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ateo poeta

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Se muestran los artículos pertenecientes a Noviembre de 2011.

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La tristeza es una parábola

en su doble sentido: geométrico

y literario.

 

En cuanto al primero: traza en el aire

su trayectoria, como una bala que siempre erra

en el corazón pero que corta incisiva

el sosiego de cualquier vacío.

 

En cuanto al segundo: aparta las ramas

de la vida y los frutos suculentos, desfigura

los personajes y las lecciones morales

mientras arden lentas las vanas esperanzas.

 

Cuando descubro un rostro con el signo

de la tristeza que no se anquilosa,

opero con el siguiente bisturí:

 

o se entretiene en los cálculos del destino

o pugna denodado por definirlo de nuevo.

 

Fotrografía : Julia Rionda

 


02/11/2011 11:32. ateopoeta #. mis poemas y otros textos (provisionales) No hay comentarios. Comentar.

un poema más de Roberto Juarroz

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Buscar una cosa

es siempre encontrar otra.

Así, para hallar algo,

hay que buscar lo que no es.

 

Buscar al pájaro para encontrar a la rosa,

buscar al amor para hallar el exilio,

buscar la nada para descubrir un hombre,

ir hacia atrás para ir hacia delante.

 

La clave del camino,

más que en sus bifurcaciones,

su sospechoso comienzo

o su dudoso final,

está en el cáustico humor

de su doble sentido.

 

Siempre se llega,

pero a otra parte.

 

Todo pasa.

Pero a la inversa.

 

Roberto Juarroz, Duodécima poesía vertical (1991)

 

03/11/2011 11:27. ateopoeta #. las poesías de otros/as No hay comentarios. Comentar.

otro poema de Roberto Juarroz

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A veces parece

que estamos en el centro de la fiesta.

Sin embargo

en el centro de la fiesta no hay nadie,

en el centro de la fiesta está el vacío.

 

Pero en el centro del vacío hay otra fiesta.

 

Roberto Juarroz, Duodécima poesía vertical (1991)

 

 Ilustración: J.F. Naumann

 

03/11/2011 11:31. ateopoeta #. las poesías de otros/as No hay comentarios. Comentar.

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Hoy he vuelto a vestirme con la sombra de mi mismo.

 

Con suma discreción he acompasado mis horarios, mis tareas higiénicas y mi carencia de pensamientos a los del sujeto a quien oscurezco.

 

En silencio he observado su conducta deambulante y sus ímprobos esfuerzos para no parecer dubitativo.

 

Durante algunos minutos, guarecido de otras miradas, ha apoyado en mí su propio silencio y los rayos del sol radiaban en la piel dorada de su mediodía.

 

No puedo culparle por su indiferencia. Debajo de este traje apenas visible no habita nadie mucho más visible. Y, sin embargo, sé que me necesita.

 

Podría dialogar con mi mismo durante horas acerca del ser, de sus verticales descensos y quimeras, pero nadie escucha a su sombra.

 

Podría abrazar al hombre que persigo, hurtarle el frío, disminuir, pero sólo otro cuerpo y otra sombra pueden incendiar sus ojos remotos.

 

Cuando regresemos a casa vaciaré todos los bolsillos, colocaré en su sitio el cinturón que me oprime y me incorporaré lentamente a su sueño para recordarme.

 

Mañana, como la mayoría de los días, dejaré que mi sombra recorra su propio camino.

 

 Fotografía: Jacques Henri Lartigue

 


04/11/2011 00:40. ateopoeta #. mis poemas y otros textos (provisionales) No hay comentarios. Comentar.

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Con el paso de los años

se acentúan los rasgos únicos

que siempre nos parecieron casuales.

 

Medra el vello donde reside la ternura,

se sonrosa la piel expuesta a la inspección pública,

los ganglios de la verdad se inflaman como tumores,

cargamos con más peso en cada mudanza.

 

También se dulcifican nuestros miedos lácteos

o se nos afilan los colmillos si la vida resultó áspera

y nos hizo mella en los dedos.

 

Es preciso, no obstante, contrapesar

los dones naturales:

despojarnos de las culpas atómicas,

seguir interrogando a la esencia de la rosa,

nutrir de desnudez lo compartido,

imitar las fluctuaciones meteorológicas.

 

Entonces miro mi vanidad y mi juventud

a partes iguales y sé que se engañaban

continuamente.

 

04/11/2011 14:02. ateopoeta #. mis poemas y otros textos (provisionales) No hay comentarios. Comentar.

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Me dijo que estaba cansado de tantos años dejándose el pellejo y la vista en la misma repetición, que se cernía el bucle.

 

Que la pasión había llegado a su culmen en fecha indeterminada, que la fortuna le sonrió y licores exquisitos, fresas tardías y aljibes eternos lamieron su paladar.

 

Que se abría un tiempo de anhelar nuevos trayectos y gerundios, de ir haciendo como si abundase lo fértil, el amor, las aves juguetonas, las pinturas elípticas, un aromático amanecer ahora, justo ahora, que los anuncios adversos se hundieron por ahí, en medio del océano con una piedra al cuello.

 

De camino a su casa crujían los pedazos de árbol surtiendo el pavimento de las calles, se esparcían los limones y las granadas por su ciudad ataviada de jueves, alguien me sonreía con sus indicaciones cartográficas como jazmines en ebullición.

 

Tras los postigos majestuosos permanecía abrazado a su morada utópica, a su viva luz, como si todavía el mundo fuera sensible, inteligible, una mota de polvo en la sinfonía de lo que pudo no ser, la sed que nos damos, un vínculo tenaz, un estupor que merece todas las primaveras.

 

Ilustración: Juan Carlos Mestre

 

06/11/2011 04:15. ateopoeta #. mis poemas y otros textos (provisionales) No hay comentarios. Comentar.

una piragua sin rumbo

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Se subió al tren en Ciudad Real. Era un domingo de otoño, a media tarde, aún con mucha luz penetrando por los ventanales. Nada más verla asomarse por el pasillo comencé mi juego estadístico de probabilidades y aventuré que se sentaría a mi lado. No era difícil equivocarse pues el vagón estaba bastante repleto y apenas quedaban asientos vacíos. A esas horas Madrid succionaba a miles de almas y cuerpos procedentes de todas las esquinas peninsulares, residentes que habían apurado el fin de semana lejos de sus fauces, o masas ingentes de visitantes ocasionales atraídas por sus oropeles. Siempre ese destino seductor en mi vida, siempre volviendo a casa. ¿Y quién sería ella? ¿Qué tipo de sangre bulliría por sus venas? ¿Cómo sería su nido en Madrid, si es que tenía alguno?

 

Tuve suerte. Se desprendió de su ropa de abrigo y colocó rápidamente su equipaje. Su figura esbelta de una belleza dulce, como si fuera una venus eslava o árabe, se fue definiendo más nítida y perturbadora a medida que se acercaba a mí. Bajo una blusa azul entreabierta se podían adivinar unos pechos pequeños, alegremente sobresalientes de su torso. Sus vaqueros desgastados camuflaban unas piernas largas y que intuía fortalecidas gracias al ejercicio esporádico del voleibol o del patinaje, según mis cánones de las divas deportistas. Unas trencitas tímidas, horizontales, adornaban su melena lacia, pero eran, sobre todo, sus ojos rasgados y sombreados los que acentuaban un misterioso rostro enseguida declinado hacia la sonrisa. Preferí no dejar que una atmósfera pesada se instalase entre nosotros, como suele ocurrir tan a menudo en estos acompañamientos forzados entre seres anónimos, y le pregunté por el libro que se disponía a leer. “Una novela para adolescentes” respondió amable y taxativa, no sé si queriendo abortar la continuidad de la conversación o, simplemente, mostrando a las claras su verbo afinado. A primera vista me imaginé que tendría unos veinticinco años, pero aquella respuesta tan directa me hizo bajar el listón. Después de charlar un rato sobre el autor del libro y sobre la historia de amores, separaciones y reencuentros que narraba, me dijo que estudiaba el primer año de Medicina. De súbito interpreté su primera afirmación a la luz de la pícara mirada: “si quieres ligar conmigo, jovencito preguntón que podrías ser hasta mi padre, ten en cuenta que acabo de estrenar mi mayoría de edad y que hay muchas cosas que, seguramente, nos separan”. Y me quedé unos instantes cavilando, con la vista perdida en el paisaje volátil.

 

Entre mis manos yacía lánguida, supurando tristeza y fábulas desbordantes, una compilación de poemas de Juan Gelman. Cada una de sus dosis me arrebataba unos segundos y me devolvía al silencio y al horizonte del paisaje. Demasiada hermosura rozándome por varios flancos: en los lóbulos cerebrales, las evocaciones de los versos; en el aliento y el soslayo, los brazos y las piernas de aquella joven quién sabe si todavía algo adolescente que se erguía a mi lado, por más que la imaginase con su cabeza dormida reposando en mi vientre o, en otro momento fugaz y evasivo, con su sonrisa doblegada a un placer infinito mientras follábamos medio desnudos, a medio desvestir, amándonos con urgencia y precipitación en alguna habitación de las profundidades urbanas. De hecho, escenas semejantes son la que atisbaba a leer, furtivamente, en algunas de las páginas del libro que ella devoraba a buen ritmo. “¿Por qué no leéis poesía la gente joven, quiero decir, quienes sois adolescentes o post-adolescentes?” me atreví a preguntarle con disimulada ingenuidad en una de las pausas de nuestras respectivas lecturas. En realidad, casi nadie lee poesía o, por lo menos, casi nadie compra libros de poesía, así que me arriesgaba a una reacción del tipo: “¿Y por qué la mayoría de la gente no se tira por los puentes atada a una goma o se lanza en ala delta sin motor o prueba el salto en paracaídas?” Quizá la poesía sea eso, puro amor al abismo. Quizá no sea más que una pregunta retórica, un refugio.

 

A esas alturas ya estábamos atravesando Entrevías, aquel barrio surgido del barro y de las chabolas y de largas luchas por la dignidad. Supuse que esa cruda maraña de edificios a la vista no significaría nada para ella, por lo que me guardé en mi fuero interno esa página de emoción y de memoria de aquellos inmigrantes rurales que se instalaron en la periferia olvidada de la gran urbe empujados por sus sueños y por la escasez. Sus comentarios sobre la ausencia de la lírica en las mochilas de los jóvenes, adolescentes o post-adolescentes (treta identificadora que sorteó ágil y distraída), no me sacaron de dudas. Vivimos tiempos acelerados, audiovisuales, de consumo rápido y compulsivo. Casi es heroica la lectura en calma, ese oasis de meditación. Al menos tuvimos maestros y maestras incansables que nos abrieron algunas puertas a las palabras con sentido, a las palabras fulgurantes. Y algunos rayos de poesía, por fortuna, se filtraron hasta el pliegue dos millones trescientos cuarenta mil de las circunvoluciones mentales donde se agolpan nuestras neuronas que, presumiblemente, sólo anhelan la inmortalidad. No fueron esas exactamente sus palabras ni tampoco las mías, pero nos divertimos durante el intercambio y mi fascinación por ella se iba colmando poco a poco, resignada al fin del trayecto. Cuál no sería mi sorpresa cuando, mientras recogía rauda sus cosas y se despedía sin apenas un beso (solo un beso, aunque fuese de aire), dejó en mi mesilla su separador de hojas con motivos florales e inscripciones chinas, su teléfono anotado en el dorso y una escueta frase adjunta: “si quieres compartir tus versos y mordiscos, llámame”. Inmóvil y melancólico la vi deslizarse entre el gentío, las maletas con ruedas y el gris aciago de la estación. Tal vez, aquellos números eran solo una ficción más, una cábala, una figura poética a la deriva en el mar de un mundo demasiado prosaico.

 

14/11/2011 13:38. ateopoeta #. mis poemas y otros textos (provisionales) No hay comentarios. Comentar.

Lamento por el arbolito de Philip (un poema de Juan Gelman)

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philip se sacó la camisa servil
llena de tardes de oficina y sonrisas al jefe
y asesinatos de su niño románticamente hablando
su niño operado cortado transplantado injertado
de bucólicas primaveras y Ginger Street volando alto verdadera
en la tarde de agosto gris

se quedó en pecho philip y cuando
se quedó en pecho hizo el recuento feliz de cuando:
le sacó la lengua al maestro (a espaldas del maestro)
le hizo la higa a la patria potestad (a espaldas de la patria potestad)
formó cuernitos con la mano contra toda invasión maternal (a espaldas
de toda invasión maternal)
se burló del ejército la iglesia (a espaldas del ejército la iglesia)
en general de cuando
ejerció su rebelde corazón (dentro de lo posible)
fortificó sus entretelas acostumbradas al vuelo (siempre que el tiempo lo permita)
engañó a su mujer (con permiso)
philip era glorioso en esas noches de whisky y hasta vino
exóticamente consumido con referencias a la costa del sol
una palabra encantadora lo retenía semanas y semanas a su alrededor
sol por ejemplo
o sol digamos
o la palabra sol
como si philip buscara lejos de la sociedad industrial
fuentes de luz fuentes de sombra fuentes

qué coraje hablar del sol

como suele ocurrir philip murió
una tarde lenta amarilla buena callada en los tejados
no hablaremos de cómo lo lloró su mujer (a sus espaldas)
o el ejército la iglesia (a sus espaldas)
o el mundo en particular y en general súbitamente de espaldas:
su viuda le plantó un arbolito sobre la tumba en Cincinnati
que creció bendecido por los jugos del cielo
y también se curvó

y si alguien piensa que lo triste es la vida de philip
fíjese en el arbolito le ruego
fíjese en el arbolito por favor

hay varias formas de ser mejor dicho
muchas formas de ser:
llamarse Hughes
hablar arameo mojarlo con té
estallar contra la tristeza del mundo
pero a ustedes les pido que se fijen
en el curvado arbolito
tiernamente inclinado sobre philip
su pecho en pena en piel como se dice

ni un pajarito nunca
cantó o lloró sobre ese árbol
verde todo inclinado
inclinado

 

Juan Gelman, Traducciones III. Los poemas de Sidney West (1968-1969)

 

(Fotografía: Adams Aspens)

 

 


15/11/2011 22:48. ateopoeta #. las poesías de otros/as No hay comentarios. Comentar.

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Se enciende el día

con una huelga,

con la conciencia

de lo efímero.

 

No es un sueño,

insisto.

Si todo perece,

también la sumisión.

 

El cuerpo pleno

y ausente

reclama su fruto.

El derecho

a la fragancia.

Conocer

la inversión de las nociones.

 

Qué, si no,

puede ser la lucidez.

 

A esa ebriedad

de estar,

de aproximarnos,

nos convocan.

 

Fotografía: Alexandre Matias

 

29/11/2011 11:26. ateopoeta #. mis poemas y otros textos (provisionales) No hay comentarios. Comentar.

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