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ateo poeta

cachivaches, deseos, derivas y garabatos con los que darle un masaje a la vida, para que ésta nos recompense con creces // autodesplanifica [arroba] gmail [punto] com

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Se muestran los artículos pertenecientes a Noviembre de 2010.

más sobre la fragilidad del tiempo

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La mañana

 

El vendedor de flores sin aroma, recogiendo los pétalos que caen al suelo como quien recoge mariposas agonizantes.

La ciega que pregona la fortuna.

El cocinero que acuchilla cadáveres de peces mientras canta.

El lector cuidadoso del periódico, ante un café humeante, testigo de unos mundos fugitivos, partícipe a distancia de tragedias y triunfos que duran un segundo en la conciencia.

El criador de pájaros, allá en su azotea sonora, alimentando con minuciosidad de alquimista a sus cautivos, mientras ellos aletean con precisión de ingenio mecánico tras la tela metálica; los trapecistas melódicos.

El vendedor de especias, envuelto en una bruma que huele a bosque umbrío, a buhardilla de duende, removiendo los sacos para avivar los colores violentos, los olores violentos.

El pescadero ambulante, con su carro de plata, con su mercaduría de plata agónica, con su plata palpitante, con su aterrada plata casi viva.

El mendigo que arpegia su guitarra con una lentitud sedada y fatigosa.

El funcionario que ha soñado con dragones de tinta.

El peluquero que ha soñado con unas tijeras de metal líquido.

El heladero que ha soñado con una Antártida infinita de caramelo.

El estanquero que ha tenido pesadillas en las que parecían seres de humo.

El tenderete del vendedor de bisutería asiática: pendientes largos como el vibrato de un sitar.

El kiosquero, sepultado entre fascículos y noticias candentes.

El camarero que abrillanta con el codo una bandeja.

El vendedor de caracoles, ante su ejército de prófugos imposibles.

El vendedor a domicilio, con su maletín enigmático y amenazador.

El pedigüeño que estudia posiciones estratégicas.

El joyero que entorna los ojos y que imagina ser, por un instante, Alí Babá, atónito en la cueva de los ladrones, rodeado de piedras que titilan, de racimos de oro.

El niño que llega tarde al colegio.

El perrillo que olisquea las cestas de las mujeres que salen del mercado.

Las mujeres enlutadas que arrastran sus babuchas hasta la panadería, donde el aire parece una harina volátil, una congregación de ángeles invisibles.

 

A todos les une, en fin, algo muy frágil: la reconstrucción del mundo en este día, la despreocupada configuración de la realidad tras la vuelta de las regiones fingidas del sueño, la tarea de mantener de un modo mágico la continuidad del tiempo en esta calle.

 

 

Oráculo matinal

 

El espejo formula

la pregunta que nunca te respondes:

 

¿De qué ficción de tiempo vienes tú,

que me miras ahora

como un desvelo náufrago en qué lágrima?

 

 

Infancia

 

Igual que el leve espectro de vapor

que cruza en espiral un alambique,

 

como el agua filtrada por la piedra,

exacta y cristalina;

como el viento

de gótico aullido helado tras la lluvia,

 

como el pájaro blanco que se eleva

sobre un pájaro muerto,

 

tu pensamiento se alza cada día,

indeciso en la luz, puro en la bruma,

para tomar posesión de un nuevo espacio

en la nieve sin huellas de tu tiempo.

 

 

Saldo

 

El tiempo nunca se va.

El tiempo es siempre el ahora.

 

El futuro es un quizá.

¿Y la memoria? Se muere.

 

La vida corre detrás

del tiempo que se le roba.

 

El presente será ya

esa memoria que viene

para entregarnos sus horas.

 

 

Felipe Benítez Reyes, La misma luna

 

 

El término disperso

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Si gritas, el mundo se calla: se aleja con tu propio mundo.

 

Da siempre más de lo que puedes tomar. Y olvida. Tal es la vía sagrada.

 

 

René Char, El desnudo perdido

 

 

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