apele a esa oscuridad y a nuestras ambivalencias, pero seguro que hay otras vías igualmente excitantes (cuando no hay quien las usas a modo de lenitivos o líneas de fuga). Lo absurdo, a mi entender, es vivir con la obstinación de que eso no existe dentro de nosotros, que no nos afecta ni nos incumbe. Por eso considero que la perturbación pornográfica es tan potente: nos interroga sin rodeos acerca de nuestros compromisos con nuestro placer. Por eso me parece absurdo considerarla, simple y meridianamente, como una perversión.

 

“Es el tedio -y no la censura, o la pornofobia- el verdadero enemigo mortal de lo porno. (…) Pero la carrera del porno contra el aburrimiento no es una escalada; si se limita a llevar al máximo sus recursos estimulantes, el porno no tiene ninguna posibilidad frente a él. Su estrategia es otra: la del hormigueo en círculos. El porno se multiplica a sí mismo, reproduce una y otra vez sus formas y sus recursos.” (p.60) De la misma manera opera el deseo (al menos, en la interpretación freudiana): siempre busca otro objeto; cuando se satisface, muere de placer; sólo resurge cuando se fija un nuevo fin, una nueva intención. Y por eso a menudo es tan hilarante el “revival” que una y otra vez operan los pornógrafos, al igual que lo hacen los vendedores de ropa. Y por eso hay tantas variantes sobre el mismo tema (follar, casi siempre). Los fetichistas y coleccionistas se ponen las botas, pero siempre perseguidos por esa sombra demoledora de caer en el tedio y la rutina, como en los mejores matrimonios.

 

Los autores prefieren hablar de “experiencia pornográfica” en tanto que unidad de sentido entre productores y consumidores. Esto nos acercaría al arte, pero cualquiera deduciría que ni las fallidas pretensiones artísticas de algunas grabaciones porno, ni lo que buscan con inmediatez sus espectadores, es una sublimación artística o un estímulo a su reflexión sobre el mundo. “Si el arte es sublimación de ese límite [lo visible], merodeo en torno a él, infinita complicación en la representación de sus rasgos, el porno es atajo, camino más corto y búsqueda del mínimo denominador. Si el arte enfatiza su relación con el deseo, el porno hace lo propio con la satisfacción. La verdad húmeda será palpada si se siguen las leyes del mínimo esfuerzo (nos dice el porno). La húmeda verdad sólo será encontrada mediante la realización del máximo esfuerzo (nos dice el arte).” (p.182) La pornografía, más bien, tiende a ocupar un espacio límite entre lo público y lo privado. Si fuera demasiado pública, perdería interés. El secreto, la perversión, la transgresión de lo prohibido, configuran un atractivo esencial que desaparecería si la pornografía invadiera la esfera pública. Que no teman, pues, los pornófobos. Del mismo modo que los cuerpos desnudos pierden interés cuando no hay velo que los cubra ni los insinúe. Lo que es fácilmente poseíble o admirable, deja de ser deseable. Y este razonamiento nos conduce a otro corolario: nada es pornográfico en sí mismo, depende de la excitación que produzca y de las decisiones que adopten las autoridades para demarcar lo pornográfico (lo obsceno) de lo tolerable a secas. Como esas decisiones esconden una gran hipocresía (los que juzgan suelen consumir aquello que prohíben para el resto, la violencia descarnada suele considerarse menos obscena que la encarnación del placer sexual, etc.), no nos extraña la frase de Bertrand Russell: “Quienes prohíben la difusión de imágenes obscenas por considerarlas dañinas nunca parecen tomar en consideración el daño que pueden hacerles a ellos mismos.” (p.67)

 

Entiendo que los autores no pretendan evaluar todas las dimensiones de la pornografía. Sería una empresa especialmente ambiciosa en una época en la que mediante internet, móviles y cámaras se ha hecho tan universalmente accesible tanto el consumo como la autoproducción “amateur” de experiencias pornográficas de toda índole. Dan por hecho, sin embargo, que algunas cosas son indiscutibles (lo cual es bastante discutible): como que no existan caricias ni afectividad en las películas porno porque, argumentan, descubrirían la individualidad, la conciencia y la libertad en el cuerpo del otro (“La pornografía como realidad obscena se salta este preludio de la encarnación y se instala directamente en el deseo de la apropiación, que es la base misma del principio de placer. La obstinación en el coger, en el penetrar, en el agarrar y morder, elude la encarnación del otro.” p.141); o el esforzado talento de los actores porno para no interpretar nada, para no parecer nada distinto a lo que son, para dejarse llevar con gracia por las piruetas sexuales en las que se embarcan (“La mirada sin alma -sin conciencia: sin visión- del actor porno parece leer nuestra propia conciencia. Pero no hace sino lo contrario: invita a despojarnos de ella. En su mirada inocente -en su estado de gracia absoluta- contemplamos un reflejo similar de nosotros mismos.” p.124). Otras cuestiones casi ni las mencionan: por ejemplo, las vejaciones brutales que se cometen tanto en la producción de la pornografía pedófila como en la más convencional; o la propagación hegemónica de modelos frustrantes de relaciones sexuales; o la adicción enfermiza al consumo de pornografía. Al objetivar lo pornográfico mediante un prisma tan defensivo e interactivo, se corre el riesgo de eludir esos y otros muchos conflictos presentes en la “experiencia pornográfica”. Como ocurre con el deseo, el cuerpo y los placeres, creo que es preciso pensar en términos de procesos, aprendizajes y multiplicidad, más que en un modelo pornofílico unitario tal como predomina en esa industria mediática. A través de Radio 3 y del Diagonal he conocido, por ejemplo, el último libro de la directora Erika Lust: “Porno para mujeres”. El colectivo “girlswholikeporno” también abrió, en su día, muchas líneas experimentales. Supongo que todo ello será algún día objeto de estudio en las aulas, pero antes deberíamos haber salido de las cavernas con algo más de “educación sexual” (o como lo quieran denominar), y de unos medios de comunicación y gobiernos tan ñoños y catetos. Y quizás, entonces, podamos volver a definir lo pornográfico en función de las distintas pornografías y gustos al respecto, y no sólo de una pornografía construida al filo de las prohibiciones rampantes en la actualidad.

 

 

 

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