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ateo poeta

cachivaches, deseos, derivas y garabatos con los que darle un masaje a la vida, para que ésta nos recompense con creces // autodesplanifica [arroba] gmail [punto] com

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Se muestran los artículos pertenecientes a Septiembre de 2011.

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Ayer volabas dichosa

en tu bicicleta nueva,

tus melenas ensortijadas

helaban los instantes

y sonreías como la mariposa

ebria de palpitaciones.

Se auguraban caminos en tu

corazón infinito

y tu pecho transparentaba

la golosina de las

zarzamoras.

Parecías tan lejos y tan leve,

tan sublime en tu pedalear

sinuoso, floreciendo

en septiembre, hablando

de un mar verde e ignoto,

que perdía el rumbo,

encallaba en tus corales,

buscaba otro ángulo

para comprenderte

en tanta plenitud.

 

02/09/2011 10:25. ateopoeta #. mis poemas y otros textos (provisionales) No hay comentarios. Comentar.

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Aunque los rostros mordidos

por la usura

decreten aciagos chubascos

 

nos besaremos en las pastelerías

y entorpeceremos

el tráfico.

 

 

02/09/2011 11:49. ateopoeta #. mis poemas y otros textos (provisionales) No hay comentarios. Comentar.

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Rendir homenaje

a las figuras

de las nubes

a sus tonos variables

y conmovedores

 

a la sagrada atmósfera

que persiste

sin precio.

 

 

02/09/2011 12:57. ateopoeta #. mis poemas y otros textos (provisionales) No hay comentarios. Comentar.

sorteando la ola

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Cada mañana salía a nadar de treinta a cuarenta minutos. Si alguna inaplazable reunión de trabajo se lo impedía, posponía su cita con el mar para el atardecer, poco antes de que se cerniese la oscuridad. Vivía a escasos metros de la costa. Las ventanas de su casa recibían con constancia las bocanadas de aire salado y los rugidos profundos del océano Atlántico. Esa vecindad había sido premeditada tras muchos años de buscar un emplazamiento para su vida, un lugar donde echar raíces. No era un silencio absoluto lo que anhelaba, pero sí la suficiente calma y un amplio horizonte abierto ante sus ojos que le permitieran recapacitar y concentrarse, no menos que fantasear y evadirse. Una quimera, tal vez. Llevaba cinco años poniéndola a prueba, experimentando con sus gozos y sombras, hasta que comenzó a nadar regularmente. Ese deporte apenas le había suscitado interés alguno en el pasado pero la recomendación de una fisioterapeuta fue providencial. Cada vez le acuciaban más dolores variados en su espalda y en torno a sus cervicales, el precio a pagar por muchos años de disciplina delante del ordenador. Ningún remedio los eliminaría milagrosamente y nadar podría ser una buena ayuda, según le dijeron con el habitual escepticismo médico. La opción por hacerlo a mar abierto, embutido en un traje térmico y asido a unas balizas para que le divisaran las embarcaciones pesqueras, fue una reacción inmediata a la saturación y el enclaustramiento que encontró en la piscina local. Ni siquiera los días de lluvia le inhibían de este ejercicio. Tan sólo cuando se revolvía el oleaje con violencia y anunciaba que engulliría a todo humano torpe que osase la navegación, la sesión de nado era sustituida por la contemplación de las inquietantes turbulencias desde el sosiego doméstico.

 

Para la población local, para la que el mar había sido durante siglos como una prolongación de sus extremidades y sentidos, aquel nadador no era más que una exótica especie de habitante marino sin mayor atractivo comestible. Despertaba tanta curiosidad como las montañas de conchas y caparazones escupidos sobre las dunas por las profundidades abisales. No faltaba quien le atribuía cualidades sobrenaturales para comunicarse con los delfines y con otras bestias submarinas que vigilaban sus posesiones de ultramar, mientras que para otros se trataba simplemente de un mariscador furtivo entre cuyas artimañas de distracción estaba exhibir las algas que había recolectado para la cena. Muchas mujeres se burlaban de las seductoras sirenas que imaginaban acompañando las brazadas del nadador, habiendo como había tanta guapa moza de bien merecer en el pueblo. Saldrían a su rescate en caso de extravío, pero de la misma forma resignada en que lo hacían con el resto de sus fantasmas cuando se adentraban a faenar al albur de los designios meteorológicos. Quién sabe si aquellos pinchazos dorsales no estarían provocados por unas branquias o aletas nacientes o si aquel ser huraño no pretendería, en el fondo, erigirse en alguna deidad, faro o ejemplo moral con el que confrontar los vicios más extendidos.

 

Como era previsible, nadie prestó la más mínima atención aquel mediodía cuando el nadador, con su estrafalario atuendo chorreando, irrumpió en la cantina e intentó alertar, casi tartamudo, de la mancha negra y viscosa, de aceite y petróleo, que avanzaba apocalíptica por la bahía de sus sueños. Aquellos minutos perdidos por las muecas de indiferencia y las miradas oblicuas, serían fatales para evitar la invasión asfáltica y la pestilencia que tardó años en amainar. Nadie supo nunca cuántos cuerpos flotantes desaparecieron de aquel frágil y siempre oscuro ecosistema, albergue del alimento local y de sus disparatadas invenciones al mismo tiempo. Tampoco se supo nada más del nuevo destino del nadador solitario quien apenas estuvo en boca de la gente mientras liquidaba su residencia y que sólo otro foráneo adquirió de saldo, inmune a los rumores y mitologías vernáculas en incesante reproducción.

 

Ilustración: Juan Carlos Mestre 

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Quizá sea mi niño alerta,

mi niño agazapado,

mi niño ojos de plato,

mi niño lagartija

y cabellos al viento

y por qué no, y por qué así,

mi niño todavía

en mi estómago,

mi niño que no pide permiso

para instalarse en mi isla desierta

ni para decir miedo

ni escalofríos,

ni para arrebujarse,

ni para desatar tempestades

o entrar a lo loco en una cacharrería,

mi niño el que desbarata

mi fajo de razones tan

ordenadas ellas, tan subordinadas ellas

y, sin embargo, tan minúsculas vosotras,

mi niño ya no tan niño

-con el síndrome ese y

qué más le da a él-,

mi niño con las heridas y los moratones

en las rodillas y con ganas aun

de mambo,

de lejano oeste,

de extremo oriente,

de altos vuelos

y de exploraciones

bajo rasante,

mi niño escafandra,

mi niño sediento,

mi niño gato,

mi niño pura interjección,

onomatopeya,

garabato,

cachivache,

mi niño deseo,

la hipérbole de mi deseo,

el instinto de agua dulce,

mi niño que sólo sabe amar

salvaje,

que sólo sabe amar salvaje,

mi niño el que habla

cuando dejo en suspenso

lo hostil,

lo superfluo,

lo irritante,

mi niño brújula,

mi niño mosaico,

mi niño números primos,

mi niño circunferencia,

mi niño injerto,

mi niño caprichoso

y que ordena los ciclos del tiempo

según la intuición

de los trenes antiguos.

 

Quizá sea sólo esa criatura

la que me impide

agasajarte

como te mereces.

13/09/2011 01:21. ateopoeta #. mis poemas y otros textos (provisionales) No hay comentarios. Comentar.

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Mi niño dientes de leche,

mi niño hipocondríaco,

siempre restándole años al espejo,

mi niño sin horarios,

mi niño obsesivo,

insaciable,

ecuánime,

el que prefiere la rosa y la esencia de la rosa,

el que se olvida de que existe

el teléfono móvil,

el que se aburre ante lo inane,

lo banal,

la vanagloria,

de carnaval, mi niño,

herético,

díscolo,

utópico hasta la médula,

mi niño feliz

con su pobreza de niño,

mi niño acérrimo enemigo

de la pobreza de escrúpulos,

mi niño, no obstante,

mi niño inmoral,

mi niño harto,

mi niño, el que navega

y el que se sume transparente

en las conversaciones ajenas,

mi niño que canturrea,

y mi niño que rima

a su aérea manera.

 

 

24/09/2011 02:16. ateopoeta #. mis poemas y otros textos (provisionales) No hay comentarios. Comentar.

Profesor Bonaventura Bassegoda

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Le recuerdo alto y grueso,
procaz, sentimental. Usted, entonces,
era una autoridad en Cimientos Profundos.
Inició siempre nuestra clase así:
«Señores, buenos días.
Hoy hace tantos años, tantos meses
y tantos días que murió mi hija».
Y solía secarse alguna lágrima.
Teníamos veinte años, más o menos,
y el hombre corpulento que usted era
llorando en plena clase,
nunca nos hizo sonreír.
¿Cuánto hace ya que usted no cuenta el tiempo?
He pensado en nosotros y en usted,
hoy que soy una amarga sombra suya
porque mi hija, ahora hace dos meses,
tres días y seis horas
que tiene sus profundos cimientos en la muerte.

 

Joan Margarit, Joana

 

 

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